Guerras vinculares. Alfredo Grande

(APe).- La cultura represora tiene como interés primordial negar su condición de represora. Tiene muchas estrategias para lograrlo. La principal es lograr que sus más ardientes defensores y no pocos detractores, se refieran a ella como “cultura”. Sin aditamentos, ni cualidad. Cultura a secas. Y la cultura está considerada como un bien absoluto. De lo cual se deduce una conclusión errónea pero de alto impacto: la cultura represora es un bien. Lo que denomino  “fascismo de consorcio” y  “retroprogresismo” sostienen la represión como necesaria. La diferencia, por cierto banal y sutil, es la dosis necesaria y la duración del tratamiento represor.

 La pedagogía de la crueldad es transversal a generaciones con  mejores y peores intenciones.  Un buen sopapo a tiempo, una taser bien dada, un poco o un mucho de gatillo fácil, un poco o un bastante de abuso, maltrato, violación, y otros correctivos, previenen males mayores y además, no son bienes menores. Todo esa descripción tiene como molde principal a la familia. Ya que estamos y un tiempo nos quedamos,  la familia patriarcal tiene como identidad autopercibida “familia”. A secas. Por lo tanto imposible pensar en familias no patriarcales, y mucho menos en familiaridades, si el significante Familia abarcaba todo. Como imperio donde nunca se ponía el sol ni los mandatos.

 Uno de los mas aberrantes. “Honrarás a tu padre y a tu madre”. La honra verdadera es algo a verificar, no algo a predeterminar. Lo que debiera ser un valioso resultado, queda manipulado en una dudosa premisa. Lo digo en otras palabras. La cultura represora formatea una estructura familiar que ve en la cultura represora la única cultura. Se pueden discutir la cantidad de azotes, pero no los azotes.

 El patriarca, tirano, déspota, no pocas veces con la omisión, incluso la complicidad de la esposa/madre, invade el cuerpo y la mente de hijas e hijos. Con diferentes formas de catequesis. Desde las más concretas a las más abstractas. El resultado es el miedo, la humillación, la vergüenza, el sometimiento, la pasividad, la tristeza. Las prácticas invasivas de padre y madre con los hijos solo son registradas, y no siempre, cuando adquieren la dimensión de lesiones graves y/o violaciones reiteradas. La vara para medirla es tan alta que lesiones leves y maltratos reiterados pasan sin problemas por el filtro de la familia perfecta. En todo caso, la coartada cínica del “nadie es perfecto”  está siempre a mano. Pero los chicos crecen  y esas malas costumbres invasivas empiezan a encontrar resistencia, oposición, incluso lucha.

 No todos los rebeldes son castigados por igual, ni todas las víctimas tienen la misma capacidad de rebelión. Pero en algún momento de la llamada crianza, eufemismo que describe un refinado proceso de domesticación, las guerras vinculares estallan. La primera declaración de independencia es lo que Freud describe como Complejo de Edipo. El psicoanálisis implicado, que es la teoría que he desarrollado en los últimos 25 años, prefiere denominarlo la Complejidad del Edipo. El sometimiento al padre anticipa lo que el modo de producción capitalista hará con el joven y el adulto. No en vano las empresas explotadoras se ufanaban diciendo “somos una gran familia”  Y tenían razón, aunque fuera una razón represora.

El fundante de la familia es represor y cultiva la yerba mala del mandato. El fundante de la familiaridad es liberador y cultiva la yerba buena del deseo. Es cierto que en algunas familias se respira familiaridad. Aunque no se dan cuenta de que han subvertido el origen y han podido crear un nuevo destino. No siempre es posible.

Por eso el desafío es: ante una  familia sin familiaridad tener el coraje de construir familiaridad aunque el costo sea perder la familia.

Porque no siempre es triste la verdad y muchas veces tiene remedio.

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