Todos contra el neoliberalismo. Emir Sader

marzo 9, 2018

Los recientes reveses de la izquierda latinoamericana han llevado a cuestionamientos respecto a las políticas de alianzas que han vuelto posibles los gobiernos antineoliberales. Esos gobiernos solo han logrado imponer su hegemonía, porque han logrado, con sus propuestas de gobierno, obtener consensos ampliamente mayoritarios en la sociedad.  Cuando han perdido su capacidad hegemónica, los frentes que habían constituido se fueron resquebrajando y sus alianzas se deshicieron.

Pasó algo similar cuando el frente del gobierno kirchnerista se fracturó, cuando el frente del gobierno del PT en Brasil igualmente se deshizo, ahora pasa algo parecido en Ecuador. Pero las alianzas no son la causa, sino el efecto de las propuestas de gobierno que, si funcionan, no tienen por qué debilitar el frente social y político del gobierno. Si estos se debilitan, es porque las políticas de gobierno están perdiendo, en la sociedad, su capacidad de convencimiento, de consenso.

Pero, antes de todo, queda la enseñanza de que las alianzas no son tema de elección subjetiva – con quienes sí, con quienes no, – sino de agrupar fuerzas alrededor de un programa de trasformaciones de carácter nacional. El criterio de las políticas de alianzas es objetivo, político. Primero se plantean las propuestas de gobierno, habrá alianzas con quienes estén de acuerdo con esas propuestas.

Ahora, cuando por lo menos en Argentina y en Brasil se discute el tema de las alianzas – tema también presente en Ecuador y Bolivia, pero también en México y Colombia -, es hora de volver a reflexionar sobre los criterios de las alianzas. Alianza con quién, significa alianza para qué. Conforme hacia dónde se quiere ir, se definen las compañías.

Hay sectores que proponen alianzas solamente dentro del campo de la izquierda, solo con quienes tienen trayectorias y propuestas similares. Seria condenar la izquierda al aislamiento y a la derrota, porque las contraofensivas de la derecha han aislado a la izquierda, le han quitado aliados, le han puesto en situación de minoría en la sociedad. Para romper ese cerco, hay que ganar a sectores con los cuales no hay trayectoria común en el pasado, con los cuales no se comparte todas las posiciones programáticas. Para ello hay que definir los criterios objetivos de las alianzas.

La línea demarcatoria de los enfrentamientos estratégicos en el período histórico actual se da alrededor del neoliberalismo, el modelo hegemónico asumido por el capitalismo ya hace algunas décadas. El campo popular agrupa a todas las fuerzas, sociales, políticas, económicas, que se contraponen al neoliberalismo y buscan su superación. El campo de la derecha, sea en sus expresiones más tradicionales de derecha o en otras aparentemente más moderadas, se reúnen alrededor del modelo neoliberal.

En América Latina hoy, más que nunca el bloque popular debe agrupar a todos los que se oponen al modelo neoliberal y se disponen a poner en práctica un gobierno que supere ese modelo. Un bloque que se oponga a las privatizaciones del patrimonio público, al debilitamiento de los sindicatos, a la concentración todavía más grande de los medios, a la retracción de las políticas sociales, a políticas externas de subordinación a los EEUU.

No importa la trayectoria pasada de las personas y fuerzas, su naturaleza ideológica, importa la posición que tienen respecto al neoliberalismo y al gobierno que pone en práctica esa política.

El desafío más grande para la izquierda no está en reunir a todas esas fuerzas, sino en organizar el programa anti neoliberal, que destaque los elementos estratégicos de ese programa para definir, a partir de ahí, los ítems fundamentales de la reconstrucción del bloque popular anti neoliberal. La agrupación de fuerzas es una consecuencia del programa anti neoliberal.

      

 


Este año, cuatro elecciones cambian el rostro de América Latina. Emir Sader

febrero 17, 2018
     

En medio de enormes turbulencias económicas y políticas, América Latina elige, este año, los presidentes de cuatro de los cinco países más importantes del continente: Brasil, México, Colombia y Venezuela. Cada uno con sus particularidades, los cuatro casos colocan en cuestión la continuidad o el cambio de los gobiernos actuales y la correlación de fuerzas entre izquierda y derecha en el conjunto del continente.

Por orden cronológico, es Venezuela el país que primero tendrá elecciones presidenciales, recientemente definidas para el 22 de abril, cuando Nicolás Maduro se jugará su reelección, en medio de dificultades de la oposición para determinar su candidato y, hasta, de si participa o no de las elecciones. Es la gran fecha aguardada por la oposición, creyendo hace rato que podría derrotar al gobierno, finalmente terminando con el ciclo de gobiernos chavistas.

Cuenta la oposición con la difícil situación económica del país y las duras consecuencias sociales para la población, así como con la baja del nivel de apoyo al gobierno, como resultado de esa situación. Pero las derrotas electorales recientes han producido divisiones en los partidos de oposición, pérdida del optimismo, así como posiciones de boicot a las elecciones, porque si pierden, tendrían una derrota de largo alcance.

El gobierno, a su vez, ha logrado recuperar la iniciativa política con la convocatoria de la Asamblea Constituyente que, a su vez, dejó marginalizada y sin efecto la mayoría que la derecha había logrado en el Congreso tradicional. Pero no se puede decir que el gobierno ya haya logrado dar un nuevo cauce a la situación económica, que arrastra muchos problemas desde hace años y tampoco mejorar la situación de desabastecimiento, pérdida del poder adquisitivo de la población, retrocesos en los programas sociales.

Es en medio de este panorama que se darán las primeras elecciones en uno de los cuatro países más importantes de la región y que, posiblemente, den un nuevo mandato al gobierno bolivariano.

Las elecciones en Colombia aparecen con el pronóstico más abierto, en el sentido de que hay varios candidatos muy cercanos en las encuestas. Sin embargo, las últimas revelan que dos candidatos progresistas son los favoritos: Gustavo Petro y Sergio Fajardo. Tanto el candidato de Juan Manuel Santos, como el de Uribe, reciben poco apoyo popular, pasando lo mismo con candidatos de la izquierda, como Piedad Córdoba y Rodrigo Londoño, de la Farc.

En México, se consolida el favoritismo de López Obrador, frente al desgaste del gobierno del PRI y los efectos sobre su candidato, así como la fuerza todavía no consolidada del candidato del PAN. Finalmente López Obrador puede ganar las elecciones en México.

En Brasil, por el peso del país y por la crisis actual, la elección es decisiva para el futuro del país y del continente. La derecha, sin candidato y sin programa que proponer, juega todas sus cartas en la exclusión de Lula de la campaña electoral. Es todavía un tema abierto, hay muchos procesos en contra de él, ninguno con alguna prueba, hay varios recursos por delante, pero no hay ninguna duda que el objetivo prioritario de la derecha es inviabilizar la candidatura de Lula, porque sabe que si es candidato, Lula ganará, incluso en primera vuelta.

Pero ello no resuelve el problema. Aun imposibilitado de ser candidato, Lula será el gran elector, el candidato que él indique y para el cual haga campaña – que seguramente será un nombre del mismo PT – seguirá siendo favorito para ganar.

Así, en estos cuatro países las disputas son decisivas para el futuro del continente las que se darán este año. Ninguna tiene un resultado seguro, pero hay tendencias probables. No es imposible que a fines de año tengamos a Maduro como presidente reelegido de Venezuela, a candidatos progresistas elegidos en Colombia y en México, y el retorno de un presidente del PT en Brasil.

Ello abriría mejores perspectivas para las elecciones siguientes, especialmente en Argentina y en Bolivia. Así como el cerco a Venezuela y a Cuba perderían fuerza.

No es imposible que se dé así. Lo cual significaría un freno a la contraofensiva de la derecha, el aislamiento de los gobiernos más conservadores, como los de Macri y Piñera, y retomar los procesos de integración latinoamericana, ahora con la integración de México y de Colombia.

Son procesos abiertos. Nada garantiza que se den, así como no es seguro que la derecha esté agotando su ofensiva. Pero las condiciones de disputa están dadas, la izquierda tiene una nueva posibilidad de conducir procesos de superación del neoliberalismo y de construcción de sociedades más justas y de Estados soberanos. Al final de este año el mapa latinoamericano será distinto.


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