Downshifting. Alfons Duran Corner

Nuestra cita

La simplicidad es la sofisticación definitiva. Leonardo Da Vinci.

Por favor amigos, no dejéis de leer. Suscribo en su totalidad.

Vamos a dejarlo como un cambio, un giro, una tendencia (shift) a la baja (down). Esto se lo puede plantear cualquiera, a nivel individual o colectivo. También una organización o una empresa. No es ir a menos; es dejar de ir necesariamente a más. Es romper el tabú del crecimiento que lleva a la hipertrofia, ese cuerpo enfermo, desequilibrado, en el que domina el desconcierto y la ansiedad. La sociedad en general está sodomizada por el PIB, indicador por excelencia de los que creen que el factor económico es el único que merece una lectura atenta.

Ahora que vivimos tiempos de pandemias, a las que debemos acostumbrarnos si queremos sobrevivir, merece la pena reflexionar sobre nuestra vida, en especial sobre la calidad de la misma. A título personal he de declarar que nunca he tenido tan claro el concepto de “el aquí y el ahora”, de la instantánea del presente, de la pérdida de tiempo que supone un exceso de preocupación por el futuro o un recrearse en un pasado idealizado que ya se fue.

Y es que la crisis sanitaria nos ha pillado en plena crisis económica y social de largo recorrido (la explosión del 2007), que ciclos cortos de expansión y caída han tratado de oscurecer, con la ayuda interesada de los medios de comunicación. La política económica dominante, con protagonismo de la política monetaria, no se ha traducido en una mejora general. Ha enriquecido a unos pocos (gracias a la sobrevaloración de los activos), ha favorecido a los rentistas y ha aumentado la carga de la deuda a personas, familias, empresas y naciones.

Los que tuvimos la suerte de vivir de cerca los años del capitalismo civilizado, surgido tras la II Guerra Mundial, podemos recordar los movimientos críticos de finales de los sesenta (los hippies californianos, los enragés parisinos, los contestatarios de Frankfurt y Hamburgo), y sabemos que aquellos estudiantes eran hijos de una burguesía rampante y que su actitud contraria a la sociedad de consumo acabaría disipándose, como así ocurrió. El Sistema fue capaz de metabolizarlo todo.

Luego, con la caída simbólica del muro de Berlín se liquidó en Occidente la utopía de una sociedad sin clases, y de forma casi inmediata se construyó un bloque monolítico, en el que todos podían participar, y en el que la economía estaba cada vez más financializada, los proyectos colectivos quedaban archivados y el individualismo era el valor en alza. El eslogan era “búscate la vida”, una versión más prosaica del “sueño americano” (un concepto, por cierto,  que la evidencia empírica ha demostrado en el tiempo su escaso rigor estadístico). Los proyectos personales se ajustaban al patrón consumista de un piso nuevo, un coche nuevo y un viaje low cost a un supuesto paraíso exótico. Y cuando el salario no llegaba, siempre se podía contar con un crédito fácil. La gente se quejaba pero guardaba silencio. Los sindicatos oficiales eran dotados de partidas presupuestarias y sus órganos rectores estaban encantados. El pensamiento crítico había liquidado sus stocks.

Al final, al ciudadano le queda bien poca cosa. La mayoría laboral forma parte del precariado (esa combinación de proletario urbano en condiciones precarias), con pasivos familiares hacia arriba y hacia abajo, con un fuerte grado de inseguridad no solo en el trabajo sino también en sus relaciones personales, y con una sujeción forzada al poder dominante. Algunos lo han calificado como una vuelta a la Edad Media. No es un panorama halagador.

Pero tampoco es el fin del mundo, al menos que yo sepa. Y en estas circunstancias hay que ponerse a pensar, actitud que sorprende gratamente cuando la llevas a cabo. Recuerdo que en los setenta en California (cuando los ecos del “Fuck, fuck, the world is over” se habían volatilizado), surgió un movimiento de retorno a la vida más simple, más sencilla, a modo de reencuentro con la naturaleza. De ese movimiento quiero ahora destacar una herramienta metodológica que me ha acompañado desde entonces y que trata de responder a una pregunta esencial: “¿Qué hay de bueno en ello?”. Cuando te ha ocurrido algo dramático, algo a veces inesperado, un duro contratiempo, una ruptura, un golpe insólito, tómate el tiempo de duelo que creas, pero no lo alargues. Y una vez hecho esto, pregúntate: “¿Qué hay de bueno en ello?”. Si dejas la lírica por un momento, pronto te darás cuenta de que siempre hay algo positivo tras el drama. Y esto último es precisamente lo que te permite volver a empezar.

Y en este denso caldo de problemas económicos, sociales, medioambientales, políticos y convivenciales, hay una constatación evidente y es que se puede vivir con menos. En la mente de mucha gente existía el falso correlato de que cuanto más creciéramos económicamente, más felices seríamos. Esto nos llevaba a gastar más que lo que ingresábamos, a que buena parte de nuestro consumo fuera superfluo, a que nos creyéramos ricos cuando únicamente lo éramos en deudas. Pensábamos que el dinero era la solución definitiva y no es así. Seguramente algunos lo intuían, pero preferían no prestar más atención. Ahora las circunstancias lo aconsejan. La crisis es una gran oportunidad para replantearse la vida. Replantearse la vida no es reinventarse (una cursilería fabricada en alguna escuela de negocios del Régimen), sino cambiar tu relación con el medio. Darse cuenta, como decía John Lennon, de que “la vida es lo que ocurre mientras tú estás ocupado haciendo otros planes”.

Porque si nos preguntáramos por qué trabajamos, la respuesta más obvia sería que trabajamos para poder atender nuestras necesidades. Pero, ¿cuáles son nuestras necesidades, nuestras auténticas necesidades? Quizás unas pocas: una alimentación sana y equilibrada, agua potable de calidad, aire puro, luz, espacio, un habitáculo salubre y agradable. Todo esto complementado por unos vínculos sociales que generen estima y autoestima, que nos ayuden a sentirnos acompañados en un entorno de amistad y confianza.

Deberíamos avergonzarnos si no reconociéramos que estas necesidades no quedaban satisfechas cuando crecíamos al 3, al 4 o al 5% del PIB año tras año, en entornos hostiles – tanto laborales como familiares – sometidos a la ley de la competitividad, presionados por el valor de la apariencia, obligados a una conducta superconsumista. Se nos dirá que al final esto genera dinero y hace las cosas más fáciles. Podemos aceptarlo, pero, ¿dónde está el límite? ¿Cuánto perdemos al intercambiar nuestro tiempo por más dinero? ¿Este plus nos hará más felices?

Vayamos un poco más lejos respecto a la entronización del crecimiento del PIB como generador de empleo. Llevamos ya muchos años ocultando que gran parte del empleo creado es de bajo valor añadido, mal remunerado y temporal. Es lo que los sociólogos anglosajones describen como bullshit jobs(trabajos de mierda), en los que los Estados toman protagonismo junto a la iniciativa privada. Fue Keynes quien recordó hace cien años a los políticos mediocres que las inversiones de los Estados se tenían que ajustar a un principio de racionalidad. Ponía el ejemplo de lo fácil que es crear ocupación en obra pública; solo es cuestión de que miles de personas se dediquen a cavar pozos y, a continuación, otros miles se dediquen a taparlos.

Como siempre, voces críticas sobre el tema ha habido muy pocas. Entre ellas hay que destacar la del profesor Richard Esterlin, de la universidad de Pennsylvania, que en 1974 estudió la relación existente entre los ingresos y la felicidad. La teoría económica tradicional había defendido la tesis de una relación positiva (a más ingresos, más felicidad), y la investigación, con gran soporte cuantitativo, puso de manifiesto un error básico: la llamada “paradoja de Esterlin”. Y es que a partir de cierto nivel de ingresos, la relación se rompe. En el estudio se cuestionaba el principio de acumulación, principio que justamente es una de las bases del sistema capitalista dominante. Esterlin iba más lejos: una vez cubiertas las necesidades esenciales, la calidad de vida del sujeto no solo no mejora sino que muchas veces empeora.

Sus investigaciones acabaron encontrando un espacio en el mundo académico y hacia finales del pasado siglo dos reputados economistas (Amartya Sen y Mahbub Ul Haq) obtuvieron el apoyo de las Naciones Unidas para desarrollar un nuevo índice a contrastar con el PIB: el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Las variables principales elegidas eran: estándar de vida (medido en paridad del poder de compra); esperanza de vida; nivel educativo y grado de desigualdad (coeficiente de Gini). Resultó evidente desde el principio que el valor cualitativo del IDH era muy superior al del PIB, máxime si tenemos en cuenta que este último, introducido en Estados Unidos después de la II Guerra Mundial, no tenía otro propósito que medir la capacidad productiva del país.

Los últimos datos registrados del IDH corresponden al año 2020 (en plena pandemia) y los países que lideran el ranking son: Noruega, Irlanda, Suiza, Hong-Kong (China), Islandia, Alemania, Suecia, Australia, Países Bajos y Dinamarca.

Si hacemos lo propio con el PIB per cápita (en este caso correspondiente al 2021), tenemos el siguiente orden: Luxemburgo, Irlanda, Suiza, Noruega, Estados Unidos, Dinamarca, Singapur, Islandia, Países Bajos y Suecia.

Podemos apreciar que ni Luxemburgo, ni Estados Unidos, ni Singapur, a pesar de su destacada posición en el PIB, aparecen en la cabecera del IDH, índice más vinculado a la calidad de vida.

Esta nueva forma de comprender la realidad económica tenía relevantes antecedentes históricos que conformaban la “teoría del decrecimiento”, una teoría omnicomprensiva que huía de la lectura cuantitativa defendida por los economistas neoliberales. El decrecimiento es una corriente de pensamiento económico, político y social favorable a la disminución regular y controlada (hay que poner énfasis en estos dos conceptos) de la producción económica. Su propósito es establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Supone un cambio radical respecto al modelo actual. Sus defensores argumentan que vivimos permanentemente en desequilibrio, ya que el ritmo productivo impide que la naturaleza tenga tiempo de regenerarse. También señalan que el modelo económico vigente no produce “bienestar”.

Todo ello parece muy razonable, aunque hasta ahora el impacto real de su diagnóstico sobre la vida cotidiana de la gente ha sido inapreciable. Y eso que las señales de alerta han sido constantes. Por ejemplo en 1971 (hace ya medio siglo) el matemático y economista Nicholas Georgescu-Roegen publicó “La Ley de la Entropía y el Proceso Económico”, donde demostraba que el modelo económico neoclásico no había tenido en cuenta el principio de la degradación de la energía y la materia. Tanto la una como la otra solo podían cambiar en un sentido: de utilizable a no utilizable, de disponible a no disponible, de ordenado a desordenado. La entropía era pues incompatible con el modelo económico de crecimiento cuantitativo indefinido, que se basa en un consumo de energía que sabemos que es finita. Un año después, el Club de Roma (un think tank creado por el propio Sistema) publicó un ensayo con el título “Los límites del crecimiento”, en el que ahondaba en la misma dirección.

No se les ha hecho ningún caso, ni desde el mundo liberal-conservador ni desde las dictablandas (con especial protagonismo de la República Popular China). En este sentido hay que resaltar que los países emergentes han copiado las formas del capitalismo más ortodoxo. Y la ecuación es muy simple: o decrecemos voluntariamente o acabaremos decreciendo por agotamiento de las fuentes que permiten el actual crecimiento.

Será por todo ello que la pandemia nos brinda una segunda oportunidad, ya que el mundo no ha sabido aprovechar el impacto de la gran depresión, esa crisis económico-financiera del 2007, a la que ya nos hemos referido.

Y esto, ¿cómo se hace? No existe un camino asegurado, pero sí unas líneas de actuación a plantearse. Por ejemplo:

  • Reconceptualizar. ¿Cuánto necesitamos realmente para vivir de una forma digna?
  • Reestructurar. Ajustar el aparato productivo a las necesidades reales. Hay un exceso de oferta.
  • Relocalizar. El punto clave es la proximidad. ¿Qué sentido tiene que la fruta y verdura que consumimos venga del otro lado del mundo?
  • Reutilizar. Reparar, mejorar, alargar la vida de los utensilios.
  • Reciclar. Recuperar lo usado.
  • Reducir. Simplificar. Abandonar lo superfluo.

Quizás la palabra clave es simplificar, vivir de forma más sencilla reduciendo pretensiones, eliminar la complejidad importada, minimizar las obligaciones. Seguir trabajando, pero hacerlo de forma diferente. Hay que romper previamente la presión del entorno para ir ganando paulatinamente cuotas de libertad.

Y ante cualquier circunstancia, por negativa que sea, preguntarse: ¿Qué hay de bueno en ello?

Volvemos en septiembre.

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