¿Qué hace radical a la revolución? Iván Padilla Bravo

Diálogo en cuarentena

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¿Que complete los 360 grados al girar sobre su propio eje? ¿Que sea radical y por tanto llegué a la raíz? ¿Que se cambie a un modo de producción por otro?… son muchas las interrogantes que nos podemos hacer…

La respuesta no la dará ningún ego, individual ni colectivo. Los humanos contamos en siglos los giros (¿revoluciones, en tanto vueltas sobre su propio eje?) que ha dado el planeta tratando de explicar todo, ya sea por un dios, por una religión o por la ciencia. Explicaciones por angustia, por estrés, por ansias de poder.

Ambas creencias, convertidas en cosmovisión, tienen que ver con el poder al que ha conseguido acceder el ego, ya sea individual o colectivo, ya sea por su miedo a Dios o a la ciencia.

Desde el punto de vista social, las relaciones de producción en todas las sociedades divididas en clases y dedicadas a la lucha entre ellas, están centradas en el poder y no en la conciencia, aunque muchas veces se invoque a ésta como una manera de acceder al poder por caminos supuestamente revolucionarios.

Tengo la impresión de que fue Carlos Marx quien mejor se acercó a reflexionar sobre este tema, aunque terminó también estancado en una visión de la revolución como llegada o recuperación del Poder. Federico Engels hizo su tarea de «persuación» científica y apareció en escena eso que llaman «materialismo científico» o la revolución como meta plausible y alcanzable a través de la lucha o de la confrontación entre clases.

En esta manera egótica de interpretar la realidad llevamos unos 200 años y cada día aparecen nuevas sectas, «movimientos» y partidos de o para la revolución que, a final de cuentas, lejos de cambiar radicalmente la manera de ser, de producir, de tener y consumir en las relaciones entre individuos y con la naturaleza, lo que se hace es contribuir a perpetuar y perpetuarse en el poder, tal como lo han demostrado y demuestran todas las revoluciones hasta el presente.

La radicalidad de la revolución es el encuentro con la totalidad del universo, con su movimiento dialéctico y con nuestro ser uno y múltiple. La raíz es nuestra conciencia. Y nuestra conciencia no es conciencia de clase, porque lo que hemos denominado así hasta hoy es la sumisión a la mente, al poder y a la creencia de que mi ego -individual o colectivo- lo hará mejor porque «es mejor» mente o poder del que está hoy en ese lugar de dominación y hegemonía.

Lo más parecido a la Revolución es el no-poder, en vez de mi ego y de las luchas que éste encierra o convoca.

Ilustración: Xulio Formoso

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