Lula y la izquierda del Siglo XXI. Emir Sader

mayo 2, 2019
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Yo le di ese título a mi nuevo libro –publicado en Brasil y ahora en Argentina–, con un subtítulo: Neoliberalismo y posneoliberalismo en Brasil y en América Latina. (En Brasil, publicado por la Editora del LPP, en Argentina, por la Editorial Colihue.) Se trata de un intento de, más allá del viraje de los acontecimientos, descifrar las tendencias más generales de los procesos históricos en el continente y, de alguna manera, en el mundo. La trayectoria de Lula da el guion de esa lucha y de la misma obra.

Escribir y publicar un libro en los tiempos actuales es correr el enorme riesgo de ser superado rápidamente por los acontecimientos. Más fácil sería atenerse a los textos de internet, menos pretenciosos, menos duraderos, menos riesgosos. Tantos no responden por lo que han escrito, con tanto énfasis, ayer.  Se pide menor coherencia, menos rigor, textos más descartables.

Son tiempos turbulentos en que se agotan rápidamente hegemonías vigentes hasta hace poco, mientras hegemonías alternativas tienen dificultades para afirmarse.

Pero el desafío vale la pena, porque es indispensable descifrar los elementos de fondo de las trasformaciones, progresivas y regresivas, especialmente en este siglo, para poder proyectar las alternativas para la próxima década. Sino, pareciera que todo es volátil, que la política cambia como las nubes en el cielo, más allá de la capacidad de intervención de las personas y de los pueblos. Porque, en las palabras de Shakespeare, hay una lógica en esa locura.

Escoger a Lula como referencia es una forma de buscar, más allá del largo desfile de personajes, concentrarse en alguien que justamente representa elementos estratégicos, más allá de las contingencias históricas inmediatas. Lula representa, en su misma vida, los trajines de la historia contemporánea de Brasil y de América Latina.

Hegel decía que hay biografías que reflejan trayectorias individuales, privadas. Y hay otras que son fenómenos cósmicos, que expresan los grandes problemas de una época, condensan las contradicciones y las alternativas de un tiempo. Lula, seguramente, es uno de esos pocos casos que Hegel menciona, porque ningún personaje ha cruzado, de forma tan intensa, los períodos políticos cruciales de la historia contemporánea, como personaje central.

El libro no es un libro sobre Lula, no es una biografía de Lula. Pero sí es sobre Lula como principal dirigente político de la izquierda contemporánea en el siglo XXI. Es así un libro sobre Lula y sobre la izquierda en el siglo XXI.

Lula ha vivido y protagonizado, primero, la resistencia contra la dictadura militar brasileña y sus políticas de congelamiento salarial, rotas por las huelgas dirigidas por él. Fue el gran conductor en la fundación del Partido de los Trabajadores y de la Central Única de los Trabajadores. Se volvió el más importante dirigente político brasileño, en la lucha en contra de los gobiernos neoliberales, hasta ser elegido presidente de Brasil y volverse el mejor presidente que el país jamás ha tenido. Enseguida ha logrado elegir a su sucesora, Dilma Rousseff, como primera mujer presidenta de Brasil.

Con la contraofensiva de la derecha, Lula ha sido víctima privilegiada de la persecución política, justamente por ser el único líder político con gran prestigio y apoyo popular, a punto que siempre fue favorito para triunfar en las elecciones presidenciales en primera vuelta.

Pero el libro parte de mucho antes, con el viraje conservador en las últimas décadas del siglo pasado, que han introducido un nuevo período histórico en el mundo, con el paso de un mundo bipolar a un mundo unipolar bajo hegemonía imperial norteamericana; de un ciclo largo expansivo del capitalismo a un ciclo largo recesivo; de la hegemonía de un modelo de bienestar social a un modelo liberal de mercado.

Analiza enseguida las consecuencias hacia América Latina, con los gobiernos neoliberales, los antineoliberales y la situación actual, buscando proyectar los futuros posibles en la primera mitad del siglo en el continente.

Las grandes trasformaciones vividas por América Latina requieren análisis de largo aliento, de balance critico de los proyectos políticos y de las visiones teóricas que lo han acompañado. Este libro pretende ser una contribución en esa dirección.


¿Lula semi libre? Emir Sader

abril 24, 2019

El Superior Tribunal de Justicia de Brasil decidió reducir, por unanimidad, la pena de la condena a Lula a ocho años y medio. ¿Qué significa esto?

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Después de haber sido condenado por el juez Sergio Moro a nueve años y medio (una referencia odiosa a los nueve dedos que tiene Lula, víctima de accidente de trabajo en la línea de producción, como obrero metalúrgico en la industria automovilística), otro Tribunal elevó la pena a 12 años y medio, lo cual impediría que Lula interponga recursos para apelar la condena.

Todo hacía parte de una escalada persecutoria, que tras rechazar todos los recursos, solo agregaba nuevos procesos en contra de Lula. Esta decisión, más allá de sus consecuencias, representa el cierre de este clima. Por primera vez un Tribunal da una decisión favorable a Lula.

La disminución de la condena y de la multa que Lula debiera pagar le trae consecuencias favorables. En primer lugar, la pena menor permite que, en septiembre, Lula cumpla 17 meses de prisión, tiempo suficiente para que pueda demandar régimen semi abierto de prisión.

Asimismo se disminuye de 16 a 2 millones la multa que Lula debería pagar, pago que es condición para poder acogerse a ventajas en el proceso. Asimismo, Lula podría solicitar prisión domiciliaria, situación que todavía no está clara.

Imposible no vincular esa decisión al nuevo clima político y jurídico, marcado por profundos y reiterados conflictos dentro del gobierno, de sectores del gobierno con el Poder Judicial, de los de la operación Lava Jato con el Supremo Tribunal Federal, así como el debilitamiento de la figura de Sergio Moro, por múltiples apariciones públicas desastrosas, pero sobretodo por reiterados tropiezos en el caso Lava Jato.

Hubo, por una parte, una decisión del STF que ha decidido que los procesos en que los recursos que tienen que ver con campañas electorales, deber ser juzgados por tribunales electorales y no por las instancias de la operación Lava Jato. Por otra parte, surgió la denuncia de que una de las empresas más directamente involucradas en procesos de corrupción, había fabricado delaciones voluntarias de sus dirigentes, con finalidades de incriminar a otras personas y de favorecer a la empresa.

Pero el principal escándalo que ha afectado la imagen pública de la operación Lava Jato fue el descubrimiento de un Fondo millonario de recursos que los jueces estaban montando, en acuerdo con autoridades norteamericanas. El Fondo sería el resultado de un acuerdo de la Lava Jato con autoridades de los EEUU, según la cual Petrobras habría pagado una multa gigantesca, pero del cual, el gobierno norteamericano habría reservado una parte de esos recursos para el Fondo que sería administrado en Brasil por los jueces de la Lava Jato. La revelación provocó escándalo, reacciones negativas generalizadas, hasta que los jueces que dirigirían el Fondo han decidido, frente a esa repercusión, retirar la iniciativa.

El jurista Afranio Jardim dijo que “en pocos meses Lula estará de nuevo en los brazos del pueblo”.

Pero Lula, desde un comienzo, dijo que solo aceptaría salir una vez reconocida su inocencia. Ha reiterado recientemente que prefiere la dignidad en la prisión que una situación vergonzosa afuera. Comienza una campaña sistemática para intentar convencerlo que busque formas de salir de la injustica y de la injustificada prisión. Por el momento, queda un clima favorable a que nuevos recursos lo puedan favorecer.

Los próximos meses se definirá el destino de la campaña internacional Lula Libre.


Teoría práctica. Emir Sader.

diciembre 19, 2018

Ilustracion: Diego Sterlacchini.

La separación entre teoría y práctica es algo que acompañó a la izquierda a lo largo de casi un siglo. Quedaron atrás los momentos en que los grandes dirigentes políticos de la izquierda eran, a la vez, grandes intelectuales. Marx, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Gramsci fueron marcados ejemplos de aquel momento en que teoría y práctica se imbricaban mutuamente.

A partir de la estalinización de los PCs y del abandono de parte de la socialdemocracia del anticapitalismo, la teoría pasó, la teoría tendió a estar recluida en las universidades y centros de estudio, sin tener ninguna injerencia en la realidad, teorías sin trascendencia práctica. Mientras que la práctica política se fue amoldando a las estructuras existentes de los sistemas políticos, sin análisis más profundos de la realidad y sin capacidad de diseñar futuros alternativos.

Latinoamérica tiene una larga tradición de pensamiento crítico, que tiene como fundador Mariátegui, con su capacidad creativa de captar, en el marco del marxismo, nuestra realidad en sus particularidades. En este siglo la intelectualidad crítica vivió nuevos desafíos, frente a la ola neoliberal, no solamente como proyecto económico, sino como modelo hegemónico renovador del capitalismo.

En un primer momento, se trató de resistir a la ofensiva neoliberal, defendiendo a las empresas públicas de las privatizaciones, los derechos de los trabajadores, las regulaciones estatales, la soberanía externa. Ello exigió solamente firmeza de principios.  Pero incluso al interior del Foro Social Mundial hubo quienes –especialmente intelectuales europeos– optaron por criticar al Estado desde el punto de vista de la sociedad civil, rindiéndose a tesis de carácter liberal. En lugar de proponer procesos de democratización del Estado, han preferido caracterizar al Estado como reaccionario, conservador, adversario de los movimientos sociales. Pero han sido posiciones minoritarias, que no han sobrevivido con fuerza al surgimiento de los gobiernos antineoliberales en América latina.

Fue el momento de Chávez, Lula, Néstor y Cristina, Pepe Mujica, Evo, Rafael Correa. Una parte solamente de la intelectualidad latinoamericana ha comprendido el carácter profundamente antineoliberal de esos gobiernos, que respondían concretamente a los desafíos de construir alternativas al neoliberalismo.

Otros han mantenido puntos de vista críticos y distancias, cuando no oposición frontal. Unos, afirmando que esos gobiernos no eran distintos de los gobiernos neoliberales que los habían antecedido y a los cuales se oponían. No veían cómo la Venezuela de Chávez era radicalmente distinta de la que él había heredado. Ni cómo el Brasil de Lula era absolutamente otro que el país que Cardoso le había dejado. Ni que la Argentina de Menem era un país frontalmente diferente al que los Kirchner habían reconstruido. Ni que los gobiernos del Frente Amplio uruguayo habían cambiado radicalmente a la sociedad de ese país. Ni que entre los gobiernos anteriores y el de Evo Morales había un abismo de diferencias. Ni que el Ecuador de Rafael Correa era otro país que el de gobiernos anteriores.

Otros han tratado de descalificar a esos nuevos gobiernos, como caracterizándolos de modelos de exportadores primarios, dilapidadores de la naturaleza. No vieron las trasformaciones económicas, sociales y políticas que esos países han tenido, por ejemplo, en comparación con países que habían mantenido políticas neoliberales como Perú y México. Son intelectuales que se han alejado de la ola progresista que había barrido el continente, que no consiguen ningún tipo de apoyo popular y que tampoco logran proponer alternativas de gobierno, haciendo que las alternativas a esos gobiernos hayan estado siempre a la derecha, como la posterior crisis de algunos de esos gobiernos lo han demostrado.

Aun la parte de la intelectualidad que se ha identificado con esos gobiernos en general no ha tenido una participación activa en la formulación de las políticos antineoliberales, que han sido más mérito de los líderes de esos procesos. Gran parte de la intelectualidad de esos países ha votado por esos gobiernos, pero bajo la forma de un consenso pasivo   –los han preferido a los de derecha o de ultraizquierda–, pero sin participar activamente de la construcción de las nuevas políticas y muchas veces sin siquiera participar del intenso debate ideológico.

La retomada de la ofensiva conservadora puso en crisis a los gobiernos progresistas, que fueron sustituidos en varios casos –Argentina, Brasil, Ecuador– por gobiernos de restauración neoliberal o sometidos a duras ofensivas de la derecha, como en los casos de Venezuela, de Bolivia e incluso Uruguay.

En este período la distancia entre la práctica intelectual y los desafíos políticos concretos de la realidad latinoamericana se ha vuelto más evidente. Los líderes políticos de la izquierda, los partidos, los movimientos populares no cuentan, en general, con las contribuciones de intelectuales que puedan ayudar a hacer balances, ubicar las debilidades, apuntar hacia la superación, comprender el nuevo período político que tenemos por delante. Los partidos, los líderes, los movimientos populares tienden a sufrir el aislamiento respecto a la intelectualidad.

Una tendencia al encierro en las universidades, centros de estudio, instituciones, se corresponde con los procesos de despolitización y de burocratización en los medios intelectuales. Rasgos típico de épocas de reveses, de repliegue de la izquierda, de pérdida de iniciativa y de ofensiva de la derecha. En el período actual es notoria la falta de participación de la intelectualidad en los debates públicos, la pérdida de perfil de la presencia de gran parte del pensamiento social latinoamericano, revelando un período de baja de la creatividad teórica y del compromiso político.

Las tendencias críticas, que no valoran las conquistas de este siglo, tienden a predominar. El alejamiento de partidos y movimientos populares, la adhesión a otras alternativas. Pero, principalmente, la despolitización, el refugio en temas e intercambios académicos, lejos de las prioridades y las urgencias políticas de sus países, del continente y del mundo. Las críticas a los partidos y liderazgos de izquierda vuelven a encontrar espacio, a veces de forma muy coincidente con las de la derecha, después de haber prácticamente desaparecido, en los años de auge de los gobiernos progresistas, frente a los cuales habían perdido su discurso.

Es muy significativo que Alvaro García Linera, quien fuera considerado el más importante intelectual latinoamericano, reciba manifestaciones de rechazo en el medio intelectual del continente. Que Rafael Correa no sea reivindicado también por el medio intelectual, como si él no fuera, además de gran líder político, un importante intelectual latinoamericano. Señales de que la contraofensiva conservadora hace sentir sus efectos también, de forma directa o indirecta, en la intelectualidad latinoamericana.

Solamente la comprensión de la perspectiva histórica en la que se ubica Latinoamérica, de la naturaleza de los problemas que enfrenta la izquierda, del carácter de los reveses actuales, de la dimensión de los nuevos desafíos, de los elementos de continuidad con la lucha antineoliberal y de los elementos nuevos, que exigen readecuaciones de parte de la izquierda, permitirán un nuevo ciclo de compromiso de la intelectualidad latinoamericana con la historia contemporánea de nuestro continente. No caben más iniciativas que no se traduzcan en contribuciones concretas, en nuevas interpretaciones de lo que vivimos.

La intelectualidad del pensamiento crítico latinoamericano necesita más profundidad, creatividad, trabajo colectivo, compromiso político, ideas, acercamiento a los movimientos y partidos populares. Agregar a la resistencia al neoliberalismo, la participación concreta, con análisis y propuestas, en la recuperación de las fuerzas antineoliberales. De lo contrario la teoría se volverá a apartar de la práctica, se perpetuará como ideas sin trascendencia hacia la realidad concreta y se facilitará la ofensiva política e ideológica de la derecha.

Sin teoría, la práctica se vuelve impotente. Sin práctica, la teoría se vuelve inocua.


El destino de Lula y el destino de Brasil Emir Sader

noviembre 19, 2018
Gracias Emir Sader. ¿Cómo y por qué hemos permitido construir un mundo tan desalmado?
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Nunca el destino de una persona se ha identificado, de forma tan estrecha, con el destino de Brasil. Ya no bastará la trayectoria de vida de Lula, con apellido Silva, menino pobre del interior del nordeste brasileño, expulsado por la sequía hacia el sur, lustrabotas, hasta llegar a ser obrero. No bastara que Lula se haya vuelto el mejor presidente de la historia del país, que ha dejado el gobierno con el 74% de apoyo. No bastará todo ello, ahora Lula refleja la situación misma de Brasil.

Todos sabíamos que del destino de Lula dependería el destino de Brasil. Que Lula libre significaría su candidatura a presidente, su victoria en primera vuelta y de nuevo presidente del país. La derecha también lo sabía. De ahí que inventó un proceso sin ningún fundamento, le quitó la presunción constitucional de inocencia, lo ha metido en la cárcel, le ha negado el habeas corpus, le ha quitado el derecho a participar de las elecciones, hasta de dar entrevistas y declaraciones públicas, para que alguien de la (extrema) derecha fuera elegido en su lugar.

Lula vive una situación similar a la de Brasil y del pueblo brasileño, de lo cual él tiene plena conciencia y lo dice. Sin respaldo alguno del Poder Judicial, que se muere de miedo ante una decisión que lo favorezca y sea destrozado por los medios, con un nuevo proceso y una nueva condena en camino, también tiene que sufrir por el hecho de que el juez que ha fabricado todo ello se vuelva ministro de justicia, Lula se siente tan desamparado como el pueblo brasileño.

Los brasileños sufren, en grado máximo, la falta de protección de sus derechos, de su empleo formal, de su salario mínimamente digno, de su escuela pública, de su servicio público de salud. Sufren tener que convivir con un gobierno que le quita el servicio de médicos cubanos, que se entrega absolutamente en las manos de EEUU, que tiene ministros que dan vergüenza a los brasileños y hacer el ridículo del mundo.

El presidente elegido del país escoge lo peor de cada sector para conformar su gobierno, no le importa las advertencias de China y de Rusia sobre los efectos económicos adversos que las posiciones de Brasil tendrán con socios económicos importantes, como esos países, además de todo el mundo árabe. Como ha prestado un servicio inestimable a los grandes empresarios, a los medios, de impedir la victoria electoral del PT, se siente con el derecho de decir y de hacer lo que le da la gana, como si no dependiera de nadie. Como si administrara una hacienda, sin contrapesos. Por ello hace anuncios y después recula, lo que más ha hecho hasta ahora.

Nadie tiene idea de lo que será Brasil en manos de gente así. Como nadie tiene idea de lo que será el destino de Lula en manos de gente así. Lula fue interrogado la semana pasada por la juez substituta de Moro, nombrada por él, que ha reproducido la misma prepotencia de aquel. Gente sin ninguna calificación, se siente orgullosa de practicar la arbitrariedad en contra del más importante líder político brasileño, que cuenta con el apoyo mayoritario del pueblo.

¿Pero qué es esto frente al poder de judicialización de la política, que han reivindicado sin límites los funcionarios judiciales brasileños, algunos activamente, otros con su silencio cobarde y miedoso? No hay límites para ello. Han cambiado la historia de Brasil, expropiando del pueblo brasileño el derecho de decidir sus destinos, eligiendo a Lula presidente de Brasil.

Es una situación nueva. La izquierda tiene que enfrentar ese escollo más – la democratización del Poder Judicial. Además de enfrentar campañas electorales fundadas en noticias falsas y en su propagación por millones de robots. Son nuevos desafíos, pero hay que enfrentarlos, porque el ensanchamiento de los espacios democráticos es la única vía de la izquierda.

De eso depende la recuperación de los gobiernos progresistas en Latinoamérica, porque está claro que la situación de Lula prefigura la situación de Cristina, de Rafael Correa, de Petro. En Brasil, el destino de Lula está indisolublemente ligado al destino del país. Lula preso, condenado, sin ningún tipo de respaldo jurídico, vive una situación similar a la del pueblo brasileño. Su lucha de resistencia es similar a la lucha de todos los brasileños.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).


Las turbulencias latinoamericanas Emir Sade

noviembre 13, 2018
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Latinoamérica sigue siendo el continente de más turbulencias políticas en el mundo, porque es el escenario de las más abiertas peleas entre el neoliberalismo y el antineoliberalismo. Porque fue el único continente donde surgieron gobiernos antineoliberales, gobiernos de gran éxito, que han disminuido significativamente las desigualdades, en el continente más desigual del mundo, mientras el neoliberalismo ampliaba las desigualdades en las otras regiones del mundo.

Porque fue el continente donde han surgido los principales líderes de la izquierda en el siglo XXI, entre ellos Hugo Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa. Porque es la única región que alcanzó a construir procesos de integración regional alternativos a los tratados de libre comercio con los EEUU.

Por todo ello, Latinoamérica fue y sigue siendo el continente de más enfrentamientos, donde varios de los mismos gobernantes que liderando los proyectos de superación del neoliberalismo, son atacados furiosamente por la derecha, no con contraposición de propuestas de gobierno, sino con criminalización, con procesos en contra de ellos, con condenas y con prisión. Procedimientos que se han vuelto condición para que la derecha vuelva al gobierno y pueda retomar el modelo neoliberal, modelo fracasado y que ha producido tantos resultados negativos para nuestros pueblos, nuestros países, nuestras democracias, nuestras soberanías.

Es donde se concentra, por todo ello, la nueva estrategia imperialista, la guerra hibrida, que combina la judicialización de la política, con sus mecanismos de “lawfare”, con la guerra mediática, con las “fakenews”, difundidas por robots, para impedir la libre expresión de la ciudadanía a través de las elecciones. Como resultado, la criminalización de los principales liderazgos populares del continente, entre ellos Lula, Cristina Kirchner, Rafael Correa, Gustavo Petro.

Donde no hay riesgo para el modelo neoliberal, hay relativa estabilidad política, se suceden distintos partidos, que preservan ese modelo, solamente con matices distintos. Donde no hay liderazgos que desafían los intereses del capital financiero, donde no ponen en práctica políticas que enfrentan a las desigualdades sociales, no hay turbulencias políticas.

Porque Latinoamérica ha tenido los principales gobiernos de este siglo, es también el continente donde se concentra la contraofensiva conservadora. Por ello Lula está preso, se amenaza con lo mismo a Cristina, Rafael Correa se ve obligado a pedir asilo e Bélgica, se intenta quitar el mandato a Petro e impedir que vuelva a ser candidato a la presidencia de Colombia.

Los gobiernos de derecha no logran estabilizar los países donde han vuelto a gobernar, ni Macri en Argentina, ni Temer en Brasil.  De Piñera y de Duque tampoco se puede esperar gobiernos estables, con gran apoyo popular y de largo aliento. El gobierno de Perú ya es un gobierno inestable, tras la sustitución de presidente elegido.

Latinoamérica es el continente donde la lucha de clases encuentra su auge en el mundo. Porque aun cuando derrotada la izquierda, tiene capacidad de resistencia, de liderar el movimiento popular en la lucha por sus intereses.  Por ello es que Latinoamérica seguirá siendo la región de turbulencias. Es donde siguen dándose las más grandes disputas entre derecha e izquierda, entre fuerzas neoliberales y antineoliberales.

¿Cómo será Brasil, si el mejor presidente de su historia fue impedido de ser elegido en primera vuelta y, en su lugar, está un político de extrema derecha, que se valió de todo tipo de ilegalidades para elegirse? ¿Qué grado de legitimidad tendrá su gobierno, que grado de estabilidad podría tener un gobierno encabezado por un desequilibrado, que cree que puede hacer lo que le da la gana? Brasil no será un país estable, ni de paz social, ni de prestigio internacional.

¿Cómo podrá Argentina decidir su futuro el próximo año, si se pretende quitar la posibilidad a Cristina de ser candidata?  ¿Cómo podrá Ecuador recuperarse de su crisis actual sin contar con Rafael Correa, el mejor presidente que el país haya tenido? ¿Qué será de la democracia colombiana, si el principal líder opositor es impedido de ser candidato?

¿Qué será de América Latina si siguen gobiernos que profundizan la recesión y el desempleo, a la vez que la guerra híbrida trata de impedir que gobiernos que pueden retomar el crecimiento económico con distribución de renta, vuelvan a dirigir a los países?

Es un futuro abierto. El modelo neoliberal condena a los gobiernos de derecha al fracaso. Los gobiernos de izquierda tendrán que superar la nueva estrategia del imperialismo, encontrar las formas de enfrentar la judicialización de la política y el uso de la internet de forma terrorista. Después de una primera década del siglo XXI positiva, Latinoamérica enfrenta una segunda década de duros enfrentamientos entre derecha e izquierda. Cómo llegará el continente a fines de esta década es todavía una vía abierta.


La nueva izquierda chilena. Emir Sader

noviembre 7, 2018
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La izquierda latinoamericana no se reduce a la de los países que tienen o han tenido gobiernos antineoliberales en este siglo, además de México, donde López Obrador finalmente ganó las elecciones y asume a fines de año la presidencia.

En el último año, dos candidatas de dos países con sorprendentes desempeños, obtuvieron votación que las proyecta como importantes y nuevas líderes de la izquierda de Perú y de Chile. Después de un buen desempeño de Veronika Mendoza, a la cabeza del Frente Amplio, infelizmente el frente se ha dividido.

En compensación, en Chile se dan todos los señales de que hay una nueva izquierda que vino para quedarse y disputar las próximas elecciones municipales y la presidencial, con buenas perspectivas de victoria. Esas fuerzas están agrupadas en el Frente Amplio, que congrega alrededor de 13 grupos políticos, de distintos matices, desde democrático liberales hasta anticapitalistas que, producto de procesos de fusión en curso, serán menos numerosos.

El Frente Amplio concurrió a la presidencia con la periodista Beatriz Sánchez -en la imagen- que, a pesar de que las encuestas predecían que no llegaría a los dos dígitos de votación, alcanzó 21%, casi llegando a la segunda vuelta. El Frente Amplio eligió una amplia bancada de 21 diputados y una senadora, por varias regiones del país, superando al Partido Comunista y a la Democracia Cristiana, constituyéndose en la tercera fuerza en la Cámara, poco detrás del Partido Socialista.

De hecho, la crisis del Partido Socialista, después del segundo mandato presidencial de Michelle Bachelet, abrió espacio para que una nueva fuerza ocupara el lugar central de la izquierda. Hasta ese momento Chile había vivido cuatro mandatos de la Concertación – alianza entre el Partido Socialista y la Democracia Cristiana – y, más recién, la alternancia entre dos gobiernos de Bachelet y dos de Sebastián Piñera, que han representado, estos últimos, el retorno de la derecha al gobierno, después del final de la dictadura de Pinochet.

Además de la candidatura de la principal dirigenta del Frente Amplio, la izquierda cuenta con un joven alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp, que igualmente de forma sorprendente, triunfó sobre candidatos tanto de la derecha, como de la Concertación, y hace un muy buen gobierno, con gran respaldo popular.

Como ejemplo de una forma democrática y popular de la gestión de ese joven alcalde, él tuvo un enfrentamiento con las fuertes empresas de especulación inmobiliaria, que pretendían construir, en uno de los cerros que caracterizan a Valparaíso, edificios de más de 20 pisos, alterando radicalmente el paisaje urbano de la región, además de problemas de contaminación, de transporte, entre tantos otros. La alcaldía logró movilizar a la población local directamente afectada por aquellos proyectos, además de la opinión pública de la ciudad, e imponer un límite máximo de 4 pisos. Una gran victoria de la alcaldía y de la población sobre esos pulpos inmobiliarios.

Hace parte del Frente Amplio, el partido Poder Ciudadano, que yo tuve la posibilidad de conocer, como ejemplo de los componentes del Frente. Un partido que agrupa a militantes de las movilizaciones estudiantiles, pero sobre todo de la militancia en barrios populares de distintas regiones de Chile. Es un buen ejemplo de lo que es la nueva izquierda chilena.

Un buen grupo de militantes jóvenes, ya con buenas experiencias de trabajo de masas, con excelente nivel político, con interés en la formación política, entusiastas y confiados en el futuro del país. Buscan la construcción de un proyecto popular y nacional para Chile, en el marco de la lucha democrática de masas, dirigidos por una politóloga, Karina Oliva, con un estilo nuevo y creativo de dirección política.

Participan también del Frente Amplio grupos políticos como Revolución Democrática, Movimiento Autonomista, Partido Humanista, Partido Liberal, Izquierda Libertaria, Partido Ecologista Verde, Izquierda Autónoma, Partido Igualdad, Nueva Democracia, Partido Pirata de Chile, Movimiento Socialismo y Libertad y Movimiento Democrático Popular. Por el simple enunciado de los nombres de los grupos se puede constatar la diversidad agrupada en el Frente Amplio, que trata de hacer de ese aspecto un elemento de fuerza, en el marco de una fuerte unidad, aun con diferencias, a veces de cierta magnitud sobre algunos temas de Chile y de política internacional.

Esa es, indudablemente, la nueva cara de la izquierda chilena. Después de la imborrable experiencia del gobierno de Salvador Allende, de la durísima resistencia a la dictadura de Pinochet, de la frustrante experiencia de la larga transición democrática, el Frente Amplio marca el nuevo capítulo de la historia de la izquierda chilena, que se prepara para un desempeño aún mejor en las elecciones municipales de aquí a un año y medio y de las presidenciales, en tres años y medio más.


La judicialización llegó a Colombia. Emir Sader

octubre 31, 2018
Hay un nuevo rol de los jueces latinoamericanos. De garantes del Estado de derecho  han pasado a ser agentes de expropiación de la soberanía popular, mediante procesos de judicialización de la política. Articulados con la acción de los medios para destruir las reputaciones públicas de los líderes de izquierda, rinden un servicio inestimable a la derecha latinoamericana.

Incapaz de comparar el gobierno de Lula con el de Temer, la derecha trató de acusar a Lula sin pruebas, condenarlo por convicciones, tomarlo preso sin presunción de inocencia, sacarlo sin razones de la disputa electoral en la cual era el favorito para volver a ser presidente de Brasil en primera vuelta, y cambiar radicalmente el destino político del país. Incapaz de comparar el gobierno de Cristina Kirchner con el de Mauricio Macri, la derecha trata de borrar de la memoria de los argentinos todo lo que el país ha avanzado en este siglo, para coleccionar acusaciones en contra de ella, buscando dañar su imagen pública, con procesos de todo orden, incluido en el de orientaciones de su gobierno. Incapaz de comparar el gobierno de Rafael Correa con   el de Lenin Moreno, busca descalificar la imagen del presidente más importante que el Ecuador ha tenido, con acusaciones absurdas, sin fundamento.

Lo esencial, para la derecha latinoamericana, que ha fracasado miserablemente con la insistencia en sus políticas neoliberales, frente a los gobiernos más exitosos de nuestra historia, encabezados por líderes como Lula, Cristina, Rafael Correa, entre otros, es tratar de descalificar sus imágenes, en la imposibilidad de ganar una disputa democrática, limpia, trasparente, comparando propuestas y, más que eso, con gobiernos concretos. Unos que han llevado a esos países a retomar el crecimiento económico, con inclusión social, con prestigio en el mundo. Otros, con recesión, desempleo, rebajando la imagen de esos países en el mundo.

Basta que surja algún líder que se oponga a su ideario neoliberal, para que la derecha saque del cajón su nueva estrategia, la de la guerra hibrida, para instalar regímenes de excepción, que limiten y deformen la expresión de la voluntad democrática del pueblo. Así nacieron gobiernos como los de Temer y ahora el de Bolsonaro, el de Macri, el de Lenin  Moreno, expresiones de la guerra hibrida, que es lo que el imperio y la derecha latinoamericana tienen que proponer.

En Colombia, después de las largas y sufridas negociaciones de paz, se dieron las nuevas elecciones presidenciales. La derecha, siempre comandada por Álvaro Uribe, lanzó su candidato, Iván Duque, que ya había coordinado la campaña de la derecha colombiana en contra de los acuerdos de paz. Salió como favorito, lideró en primera vuelta, pero tuvo que enfrentarse a un candidato de la izquierda, Gustavo Petro, que por primera vez puso un candidato en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas.

Petro había sido alcalde de Bogotá. Había sufrido procesos relacionados a formas de gestión de su gobierno, suspendidas por medidas cautelares, lo cual ha permitido a Petro tener su mandato de senador y principal líder de la oposición. Ahora, la Corte Constitucional trata de quitarle ese mandato, mostrando cómo la judicialización de la política se vuelve, también en Colombia, en un instrumento político fundamental de la derecha. Además de las acusaciones mentirosas y absurdas en contra de Petro, éste tuvo que enfrentarse también al monopolio de los medios, que están absolutamente en contra de él.

Petro ha reaccionado inmediatamente: “Quieren sacar de la vida política legal de Colombia al candidato que obtuvo 8 millones de votos y casi llega a presidente”.  Es un cambio de la doctrina tradicional de esa Corte con un objetivo netamente político. Se busca, dice Petro, no que salga del Senado, sino que no vuelva a ser candidato a la presidencia del país.

Petro se ve así incorporado al listado de líderes democráticos latinoamericanos, como Lula, Cristina Kirchner, Rafael Correa, que son criminalizados, y a los cuales se intenta excluir de la vida política no mediante disputas electorales, sino por la judicialización de la política, la criminalización de sus posiciones políticas, la condena sin pruebas en procesos manipulados políticamente.

Esa es la realidad más destacada de América Latina hoy. Una ofensiva de la estrategia de guerra hibrida del imperialismo, asumida por las derechas de cada país, apoyadas en las arbitrariedades de jueces y la campaña sórdida de los medios. Es una disputa fundamental para la democracia en el continente y para su futuro.


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