Chávez en el corazón. Iván Padilla Bravo

Diálogo en cuarentena

Chávez y la conciencia de lo uno

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La conciencia en la organización de las relaciones sociales de producción suele ser una falsificación de la misma por su subordinación a la mente egótica de quien lidera o capitalización ese proceso, ya sea el Estado o la sociedad global.

Todo lo contrario a lo que ocurrió con el socialismo del siglo XXI planteado por Hugo Chávez en despliegue de la Revolución Bolivariana. El Comandante Chávez organiza a partir de la unidad y no una unidad para la satisfacción de sí o de su partido sino para el despliegue y expansión de la diversidad en equilibrio creativo, como ocurre en lo esencial del universo y que Antoin de Saint Exupery, el autor de El Principito calificaba como «invisible ante los ojos».

Las llamadas alianzas políticas, de clase y poder, siempre estuvieron planteadas desde un plano hegemónico en el que el proponente es el aglutinador y su partido, su religión o su ejército son los vencedores y, como egos de nuevo tipo, reproductores de la dominación y el desequilibrio.

Es decir, la visión egótica de lo real es una alienación de esa realidad que se pretende aprisionar desde el poder, ejerciendo dominio sobre el otro convertido en objeto.

Si observamos al histórico Hugo Chávez, encontramos que tiene algo en común con el histórico Jesús de Nazareth. Ambos hombres abandonaron la pretensión temporal de ser poder para proyectarse como espíritus de conciencia, es decir, de liberación.

El Comandante Chávez que se autodefine y nos dice que «Chávez no soy yo, Chávez es un pueblo» es el que llama, convoca, a todos los sectores, a las izquierdas en pugna hasta el presente para que ahora se descubran en unidad liberadora.

El líder de la Revolución Bolivariana junta, no divide ni compite, libera no aliena, y por eso encontramos claramente a un Revolucionario perseguido, asediado y definitivamente asesinado (al igual que el crucificado en el Gólgota, hace unos dos mil años) por querer no ser poder y acabar con toda forma de poder, perversión de los egos queriendo hablar, queriendo mandar, queriendo ser dioses. Chávez es quien invoca lo patriótico como realidad simbólica de lo unitario no por oposición a otro sino por convicción de sujeto, sujeto de conciencia expandida, liberadora.

Chávez impulsa y crea un partido de nuevo tipo, no para «partir», no para dividir, sino para unir. Y por eso hasta desde el interior de ese nuevo partido comienzan a crecer las pugnas, las divisiones y, a la vez, los egos queriendo que mentes-élites, igualmente «brillantes» que las precedentes, sean las que sigan siendo poder como antes.

La Revolución sigue reclamándonos como un aliento de ser, como una inspiración que hinche nuestros pulmones de vida. Eso es lo que no hemos terminado de aprender todavía, eso es lo que seguimos creyendo que se puede explicar con filosofías, con teorías, argumentos y ciencias. Sólo los verdaderos revolucionarios desprecian el poder para concentrarse en la vida.

A lo largo de la historia de la humanidad hemos conocido seres identificados plenamente con esa misión. Estoy convencido de que Hugo Chávez es uno de ellos y no lo digo por diosificación ni idolatría. Lo digo porque estamos en la era de volver a ser liberación y vida, de ser Revolución, de ser redención.

Ilustración: Iván Lira

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