Somos lo que nos imponen comer. Iván Padilla Bravo

Diálogo en cuarentena

«Cuando consumimos los alimentos

producidos de acuerdo a la lógica capitalista

de producción, lo que también consumimos

-o sea, comemos- es esa forma de producción»

J.J. Bautista S.

Es muy probable que todas y todos nosotros hayamos comido alguna vez, sin remordimientos de conciencia, un perro caliente o «hot-dog» en algún carrito estacionado en la «calle del hambre» o en alguna tienda de comida chatarra, con nombres gringos en general.

El perrocaliente, esa comida arquetípica yanqui se incorpora  en los EEUU en el período de reunificación posterior a la guerra civil, en la década de 1860 y proviene de la Alemania sumergida también en sus propios conflictos bélicos.

El capitalismo campante y la llamada modernidad como hegemonía del mismo, se habían dado cuenta del arma de dominación que tenían en sus manos para «destruir nuestro propio sistema de los alimentos» e imponer el suyo,«incorporándolo en nuestra subjetividad como su contenido», tal como lo señala, con su acertado pensamiento crítico, en defensa de la Pachamama, el intelectual orgánico nacido en Bolivia, Juan José Bautista Segalés.

El perroocaliente es sólo un ejemplo en la perversidad del Poder en manos del gran capital. Carnes podridas, envejecidas, acidificadas y en tránsito hacia el desecho, son «rescatadas» como nuevas mercancías, convertidas en un «suculento» manjar, luego de haber sido lavadas muy bien con lejía y otros ingredientes químicos, además de su sobresaturación de nitritos y glutamato, para que nuestro gusto se someta «placenteramente» a la esclavización por necesidad alimentaria.

Fíjense que hemos dado contexto bélico a la referencia histórica del nacimiento del perrocaliente, que es una manera de darle contexto de hambre, como necesidad. La evidencia de carestía y la casi imposibilidad de acceder a las fuentes de una naturaleza también asediada por las guerras y las estructuras económicas que impone la lógica del capital, se convierten en caldo de cultivo de una alimentación para la dominación.

Es allí, en medio de esa cruda y dramática realidad, donde Bautista Segalés coloca su pensamiento problematizador de la modernidad y nos invita a volver a la Tierra Madre, a nuestra Pachamama y «a la producción andino-amazónica para que esta forma de producción se convierta en el contenido (Revolucionario, digo e insisto yo) de nuestra subjetividad y así nuestro consumo produzca la producción y reproducción de nuestra propia forma de producir, no sólo una forma de economía sino también de nuestra propia forma de vida».

Es aquí donde está la esencia de la Revolución y no como lucha por querer alcanzar el poder acumulado en las pocas manos de individuos devenidos en amos del mundo sino como reencuentro con la Madre naturaleza, con nuestra Pachamama vital.

La «alimentación» para la alienación y sometimiento de los individuos, especialmente de las grandes masas trabajadoras,  empobrecidas y necesitadas, está orientada a la reproducción del capital y no de la vida: «Cuando comemos este alimento-mercancía, lo que comemos es lo que está contenido en esa mercancía -añade JJ Bautista- que en última instancia es el capitalismo; es decir (…) lo que comemos son las relaciones capitalistas de producción contenidas en esa mercancía-alimento, que se transforma luego en  contenido de subjetividad».

Y lo esencial de esta reflexión, en la que nos hemos hecho acompañar de la brillante crítica de Bautista Segalés, está en esta visión de la Revolución del consumo: «el sujeto de esta revolución no puede ser un partido, un instrumento político o el iluminismo de algunos dirigentes, sino el pueblo en tanto que pueblo, el pueblo como un todo, que es el pueblo cuando como comunidad (comuna) se reúne en torno al proyecto de hacerse cargo de su propia subjetividad, de su propia conciencia».

Ilustración: porahí

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Diálogo en cuarentena



«Cuando consumimos los alimentos

producidos de acuerdo a la lógica capitalista

de producción, lo que también consumimos

-o sea, comemos- es esa forma de producción»

J.J. Bautista S.



Es muy probable que todas y todos nosotros hayamos comido alguna vez, sin remordimientos de conciencia, un perro caliente o «hot-dog» en algún carrito estacionado en la «calle del hambre» o en alguna tienda de comida chatarra, con nombres gringos en general.

El perrocaliente, esa comida arquetípica yanqui se incorpora  en los EEUU en el período de reunificación posterior a la guerra civil, en la década de 1860 y proviene de la Alemania sumergida también en sus propios conflictos bélicos.

El capitalismo campante y la llamada modernidad como hegemonía del mismo, se habían dado cuenta del arma de dominación que tenían en sus manos para «destruir nuestro propio sistema de los alimentos» e imponer el suyo,«incorporándolo en nuestra subjetividad como su contenido», tal como lo señala, con su acertado pensamiento crítico, en defensa de la Pachamama, el intelectual orgánico nacido en Bolivia, Juan José Bautista Segalés.

El perroocaliente es sólo un ejemplo en la perversidad del Poder en manos del gran capital. Carnes podridas, envejecidas, acidificadas y en tránsito hacia el desecho, son «rescatadas» como nuevas mercancías, convertidas en un «suculento» manjar, luego de haber sido lavadas muy bien con lejía y otros ingredientes químicos, además de su sobresaturación de nitritos y glutamato, para que nuestro gusto se someta «placenteramente» a la esclavización por necesidad alimentaria.

Fíjense que hemos dado contexto bélico a la referencia histórica del nacimiento del perrocaliente, que es una manera de darle contexto de hambre, como necesidad. La evidencia de carestía y la casi imposibilidad de acceder a las fuentes de una naturaleza también asediada por las guerras y las estructuras económicas que impone la lógica del capital, se convierten en caldo de cultivo de una alimentación para la dominación.

Es allí, en medio de esa cruda y dramática realidad, donde Bautista Segalés coloca su pensamiento problematizador de la modernidad y nos invita a volver a la Tierra Madre, a nuestra Pachamama y «a la producción andino-amazónica para que esta forma de producción se convierta en el contenido (Revolucionario, digo e insisto yo) de nuestra subjetividad y así nuestro consumo produzca la producción y reproducción de nuestra propia forma de producir, no sólo una forma de economía sino también de nuestra propia forma de vida».

Es aquí donde está la esencia de la Revolución y no como lucha por querer alcanzar el poder acumulado en las pocas manos de individuos devenidos en amos del mundo sino como reencuentro con la Madre naturaleza, con nuestra Pachamama vital.

La «alimentación» para la alienación y sometimiento de los individuos, especialmente de las grandes masas trabajadoras,  empobrecidas y necesitadas, está orientada a la reproducción del capital y no de la vida: «Cuando comemos este alimento-mercancía, lo que comemos es lo que está contenido en esa mercancía -añade JJ Bautista- que en última instancia es el capitalismo; es decir (…) lo que comemos son las relaciones capitalistas de producción contenidas en esa mercancía-alimento, que se transforma luego en  contenido de subjetividad».

Y lo esencial de esta reflexión, en la que nos hemos hecho acompañar de la brillante crítica de Bautista Segalés, está en esta visión de la Revolución del consumo: «el sujeto de esta revolución no puede ser un partido, un instrumento político o el iluminismo de algunos dirigentes, sino el pueblo en tanto que pueblo, el pueblo como un todo, que es el pueblo cuando como comunidad (comuna) se reúne en torno al proyecto de hacerse cargo de su propia subjetividad, de su propia conciencia».

Ilustración: porahí

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