El declive del Imperio Americano. Alfons Duran Corner

Nuestra cita

Revenge is profitable, gratitude is expensive. Edward Gibbon.

Que no es más que el descenso, el debilitamiento, la progresiva decadencia de un imperio que tomó el liderazgo del mundo liberal-conservador después de la I Guerra Mundial (de la mano del presidente Wilson) y que lleva ya largos años en caída libre.

La II Guerra Mundial la ganó Estados Unidos (con la ayuda inapreciable de la Unión Soviética) y la perdieron el resto de uno y otro bando. Fue la última guerra que ganaron. Las otras guerras menores (Corea, Vietnam, Irak) no las ganaron, aunque tampoco las perdieron. Ahora se ha repetido el modelo con Afganistán. Hacen mutis por el foro, como quien dice que el tema no va con ellos. Algunos analistas norteamericanos lo describen como el síndrome de “la bahía de los Cochinos”, aquel ridículo episodio (1961) en el que un cuerpo de mercenarios entrenado y financiado por el gobierno norteamericano fracasó en su intento de invadir y recuperar la Cuba del dictador Fulgencio Batista, una Cuba controlada por la mafia, en la que la prostitución, la droga y el blanqueo de capitales era lo habitual.

Fue en 1747 cuando Shah Durrani unificó a las tribus Pashtun y fundó Afganistán, un invento británico que servía de barrera a los intereses expansionistas de la Rusia de los zares. En 1919 obtuvo la independencia de Gran Bretaña, dentro de los acuerdos establecidos después de la I Guerra Mundial. Durante un largo período no tuvo especial protagonismo, quedando apartado de cualquier proyecto de progreso. En 1979 fue invadido por la Unión Soviética, con la pretensión de proteger su flanco sur. El error, que costó muchas vidas y agotó muchos recursos, acabó diez años después (1989), justamente cuando todo el edificio del modelo alternativo del “socialismo real” se derrumbó. Si la CIA no hubiera entrenado y financiado a los guerrilleros islámicos (con la colaboración de los autócratas saudíes), los militares soviéticos también se hubieran marchado. Fue un gasto inútil con efectos colaterales. El más relevante fue el protagonismo entre esos guerrilleros de Osama Bin Laden, perteneciente a una rica familia de constructores de Arabia Saudita, que pronto lideró la facción más activa, tanto en términos religiosos como militares. Bin Laden era ingeniero civil y supo cómo manejar los tres mil millones de dólares que se pusieron a su disposición. Tras la marcha de la URSS el país sufrió una serie de guerras civiles entre distintas tribus, hasta que en 1996 se impuso el grupo Talibán (que contaba con el apoyo y protección de los militares pakistaníes), y que prometió acabar con el caos e imponer una teocracia. La teocracia talibán fue dura y represiva, en particular contra las mujeres. Tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos, el gobierno norteamericano, junto a otros países aliados en calidad de comparsas, ordenó la ocupación de Afganistán y estableció un gobierno provisional con personajes afines. La ocupación nunca fue total, pues los guerrilleros talibanes se dispersaron por el territorio, desplazándose cuando convenía a sus refugios en Pakistán, cuyo gobierno mantenía y mantiene en paralelo acuerdos civiles y militares con Estados Unidos. Y ahora, después de veinte años, los militares norteamericanos se han ido y han dejado el campo abierto a sus declarados enemigos. ¿Qué ha ocurrido?

Hagamos primero una rápida radiografía del país. Con una superficie de 650.000 kilómetros cuadrados, que es aproximadamente un treinta por ciento superior a la de España, Afganistán es un estado de Asia Central, entre el Himalaya y las regiones del mar Caspio. Su ubicación hace que comparta fronteras con muchos países, sobre todo con Pakistán (2.600 kilómetros), pero también con Irán, Tayikistan, Turkmenistan, Uzbekistan e incluso con China. Esta posición explica la relativa facilidad en los flujos de entrada y salida de la población. Cuenta con 36 millones de habitantes, que practican mayoritariamente la religión musulmana (tradición sunita) y que tienen un nivel de alfabetización del 43%. Económicamente es un país pobre, con una renta per cápita de 2.000 dólares, que vive de las ayudas internacionales. Sus recursos naturales son escasos, con la excepción del opio, del que es considerado el primer productor mundial. Se estima que hay 400.000 hectáreas dedicadas al cultivo de amapolas (adormideras), de las que se extrae el opio bruto. La mayor parte de la heroína que se consume en Europa y en Asia procede de Afganistán.

Y en ese país, que veinte años atrás ofrecía un perfil sociológico no muy distinto al actual, el gobierno norteamericano diseñó y trató de aplicar un modelo próximo al que tenemos en el mundo occidental. Y, lógicamente, no funcionó. Porque aunque mejoraron los servicios esenciales (educación, sanidad, agua corriente, electricidad, etc.), los valores sociales no cambiaron. La democracia no puede venderse como si fuera un chicle. Los cuerpos ejecutivo, legislativo y judicial eran ficticios, cuerpos burocráticos que además se aprovecharon de las ayudas internacionales y establecieron extensas redes de corrupción. Esto explica, por ejemplo, que el pasado año la unidad contra la Droga y el Crimen organizado de las Naciones Unidas informara que el área dedicada al cultivo de amapolas en Afganistán había aumentado un 37%.

Estados Unidos acabó con al Qaeda y redujo el riesgo de un ataque terrorista en Estados Unidos. Y esto fue lo positivo. El resto fue un desastre. El coste de la invasión y estancia en el país sumó un billón de dólares (trillón americano), 2.400 muertos entre las tropas oficiales y 20.000 heridos. En ese período cuatro presidentes norteamericanos estuvieron implicados en el conflicto (Bush Junior, Obama, Trump y Biden). Todos fueron responsables.

Dos de los aspectos más graves que podemos detectar fueron la sobrevaloración de los efectivos militares y de defensa afganesa, y la minusvaloración de la capacidad de resistencia de los talibanes. Durante muchos años la Afghan National Defense and Security Forces (ANDSF) fue entrenada y armada como un ejército profesional, hasta alcanzar los 350.000 miembros, incluida la policía local. Todo este cuerpo contaba además con el apoyo de 18.000 componentes de servicios de seguridad privados (“military contractors”), servicios que el ejército norteamericano utiliza en todas las guerras locales. Pues todo este aparato, a la hora de la verdad, se hundió. Lógicamente los “contratistas” se fueron (después de haber cobrado sus sustanciosas primas, ya que el 60% de ellos obtienen ingresos entre 100.000 y 250.000 dólares anuales, más gastos), y los afganos se disiparon argumentando que no cobraban, que sus armas eran obsoletas, que sus mandos eran corruptos y que las órdenes eran confusas; otros muchos desertaron. Se sabía que existía de antaño un tráfico de armas institucionalizado entre miembros de la ANDSF y los líderes talibanes. Esto no fue de un día para otro, sino que el deterioro fue progresivo, sin que nadie le prestara atención. Como la memoria es frágil parece que todos han olvidado que en abril del 2015 y durante casi seis meses, los guerrilleros talibanes tomaron y gobernaron buena parte de Kunduz, la capital de una región al norte del país de 250.000 habitantes. Y que solo gracias al poderío aéreo americano, la ciudad fue recuperada. Los talibanes, a los que les puede perder la estética, demostraron capacidad táctica y visión estratégica frente a un oponente muy superior. La cadena de errores fue tan manifiesta que los propios “servicios de inteligencia” norteamericanos informaron a la Administración Biden en marzo del 2021 que los talibanes podían ocupar la mayor parte del país en un par o tres de años. Increíble.

Por su parte el gobierno títere afganés (el de ahora y el anterior de Karzai) siempre declaró que contaba además con los “señores de la guerra” asentados en las grandes ciudades del país (oscuros personajes vinculados a la droga), unos ciudadanos que también desaparecieron en los momentos clave. Mientras tanto los portavoces oficiales no ocultaban el convencimiento de que Afganistán era geopolíticamente muy importante para Estados Unidos y que jamás lo abandonarían. Pretensión absurda, pues hace ya mucho tiempo que el pueblo americano está cansado de que su aparato militar siga ejerciendo de gendarme mundial con cargo a sus cuentas públicas. Hubo un vacío de poder y por eso los insurgentes fueron tomando el territorio sin apenas tener que disparar.

Y es que los talibanes, manteniendo el espíritu de guerrilla, fueron renovando sus líderes y practicando la estrategia de “erosionar al Estado”. Ellos se autodescribían de nuevo como los liquidadores del caos producido por la casta de Kabul. Desde sus refugios en Pakistán, procedían a la recogida de fondos, a  la planificación de las acciones de castigo y al reclutamiento de nuevos miembros. El gobierno de Islamabad los dejaba hacer, pues trabajaba con la hipótesis de que algún día volverían a tomar el poder, como se ha confirmado. Si tenemos en cuenta que solo el 26% de la población vive en entornos urbanos, es fácil imaginar la penetración talibán en las zonas rurales.

Sorprende que ahora se sorprendan cuando en febrero del 2020 el presidente Trump firmó con los líderes talibanes el pacto de Doha, un pacto retóricamente destinado a “llevar la paz a Afganistán”, pero que en el fondo no era más que un acuerdo para asegurar la salida sigilosa de las fuerzas norteamericanas allí radicadas y el compromiso por parte talibán de prevenir ataques terroristas contra Estados Unidos. El presidente Biden no ha hecho más que ratificar lo pactado. Sobre las capacidades de Joe Biden en este tipo de circunstancias solo cabe recordar las manifestaciones del antiguo Secretario de Defensa Robert Gates cuando dijo en 2014 que “Joe Biden se había equivocado en las últimas cuatro décadas en casi todos los grandes temas de política exterior y de seguridad nacional”.

Lejos están ya las declaraciones de Hillary Clinton en 2010, en su condición de Secretaria de Estado, cuando dijo ante una delegación de mujeres afganas: “No os abandonaremos. Estaremos siempre con vosotras”.

En 1986 un poco conocido director de cine canadiense – Denys Arcand – presentó su película “El declive del imperio americano” en el que cuatro profesores universitarios y sus compañeras discuten mientras cenan en una casa de campo sobre la vida y las cosas, sobre el sexo, sobre los sentimientos, sobre la erosión de las relaciones humanas. Con sus referencias a la caída del imperio Romano, Arcand va un poco más lejos y trata de retratar el declive de una época, de un mundo –el nuestro–  en el que se produce un contraste entre la confortable realidad pequeñoburguesa de Occidente y la dureza de un escenario ajeno que llama a la puerta, escenario como podría ser ahora el caso afgano.

Los gobiernos de la Unión Europea ya están preparando los almacenes donde colocar a los posibles refugiados. Los gobiernos de España y Catalunya, en un desgastado ejercicio de mimetismo, se han ofrecido a recoger “a unos cuantos”. Hasta la inevitable señora Colau ha tratado de capitalizar el lloriqueo que tan bien domina. Pero no nos preocupemos, mañana los telediarios nos contarán otra historia, con la superficialidad a que nos tienen acostumbrados.

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