Los sátrapas y su intervencionismo

   La mayor concentración de sátrapas por metro cuadrado del orbe se produjo ayer en Londres con motivo del entierro de la difunta reina de Inglaterra. Para muestra un botón: nuestro emérito (el rey ladrón) estuvo entre los 2000 “elegidos”, 500 de ellos jefes de Estado, que acudieron a mostrar sus respetos al cadáver de la mayor rentista del Reino Unido y propietaria del 1,4% de su superficie; la milmillonaria, racista, colonialista y militarista Isabel II. La jefa de una familia que, en sí misma, representa un destilado de lo que significa la reacción ideológica y la opresión, incluido el esclavismo, a lo largo de la historia.  No la lloramos. 
Si las oyes, las que sí parecen estar a punto de llorar son las energéticas, sus primos hermanos, los bancos y los dueños de las cadenas de alimentación. La Unión Europea y Sánchez anuncian nuevos impuestos sobre ellas y topes a los precios del gas. Poner freno, aunque sea mínimo, les parece intolerable. Es el mercado dicen y añaden que no hay que intervenir.  Por esa razón, su vocero, el PP de Feijóo, se opone a cualquier medida de control de precios o a nuevas cargas impositivas, y anuncia cataclismos si se producen. Mienten.
Hoy, merced al tamaño monopolístico de sus negocios, solo un puñado de familias tiene la facultad de intervenir descaradamente el mercado a su conveniencia, condicionado así el volumen de la oferta y/o la demanda y con ello, marcando el precio e imponiendo el margen de su beneficio. Esas grandes empresas con su intervencionismo expolian y arruinan a todo pequeño productor, trabajador o simple consumidor en su proceso de absorber el fruto del trabajo, las rentas privadas y el dinero público hacia sus insaciables bolsillos.
Sólo hay que mirar el avance del empobrecimiento general, que ya afecta a uno de cada cinco ciudadanos, para darse cuenta de que permitir el dominio despótico de un puñado de ultrarricos tiene efectos nefastos para la mayoría.
Con la COVID-19 vimos cómo sólo la intervención de los Estados pudo inyectar el dinero necesario para conseguir las vacunas o mantener la capacidad productiva, y con ello, muchos empleos. Lo lamentable fue que los gobiernos renunciaron a que esas enormes cantidades de dinero público entregadas a farmacéuticas y empresas se transformaran en derechos de intervención y propiedad del conjunto de la sociedad sobre aquello que pagó.
Las medidas que se proponen ahora desde la UE resultan timidísimas (un impuesto especial, topar el precio del gas y subvención para los más necesitados) y persiguen, como en el caso del Covid-19, salvar más el negocio que a la gente.
Pero a la vez demuestran la naturaleza europea de cualquier solución, la obligación ante el caos que provoca el capitalismo de usar el poder político y sus recursos como el camino más directo para alcanzarla. En otras palabras, lo imprescindible de una planificación democrática continental que solo el socialismo podrá aportar por muy lejano que hoy parezca.

Nada cambiará a favor del pueblo trabajador sin la movilización. Por eso constituye una buena iniciativa que la Confederación Europea de Sindicatos llame a la defensa del salario y garantice la preparación de movilizaciones en toda Europa. CCOO y UGT anuncian también manifestaciones en octubre; el metal alavés irá a la huelga los días 20,21 y 22 de septiembre. Y no es para menos: en lo que va de año, nuestros salarios han caído un 8%.
Para continuar avanzando, la mayoría trabajadora debemos intervenir más y de la manera más organizada posible para que el intervencionismo de los sátrapas pierda el aplastante peso que tiene hoy sobre nuestras vidas.

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