Altas temperatura y nuevo récord de CO2. Greenpeace

mayo 4, 2020

Mayo ha comenzado con un episodio de muy altas temperaturas, que no son normales para esta época del año.

Ayer se superaron los 35 ºC en las provincias de Sevilla, Córdoba y Jaén y los 30ºC en numerosas localidades de la península, mientras que hoy se esperan temperaturas similares. Estos registros, propios de los meses de verano, se alcanzan cuando todavía quedan casi dos meses para que termine la primavera.

El aumento de las temperaturas es uno de los impactos más visibles del cambio climático. Continuamente superamos nuevos récords: el pasado mes de enero fue el más cálido en el mundo desde que se tienen registros y durante el mes de febrero se alcanzaron temperaturas récord en zonas como la Antártida, superando la barrera de los 20 ºC por primera vez en el continente helado

Este episodio de altas temperaturas es un recordatorio a gobiernos y empresas de la importancia de responder con urgencia, no solo a la enorme crisis sanitaria que padece el planeta, sino también a la emergencia climática.

Y es que a pesar de la reducción de las emisiones de CO2 —como consecuencia principalmente de las medidas de confinamiento— el mes de abril también ha alcanzando un nuevo máximo histórico de concentración de CO2 en la atmósfera.

Si queremos evitar los peores impactos del cambio climático, limitar el aumento de la temperatura global 1,5 ºC, y frenar la pérdida de biodiversidad, necesitamos medidas que garanticen una transición justa y ecológica. Desde Greenpeace estamos trabajando para asegurar que las medidas económicas que se tomen para salir de la crisis causada por el COVID-19 den respuesta a la crisis climática y ambiental que vivimos.


Seguimos con esperanza…

abril 18, 2020

Cuesta adivinar la procedencia del Covid-19, quién lo creó, porqué, a las órdenes de quien, donde…

¿Puede un ser humano normal, crear algo para librarse de quienes le molestan o para demostrar que su genio y capacidad es superior a los que les rodean familia- amigos, hombres-mujeres-niños, y procurar un producto para acabar con la carga que suponen quienes tienen determinada edad?

Son las personas de nuestra generación y anteriores quienes laboramos para sacar adelante a nuestras familias con mínimos recursos, mínimos estudios y preparación, inferior a la que tienen hoy nuestros hijos-nietos.

¿Somos una carga prescindible?

Seguiremos nuestro propósito: la construcción de un mundo de esperanza para todos, hombre-mujeres-niños, no importa su procedencia, para conseguir, juntos: el mundo de los seres humanos, TODOS!

 

 


Bloqueos en tiempo de pandemia. Angel Guerra Cabrera

abril 2, 2020

A mediados de marzo, el multimillonario chino Jack Ma y su fundación anunciaron que donarían a Estados Unidos 500 mil kits de detección rápida de Covid-19 y un millón de mascarillas, no obstante, la ostensible actitud racista y xenófoba de su presidente, que no paraba de hablar del virus “chino”. Esos recursos eran desesperadamente necesitadas en la gran potencia, cuyo gobierno, en una actitud indudablemente criminal, no tomó entre los meses de enero y marzo las más elementales medidas para proteger a su población, como lo evidencia el avance acelerado allí de la pandemia.

El fundador de Alibaba había hecho también importantes donaciones a Corea del Sur, Japón, Italia, Irán y España. Acciones que extendió luego a naciones de América Latina y el Caribe. Sin embargo, la ayuda de Ma no ha podido llegar a Cuba. La compañía estadounidense contratada para fletar los envíos, decidió no hacerlo a La Habana con el argumento de que el bloqueo se lo impedía. Jack Ma, que ha despachado donaciones a más de un centenar de países bajo las etiquetas #Estevirusloparamosentretodos y #Oneworldonefight, no ha renunciado a enviar la ayuda y seguramente encontrará finalmente algún trasportista presto a desafiar el castigo genocida de Washington al pueblo cubano.

No obstante, lo significativo de este hecho, que pone de relieve la crueldad por parte de Trump y su grupo al mantener la guerra económica contra Cuba en medio de una situación mundial de pandemia, no hace más que recordar lo que es una penalidad cotidiana en la isla desde hace casi 60 años. Eso sí, reforzada progresivamente, hasta extremos inimaginables, desde que el magnate inmobiliario llegó a la presidencia de Estados Unidos. Sin embargo, aunque la isla caribeña sufre el cerco más largo de la historia contemporánea, existen otros países sometidos a severos castigos económicos por Washington. Venezuela es un caso muy grave de ensañamiento. Pero también son objeto de cruentas, ilegales e inmorales medidas punitivas Irán, Corea del Norte, Siria e incluso Rusia y China. Cabe resaltar que, con motivo de la pandemia, tanto el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, como la jefa de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de ese organismo, Michell Bachelet, han llamado a levantar o flexibilizar los bloqueos, particularmente en el caso de Cuba y Venezuela, sin que el promotor número uno de las guerras económicas y de la violación de los derechos humanos en el mundo se haya dado por enterado.

La pandemia ha permitido apreciar en toda su crudeza características que ya conocíamos del capitalismo neoliberal y su sistema político, muy particularmente del que existe en la potencia del norte, pero vistas ahora en su conjunto nos confirman que se trata de un sistema en profunda crisis, genéticamente incapaz de cautelar los intereses y las necesidades de las mayorías, incompatible con la vida. Al punto de que medidas como los planes de apoyo a sus poblaciones aprobados ante la emergencia pandémica en Estados Unidos, España, Italia, El Salvador y otros países han tenido que romper frontalmente con la lógica neoliberal, toda vez que se basan en fuerte intervencionismo estatal en las economías, pero casi siempre con marcado sentido social. Insólito en gobiernos regidos por el mercado, cientos de miles de millones han sido destinados, sin retorno, al bolsillo de los ciudadanos.

Quiero detenerme en dos puntos muy importantes no solo para América Latina y el Caribe sino para la humanidad, que subrayan la crisis de hegemonía que aqueja a Estados Unidos y la desesperación en que están sumidos Trump y su equipo. Uno es la frenética campaña que desde el año pasado adelanta Estados Unidos contra los médicos y personal de salud cubanos, así como la política de solidaridad de Cuba. En medio, Washington consiguió hacer salir la cooperación médica isleña de Brasil, Ecuador y Bolivia debido a la existencia en esos países de gobiernos serviles como los de Bolsonaro, Moreno y Áñez, que mueren por congraciarse con la potencia del norte, aunque sea al precio de la mayor abyección. Sin embargo, pese a sus presiones, chantajes y a la charlatanería de sus poderosos medios de difamación mundial no ha podido impedir que decenas de países conserven la muy apreciada colaboración médica cubana ni que un número creciente de Estados caribeños y europeos soliciten la presencia de brigadas médicas y de medicamentos cubanos para combatir el COVID-19. Ello, no obstante, el febril activismo contra los galenos cubanos de funcionarios del departamento de Estado, del subsecretario Kozak y del propio secretario Pompeo.

El otro tema mundialmente candente hoy, más allá del criminal bloqueo, es la redoblada belicosidad de la administración Trump contra Venezuela. Les duele que Maduro y el chavismo hayan hecho de Guaidó un cartucho quemado y la derrota de todos los intentos del nuevo ciclo de golpes de Estado iniciado en 2019. Les duele la inquebrantable unidad cívico militar. De eso hablaremos en la próxima entrega.


Paisaje después de la batalla. Alfons Duran

marzo 28, 2020
Dejemos que la ciencia haga su trabajo y reduzca progresivamente la carga letal del virus. Aplaudamos el esfuerzo del personal sanitario que, en ocasiones con instrumental de baja calidad o diseñado y construido improvisadamente con sus propias manos, arriesga su vida en un acto de solidaridad extraordinario. Cumplamos ordenadamente lo que el sentido común nos aconseja (confinamiento, higiene, distancia social, etc.). Y preparémonos para el día después, que más pronto o más tarde llegará, sin poder visualizar de una forma clara y precisa los escenarios que nos esperan.

El Covid-19 es una señal de alerta y un catalizador. Es una señal de alerta de la respuesta de la naturaleza a nuestras continuas agresiones. Los humanos nos creemos poderosos, liquidamos la flora y la fauna, llenamos el espacio de basura electrónica, rompemos el equilibrio natural del entorno, y luego nos escondemos atemorizados cuando un virus (un ente sin vida aparente) pone de manifiesto nuestra fragilidad.

El Covid-19 es un catalizador, una substancia que ha acelerado la crisis sistémica en la que nos hallamos insertos. No es una crisis económico-financiera, como aparentaba ser la del 2007, sino una crisis global, una crisis larvada que viene de lejos, con componentes sociales, culturales, políticos, tecnológicos y económicos.

El Covid-19 ha abierto muchos interrogantes sobre la vida en sociedad. Solo en las guerras y en las horas del “toque de queda” la gente era obligada a recluirse en sus hogares. Ahora el confinamiento es total, con salidas puntuales reguladas para casos de necesidad. En la vida moderna, los urbanitas que viven en núcleos familiares comparten como mucho los fines de semana. El resto de los días son días apresurados, en los que cada uno tiene sus obligaciones (profesionales, logísticas, estudiantiles etc.) y hay poco tiempo para el debate civilizado. En la etapa Covid-19 se van a romper muchas costuras y los procesos de divorcio van a llenar los juzgados.

El Covid-19 ha puesto sobre la mesa la eticidad de los valores dominantes, en su doble dimensión moral y social. El cortoplacismo, el consumismo, la lucha por el poder a cualquier precio, el dinero como objetivo supremo, la cosificación de las relaciones personales, el culto a la banalidad, el desprecio a la otredad. Todo se ha venido abajo.

El Covid-19 ha demostrado que cuanto más cerca estés del problema, más acertarás en tus decisiones. “Small is beautiful”, que nos enseñó Schumacher. Por eso la primera decisión –la más elemental– habría sido confinar los territorios, bloquear las fronteras exteriores e impedir así la transmisión. Luego cada territorio (para eso, como mínimo, servían las Comunidades Autónomas) debería haber gestionado su propia realidad. No se ha hecho así. Los Estados decimonónicos (como el español, el francés o el italiano) han fracasado en sus intentos para resolver el problema, donde el afán centralizador jacobinista se ha mezclado con una utilización del ejército en labores que no le corresponden y para las que no está preparado. Incluso el lenguaje utilizado y las imágenes transmitidas son más propios de una guerra convencional (al estilo Tercios de Flandes) que de un fenómeno que solo los científicos pueden analizar con suficiencia. En el caso del Estado español, el retrato es todavía más grosero, como si los virus se rindieran ante los vítores al rey, la unidad de España y la constitución. Nadie les perdonará los desaguisados que han cometido y las muertes que podrían haber evitado, en parte por incompetencia y en parte por altivez.

El Covid-19 ha cuestionado el enfoque de nuestras nuevas tecnologías, que han ido derivando hacia el campo empresarial y a la lógica del beneficio privado, en detrimento de una orientación al bienestar público. Demasiada inteligencia instrumental dedicada por ejemplo a nuevas aplicaciones para móviles (la mayoría superfluas) y poca inteligencia al estudio y conocimiento de los grandes misterios del universo, de sus organismos, de las interrelaciones entre ellos.

El Covid-19 ha dado el toque definitivo al modelo dominante de la economía neoliberal, donde las ganancias se obtienen en el casino global, sin una relación directa con las actividades productivas. En estas últimas se da la paradoja de una sobrecapacidad de producción enfrentada a un infra consumo. Un modelo en el que los Bancos Centrales han volcado dinero en los mercados a bajo precio, sin seguir de cerca la utilización de ese dinero. Un modelo en el que la Deuda Pública junto a la Privada aleja la capacidad de restaurar el equilibrio de las cuentas. Un modelo que ha producido una sociedad endeudada, y así sometida a los dictámenes de los acreedores. Un modelo en que los “takers” han ganado por goleada a los “makers”. Un modelo perverso.

El Covid-19 ha evidenciado que Occidente tiene sus fábricas en China y en los países colindantes con el gigante chino. Y que las unidades productivas que todavía quedan en el hemisferio occidental también dependen de componentes fabricados en Oriente. Antes se decía que si Washington estornudaba todo el mundo cogía un resfriado. Ahora el estornudo viene de China y cambia las relaciones de poder entre los países.

El Covid-19 ha destapado que la globalidad y sus secuelas es un disparate. Que hay que volver a la proximidad, a las lechugas y tomates del campo más próximo. Que la movilidad per se no tiene razón de ser. Que hay que conocer a fondo el espacio propio antes de invadir el ajeno. Que las tecnologías de la información y la comunicación hacen innecesarios muchos viajes. Que el turismo de masas es un residuo de una forma de interpretar el mundo que ha dejado de tener sentido. Que los viajes “low cost” son una copia imperfecta del “capitalismo popular” con el que enredaron a nuestros abuelos.

El definitiva, el Covid-19 ha hecho saltar por los aires todo el andamiaje que la crisis del 2007 ya había explicitado y que los “analistas simbólicos” habían intentado reconstruir a base de cartón-piedra. Y ahora, ¿qué queda?, ¿con qué nos vamos a encontrar?

En apariencia, nada habrá cambiado. Pero poco a poco nos daremos cuenta de que ya nada será como antes. No sé si mejor o peor, pero diferente.

Los Estados actuales se romperán, aunque algunos, como el español, ya está hecho trizas. Habrá estados federales, confederales o independientes. Eso sí, el tamaño se reducirá. Las federaciones supranacionales (tipo Unión Europea) desaparecerán, y así lo harán todas las organizaciones derivadas de ellas, con lo que habrá un abundante mercado de funcionarios en busca de trabajo. El poder, como ya hemos dicho, dejará el Atlántico y se desplazará al Pacífico, en un equilibrio inestable entre China y la India.

El dinero continuará moviéndose a su antojo, pero no así las personas ni las mercancías. El comercio exterior se moverá en una zona intermedia entre el liberalismo puro y el proteccionismo.

No habrá trabajo para todos, por lo que será necesario la creación de una “renta mínima” unipersonal, única forma de evitar una revolución, que esta vez podría ser violenta. La “clase media” será una antigualla de las novelas burguesas. Las disparidades de renta y patrimonio se agudizarán. El modelo chino se  impondrá, con matices: capitalismo de mercado y autoritarismo político. En el caso de Occidente prevalecerá políticamente la “democracia autoritaria”, como podemos ver en España, Polonia, Hungría, Grecia, etc.

Podemos interpretar el escenario del Covid-19 como un modelo de ingeniería social, en el que controlas a la población frente a la amenaza de un peligro desconocido.

Si no quieres ser protagonista pasivo de este escenario, ya puedes empezar a moverte. Entretanto, cuídate.


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