Conversaciones con Michael E. Parmly. Lamrani Salim

“Todavía hay americanos que piensan que Cuba debe someterse a la voluntad americana, pero no es la voluntad de la mayoría de los cubanos”

            Diplomático de carrera, con una experiencia de más de tres décadas, Michael E. Parmly fue nombrado a la cabeza de la Sección de Intereses Norteamericanos de La Habana de 2005 a 2008, durante la administración de George W. Bush, en un periodo en que las relaciones entre ambos países eran particularmente tensas, a causa del enfoque hostil que adoptó la Casa Blanca contra Cuba.

            En efecto, durante los ocho años de los dos mandatos republicanos, Washington acrecentó las sanciones económicas contra la isla y adoptó en mayo de 2004 y julio de 2006 toda una serie de medidas –cuyo objetivo declarado era derrocar al Gobierno cubano– que afectaban principalmente a la población cubana. La medida más emblemática, denunciada desde ambos lados del estrecho de la Florida, era la que limitaba los viajes familiares de la comunidad cubanoamericana hacia la isla a dos semanas cada tres años, en el mejor de los casos. En efecto, para poder conseguir la autorización de visitar a los familiares en Cuba, hacía falta demostrar que se tenía a un miembro “directo” de la familia en el país de origen. La Administración de Bush había redefinido de modo muy restrictivo el concepto de “familia”, limitándolo a los abuelos, padres, hermanos, esposos e hijos. Así, un cubanoamericano de Miami que tenía una tía en La Habana no podía viajar a la isla, ni siquiera catorce días cada tres años. Del mismo modo, las remesas a los miembros de la familia –en la nueva definición estrecha– se limitaban a 100 dólares por mes, mientras que constituían la segunda fuente de ingresos del país.

            A su llegada en La Habana, al intentar comprender mejor la idiosincrasia cubana, Michael Parmly se desmarcó un poco de su predecesor James Cason, cuya actitud que las autoridades cubanas juzgaron como provocadora estaba alejada de las exigencias de la diplomacia tradicional y de los principios de la Convención de Viena.

            También profesor en estudios de seguridad nacional en el National War College, Michael Parmly se ha pronunciado a favor de una normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y ha publicado un estudio sobre Guantánamo, en el cual invita a Washington a devolver la base naval a Cuba. En estas conversaciones, el diplomático, ahora jubilado, comparte su punto de vista sobre las relaciones conflictivas entre ambos países.

Salim Lamrani: Señor Embajador, usted es diplomático de carrera con una larga experiencia. ¿Podría hablarnos un poco de su trayectoria?

Michael Parmly: Primero, le agradezco la promoción. El hecho es que jamás tuve el rango de embajador, sino sólo el nivel. En efecto, el Senado nunca confirmó mi nombramiento pues no teníamos relaciones diplomáticas con Cuba. Aunque todo el mundo me llama Señor Embajador, no tengo el título.

Mi carrera como diplomático duró 34 años. Integré el cuerpo diplomático el 29 de junio de 1977, para ser preciso, y me jubilé el 30 de noviembre de 2010. Durante este periodo ocupé varios cargos en Europa occidental, en Europa oriental – Romania, en los Balcanes, Bosnia y más tarde en Kosovo – en Marruecos y en Cuba para coronar todo eso. También estuve en función en Washington cinco veces durante mi carrera.

Podría dividir mi carrera en tres etapas: antes de Bosnia, después de Bosnia y Cuba. Antes de Bosnia tuve una trayectoria tradicional, ocupé cargos clásicos y aprendí mi oficio. Después de Bosnia descubrí otro tipo de diplomacia y a partir de allí ocupé cargos de dirección, como embajador o director. Finalmente el cargo en Cuba, que era algo excepcional.

SL: Usted estuvo en La Habana como Jefe de la Sección de Intereses Norteamericanos entre 2005 y 2008 bajo la Administración de Bush, en una época en que las relaciones entre ambos países eran tensas. ¿Cuál era su relación con la isla antes de su salida hacia Cuba y qué conocimiento tenía usted de este país?

MP: Le voy a confesar algo. Llegué a La Habana el 15 de septiembre de 2005. Pero no era la primera vez que visitaba la isla. Pasé el verano de 1959 en Cuba con la familia, es decir justo después del triunfo de la Revolución de Fidel Castro. Pasé el verano con mis primos, mis tías y mis tíos en La Habana, Matanzas y Varadero.

Yo no hablaba ni una palabra de español en aquella época, pero yo veía que estaba ocurriendo algo excepcional. No era sólo porque los hombres llevaban una barba y un uniforme, sino porque por la noche yo escuchaba las conversaciones de mis tíos y de mis tías que se estaban preguntando lo que había que hacer.

Como embajador hablaba bastante bien el español. Había sido profesor de español para pagar mis estudios doctorales y tenía entonces un buen conocimiento técnico del idioma de Cervantes. En cambio, no era el caso de mi equipo y les reproché a mis colegas el hecho de que no hablaran suficientemente bien el castellano. Los incité entonces a que salieran de las oficinas y fueran al encuentro de los cubanos para aprender la lengua.

Antes de llegar a Cuba yo había dirigido la División de Derechos Humanos en el Departamento de Estado. En cualquier lugar del mundo donde había un problema de los derechos humanos, mi división se ocupaba del tema. Entonces yo tenía muchos contactos con la realidad cubana.

Entrevista completa aquí: https://journals.openedition.org/etudescaribeennes/21854

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