¡Estamos al momento de recomponer todo! Iván Padilla Bravo.

Diálogo en cuarentena

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¿Que rompimos los platos? ¿Que acabamos con ellos en el acto bondadoso de querer lavarlos? ¿Que nos quedamos sin la vajilla en un acto «conciliatorio» con la pareja? En fin, ¿que alguien  tiene que pagarlos? Lo que sea o se tenga como «pecado original» es una invitación para detener la lucha, conciliar, aceptar, rendirse… sin que nada de ello signifique que perdimos.

Tomamos aire, suspiramos, comprendemos que respirar es un acto que no escogimos hacerlo de manera voluntaria, sino que es propio a nuestra condición de seres vivos aeróbicos. Observamos en nuestro entorno a otros seres cuya vitalidad es anaeróbica y tampoco necesitan permiso para ser. Hasta las más mínimas partículas, sean átomos o moléculas, micro o macro organismos, se mueven con fuerza dialéctica en un universo equilibrado y perfecto al que sólo los individuos de una especie autocalificada de «superior» han querido «cambiar», alterar o subordinar engreídos de poder… Un poder que no se tiene, en definitiva, pero que se justifica con razonamientos teológicos, religiosos, científicos o legales, sin excluir los mediáticos o tecnocráticos de los tiempos presentes.

Cuando hablo de recomponer, desde el título de este artículo, quisiera tomar como punto de partida al presente, en el que una molécula patógena y viralizada, se coloca «al mando» de la realidad, desde hace ya bastante más de un año, conocida pública y comunicacionalmente como Coronavirus o también cómo Covid-19.

El cautiverio o cuarentena, es una consecuencia inmediata de aquel como instrumento político para el control social de una aparente pandemia por contaminación masiva de Covid, que coloca a la humanidad frente a sus miedos, ya sea porque estos le paralizan o porque -en otro extremo- le ofrecen la oportunidad de convertirlos en impulso para avanzar en procura del mundo haciéndose conscientes de que son parte integrante del mismo como un ser más; parte de su equilibrio perdido, ya sea como individuos, cómo humanidad, cómo planeta o, cómo de hecho lo es, como totalidad del universo.

Llegar a este punto es entender que estamos en el ahora de la Revolución y que aquí todos podemos o debemos, solidariamente, hacer lo que nos corresponde en pro de un equilibrio que no nos pertenece pero que hemos alterado con prepotente egoísmo.

Quisiera proponer que, ante esto y cómo causalidad consciente, asumamos el «caos» generado por el Coronavirus como la gran oportunidad para el «quiebre», la ruptura de la cosmovisión socialmente generada por la acumulación de capital en pocas manos y por las consecuentes relaciones sociales de allí derivada. Es, digámoslo de otro modo y dejémoslo fluir, la oportunidad de reencontrarnos con el equilibrio general en el planeta y, probablemente, en el universo todo.

Claro que enunciarlo de esta manera como lo hacemos está cargado de mucha soberbia (la misma que hasta el presente han esgrimido los amos del mundo, los dominadores, sus religiones y sus ciencias), sigue siendo un hecho prepotente y pretencioso, protagonizado por la humanidad como poder. De allí las revoluciones como guerras, como lucha entre clases, como disputa por el poder.

Hasta el presente creímos que Revolución es un proceso de conjuras políticas y militares que nos llevan a cambiar un poder «malo» por otro «bueno» sin darnos cuenta de las ataduras mentales de un tiempo que sólo «permite» reproducir la dominación con nuevos rostros, relaciones de producción, doctrinas e ideologías.

El Covid y los puntos sobre las íes

Cuando, a comienzos de 2020, se prendieron las alarmas y los amos del mundo decretaron o sugirieron a los Estados, en el planeta, la opción del claustro, del aislamiento, de la cuarentena o confinamiento temporal, otras motivaciones, más allá de las exclusivamente sanitarias, entraban en juego.

Los imperios económicos, políticos, militares, religiosos e ideológicos, corrieron todos a sus trincheras, siempre bajo la voz de mando del Capital. Hasta los mal llamados «países socialistas» y los disidentes o antiimperialistas, en un mismo mundo dominado global e irremediablemente por el capital, optaron por la homogeneidad y coherencia ante esa «voz» que recurría al miedo (cómo en el más rancio oscurantismo), al poder político-militar y a la «ciencia» para seguir siendo hegemonía, por cierto, también de poder y de lucha como ha sido en todas las sociedades divididas, históricamente, en clases.

La proliferación (o no. Definitivamente no parece ser lo más importante porque si no no se estuviesen buscando «flexibilización» por razones estrictamente economicistas o politiqueras) del Coronavirus es en realidad una manera de retratarnos como somos, sin maquillajes. Los mismos creadores de los escenarios para el despliegue de la pandemia, son los que ahora se encuentran cercados en el cruce de vías donde se dilucida el sentido de la vida, también del Poder, de la dominación, pero también de la mismísima revolución, tenida hasta el presente como «alternativa» dentro de los mismos esquemas egóticos de la dominación por unos u otros.

Desde esta perspectiva, el momento de recomponerlo todo no es, definitivamente, el de vencer ni tampoco el de «tomar el poder». Es el ahora del convencer y convencernos, es el presente de la conciencia y de la vida. Es el instante de entender que si hay unos «platos rotos» -como decíamos allá arriba- es porque juntos los rompimos. Juntos acabamos con el equilibrio universal y juntos debemos reestablecerlo, porque hacerlo no es asunto de edictos ni decretos sino de acciones de conciencia.

Es hora de producir, reproducir, distribuir y consumir nuestros bienes todos, para la vida (como lo hacen o contribuyen a hacerlo todos los demás integrantes del universo) sin mediaciones de intereses de poder o de acumulación de capital (tal como es en el capitalismo).

Es hora de construirnos una armonía vital en la que todos sus integrantes, todo el universo, nos movamos en equilibrio.

Respirar, comer, ejercitarse, meditar, descansar, vivir es el verdadero compromiso y misión humanos en nuestra existencia, en nuestras vidas. La Revolución es, cómo nos lo enseñó el Comandante Chávez en este proceso del siglo XXI, Revolución de la conciencia. He allí la radicalidad de la vida en igualdad de contrarios y armonía.

Ilustración: Iván Lira

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