La traición de las palabras. Alfons Durán Corner

Alfons Duran

Nuestra cita

If people never did silly things nothing intelligent would ever get done. Ludwig Wittgenstein.

Las palabras están hechas para describir una situación, unos hechos, unos agentes, unos procesos, unos conceptos. Nos podríamos comunicar de otra manera (el lenguaje de los signos, por ejemplo), pero tendemos a hacerlo mediante palabras, sean éstas expresadas verbalmente o por escrito.

Pero hay que ser muy cuidadoso con su uso y seguir el viejo consejo de no romper el silencio si no es para mejorarlo. Deberíamos hacerlo, pero no lo hacemos. Padecemos como sociedad un exceso de verborrea, hecha sin meditar lo que decimos, con el solo propósito de alzar la voz y ocultar nuestra miseria.

En una sociedad plagada de analfabetos funcionales (que saben leer y escribir, pero ni leen ni escriben) las palabras pierden su razón de ser. Lo vemos por todas partes, desde en las plataformas políticas cuyos oficiantes emiten mensajes huecos y repetitivos hasta en las corralas-tertulias de los medios de información, con unos opinadores que envejecen en sus puestos sin que se aprecie una mínima aportación a la comprensión general.

El maestro Saussure, en su obra magna “Curso de Lingüística General”, publicada en 1916, hizo un esfuerzo considerable para hacer de la lingüística una ciencia. Para Saussure las palabras cuentan con dos componentes: uno material y el otro mental (el significante y el significado). El primero es la materialización acústica que se produce al pronunciar o leer una palabra. El segundo es la representación psíquica que lo anterior genera en nuestro cerebro. Cuando verbalizamos por ejemplo la palabra “estúpido”, esa cadencia fonética determina una imagen del calificativo. Una imagen aprendida según las circunstancias del proceso de socialización de cada uno. Por eso el significante “estúpido” tiene un amplio abanico de significados. Y esto complica enormemente una lectura precisa del contexto.

Si además nos apropiamos de las palabras (los significantes) sin tener en cuenta los significados, traicionamos la esencia del relato. Veamos algunos ejemplos cercanos. Tomaremos tres palabras: civil, ciudadano y criminal. Fijémonos que solo al leerlas ya les hemos asignado un significado. Pero vayamos por partes y tratemos de analizarlas objetivamente, como si fueran cosas, método que aconsejaba Auguste Comte, el padre de la sociología moderna.

Civil es lo opuesto a militar. Es un ciudadano libre, no sujeto a una estructura jerarquizada en la que las órdenes vienen de arriba abajo, como es el caso de los militares. La relación entre los civiles se ajusta a un conjunto de normas que con el tiempo se articulan en una rama del Derecho. Las normas gozan de la flexibilidad propia de una sociedad abierta, lo que contrasta con la rigidez de las normas que operan en el ámbito militar. Por eso es un oxímoron (un contrasentido) que exista un cuerpo militar con el nombre de Guardia Civil. Podría ser Guardia Nacional o cualquier otro calificativo, pero no Guardia Civil. De ahí que se produzcan conflictos de interpretación entre las acciones de un cuerpo militar, y por ende armado, y una sociedad civil cuya arma es solo la palabra, al margen de la trayectoria histórica de ese cuerpo y de las razones de su creación.

Ciudadano es una persona que pertenece a una comunidad geográfica, social, política y económica, por lo que podríamos incluso distinguir distintos tipos de ciudadanía. El ciudadano tiene un pacto implícito con el Estado (que es una construcción administrativa) por el que se acuerdan unos derechos y unas obligaciones entre las partes. Ciudadano viene de ciudad, porque fueron las polis griegas (Atenas, Esparta, Tebas, Siracusa, etc.) las que implantaron este sistema de organización social. El conjunto de ciudadanos de un espacio dado constituyen la ciudadanía, que es una institución en constante proceso de cambio, en función del tipo y contenido de las interacciones de sus miembros. Como institución dinámica, si el aparato del Estado pretende controlarla se petrifica y pierde su valor. Todavía es menos lícito que una parte se apropie del todo como si fuera propio. Con estos antecedentes hay que ser muy osado y/o muy ignorante para registrar un partido político con la denominación “Ciudadanos”, un partido político fundado por un grupo de resentidos (el que convierte una supuesta ofensa en rencor y hostilidad) que no estaban satisfechos con su cuota de reparto en el pastel de la mal llamada Transición. Encontraron el nexo de unión en su rechazo visceral (intenso e irracional) hacia la lengua y la cultura catalanas. Y éste fue su exclusivo programa político. Cabe añadir que los funcionarios, tan ignorantes como los primeros, aceptaron encantados el registro de la marca.

Criminal deriva de crimen y esto son palabras mayores. En la realidad cotidiana un crimen es el acto voluntario de matar a alguien. Aquí la voluntariedad es clave. Un homicidio, que puede ser involuntario (un atropello casual) no es un crimen. Un crimen es un asesinato, por lo que un criminal es un asesino. Acaba con la vida de alguien. Un crimen de Estado o de lesa humanidad es el que atenta contra los derechos fundamentales del hombre (libertad de opinión, de expresión, de reunión, etc.), tal como vienen descritos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Por eso cuando vemos a algunos fiscales españoles (representantes del Estado) acusar de criminalidad a las personas que defienden libremente sus derechos políticos y sociales, nos parece una actitud aberrante, máxime si contrastamos su pliego de acusaciones con el contenido de la citada Declaración Universal. Ya hemos dicho al principio que hay que ser muy cuidadoso con las palabras.

Claro que a lo mejor los habituales usuarios de los códigos “civil”, “ciudadano” y “criminal” son seguidores de Humpty Dumpty, ese extraño personaje que Lewis Carroll retrató en su obra “Alicia a través del espejo” que dice con un tono despreciativo ante la sorpresa de Alicia: “Cuando yo uso una palabra significa simplemente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos”. “La cuestión es –responde Alicia–  si tú puedes hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes”. “La cuestión es –añade Humpty Dumpty-  quien es el jefe. Eso es todo”.

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