Régimen de excepción y superexplotación del trabajo. Emir Sader

octubre 17, 2017
A medida que los trabajadores fueron logrando disminuir la duración de la jornada de trabajo, los grandes empresarios fueron implementando métodos nuevos de explotación de la fuerza de trabajo. Como no podían disponer de los trabajadores por tantas horas, han tenido que implementar la productividad del trabajo, la utilización de la mano de obra de manera más intensa, para mantener e incluso extender la extracción del excedente.

En el centro del capitalismo ese mecanismo ha permitido un gran ciclo de desarrollo económico, que ha combinado expansión e integración de amplios sectores de la clase trabajadora. Mientras que, en la periferia, los mecanismos han sido otros.

Llegando retrasada al mercado internacional, las burguesías periféricas han intensificado la explotación de la clase obrera para lograr condiciones competitivas en el plan internacional, que les permitiera encontrar espacios en ese mercado. De ahí que los mecanismos de superexplotacion se hayan desarrollado tan ampliamente en la periferia.

La categoría de superexplotacion del trabajo es parte inherente de la teoría marxista de la dependencia, elaborada por Ruy Mauro Marini, el gran intelectual brasileño, que ha vivido y producido prácticamente toda su obra en el exilio, en Chile y en México, siempre asociada a la militancia política, en Brasil en la organización Política Obrera (Polop), en los otros países en el MIR chileno. Su obra articula una concepción de cómo en la periferia se combinan la dependencia externa con las condiciones específicas de la lucha de clases, particularmente de la extracción del excedente.

Es solo en ese marco teórico que se puede comprender a cabalidad el significado y el lugar de la superexplotación del trabajo. Se trata de formas agregadas de explotación, de extensión de la jornada y de intensificación de la explotación que, combinadas, generan mecanismos que elevan la explotación muy por encima de las condiciones normales, estructurales de extracción de la plusvalía.

Esos mecanismos, a su vez, bloquean cualquier posibilidad de expansión del mercado interno de consumo popular, porque se remunera a los trabajadores por debajo de sus necesidades básicas. De ahí que los modelos de acumulación en la periferia dependan de las altas esferas de consumo del mercado y de exportación.

La superexplotación requiere, a su vez, condiciones políticas para que se efectivice. En Brasil, fue indispensable el “bloqueo salarial” (arrocho salarial), para que se diera el “milagro económico” durante la dictadura militar. Fue el santo del milagro económico. La dictadura combinó así la represión política con la superexplotación de los trabajadores.

Las restauraciones neoliberales en países como Argentina y Brasil concentran gran parte del accionar de los gobiernos en generar las condiciones de elevar la explotación de los trabajadores. La “reforma laboral” brasileña es el mejor ejemplo de la imposición de condiciones salvajes a los trabajadores, que incluyen, entre otras, medidas como reducir a menos de una hora el horario de almuerzo, permitir que mujeres embarazadas o que amamantan a sus hijos, trabajen en condiciones insalubres. Prácticamente son abolidos los derechos elementales de los trabajadores, incluyendo la duración de la jornada de trabajo, el salario mínimo, que tienen que ser discutidos en cada campana salarial. Se impone, como dicen cínicamente sus promotores, lo discutido sobre lo legislado, esto es, si el nivel de desempleo y la correlación de fuerzas en que se dan las negociaciones permiten, no hay límite para que se impongan las condiciones más salvajes de explotación de los trabajadores.

Los regímenes de excepción, en los que el poder Judicial ya no es garante del Estado de derecho, en los que gobiernan los banqueros, en los que se impone la tercerización de las relaciones de trabajo, en los que se retira las defensas de los sindicatos para defender las conquistas de los trabajadores, en los que se impone el Estado mínimo, con la centralidad del mercado, son el mejor escenario político para que la superexplotacion de los trab

Hasta hace unas pocas décadas, la sociología del trabajo era una de las especializaciones más prestigiadas y buscadas en el campo de las ciencias sociales. Después de las críticas a la excesiva “centralidad del trabajo”, se ha pasado al polo opuesto, en el que pareciera que las actividades del trabajo son unas entre tantas otras, y no más la actividad esencial que ocupa la mayor parte del tiempo de la gran mayoría de las personas en el mundo.

Hay que rescatar la importancia de las relaciones de trabajo, en un mundo en que, más que nunca, las mayoría aplastante de la humanidad vive del trabajo, por más diferenciadas que sean esas actividades. Que esa gran mayoría vive del trabajo y para el trabajo. La teoría marxista de la dependencia de Ruy Mauro Marini es el mejor marco teórico para ese indispensable rescate.


¿Fondos para el desarrollo para empresas acaparadoras de tierras? . Gustavo Duch

junio 2, 2015

Dos investigaciones basadas en informaciones empresariales y en testimonios directos revelan que instituciones financieras europeas de cooperación al desarrollo están implicadas en el nuevo agrocolonialismo en el Congo

gus

La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD), el CDC Group del Reino Unido y otras instituciones financieras de desarrollo están actualmente financiando a Feronia Inc., una empresa agrícola canadiense productora de aceite de palma, acusada de apropiación de tierras y abusos de derechos humanos en uno de los países más empobrecidos del mundo, la República Democrática del Congo (RDC).

Los líderes de la comunidad que vive en las más de 100.000 hectáreas ocupadas por el monocultivo de palma africana de la empresa afirman que estas tierras fueron apropiadas ilegalmente y que nunca dieron su consentimiento para la instalación de Feronia.

La palma africana se ha convertido en ‘el monocultivo del siglo XXI’ y su expansión no parece detenerse, arrasando con millones de hectáreas de bosques y tierras campesinas. El aceite de palma se usa en la industria agroalimentaria en miles de productos (cremas de queso y cacao para untar, bollería y pastelería industrial, cosmética, etc.) y cada vez más como agrocombustible para los motores de coches y camiones.

“Por encima de todo, exigimos el inicio de las negociaciones para conseguir nuestros derechos a las tierras que fueron tomadas ilegalmente de nosotros”, dijeron el pasado 8 de marzo en un comunicado entregado a la organización local RIAO-RDC y a la organización internacional GRAIN, más de 60 jefes comunitarios de Yahuma, el Distrito de Lokutu donde se encuentran el 90 por ciento de la plantación de palma aceitera de Feronia. Los líderes comunitarios entrevistados también hablaron de un régimen brutal de explotación de las personas trabajadoras, con salarios de 1,50 dólares al día, una cifra significativamente menor que el salario mínimo del país. Mientras, GRAIN calcula que “en 2010 los principales directores de Feronia cobraron mil veces el salario medio anual de los trabajadores de su plantación”.

Feronia viola claramente principios que agencias como la AECID deberían respetar escrupulosamente, pues su mandato es apoyar la mitigación de la pobreza en los países en desarrollo y deben operar dentro de estrictos principios que les impiden invertir en empresas que monopolizan la tierra, acaban con las formas de vida de muchas familias y violan la legislación laboral, agudizando las causas que obligan a la migración forzosa de miles de personas, muchas de ellas con destino a Europa.

Los líderes de la comunidad Lokutu también informaron que Feronia impide la utilización de las tierras de su concesión para mantener los animales y huertos de subsistencia de la población local, aunque muchas de estas tierras están sin trabajar. Se han dado casos de personas que han sido multadas, azotadas y enviadas a prisión por recoger frutos en estos terrenos.

“Los líderes comunitarios de las zonas donde opera Feronia están cansados de este negocio”, dijo Jean-François Mombia de RIAO-RDC. “Quieren que Feronia devuelva las tierras para poder de nuevo vivir de sus bosques y en sus granjas”. De la misma manera, “las organizaciones de desarrollo (como la AECID) deben hacer lo que es correcto: hacer que la tierra vuelva al pueblo de la República Democrática del Congo y darles una compensación por los años de sufrimiento que han soportado”, ha reclamado Fernando Fernández de la ONG Mundubat.


Un tratado inmenso. Gustavo Duch

marzo 10, 2015

gustavo duch

Una pregunta para usted. Si fuera parlamentario o parlamentaria, de izquierdas o de derechas, no importa, ¿rebajaría las normativas alimentarias para dar permiso a que en nuestros mercados se puedan vender pollos que saliendo del matadero han estado bañados, digo sumergidos, en cloro, o carne de vaca y cerdo tratada con ácido láctico? ¿Daría su voto favorable a retroceder unos años y que en las granjas el uso de hormonas y antibióticos campe a sus anchas? ¿Tendría problemas éticos en hacer más flexible el uso de pesticidas en nuestros campos aceptando aquellos que se demuestran son responsables de la muerte de millones de abejas? ¿O de permitir dosis más altas de aquellos que en combinación con tantos otros que ya están presentes, acaban combinados en nuestra sangre -como quien hace un cocktail- sin saber qué efecto puede tener esta mezcla? ¿Se dejaría convencer para que las etiquetas que informan de lo que contienen lo que compramos no tuvieran que llevar tantos datos, que en fin, total, nadie se las lee? ¿Aceptaría todo tipo de transgénicos en nuestros platos? O, y disculpe tantas preguntas, ¿daría un paso atrás en aquellas normativas que han venido a ‘humanizar’ un poco el trato y el bienestar de los animales de granja? Pues mire, parece ser que la respuesta general es que no, que un parlamento en su sano juicio, donde la precaución estuviera presente, no aceptaría este tipo de cambios en las normativas higiénico-alimentarias.
CHAPA-11-OCT-TTIPDesde hace más de un año, y por el ya demasiado habitual sistema de filtraciones, tanto la sociedad civil europea ¡como el propio Parlamento Europeo!, hemos conocido que lo descrito podría suceder si salen airosas las negociaciones secretas que entre la Comisión Europea y los EEUU están llevando adelante para firmar un tratado que liberalice aún más las relaciones comerciales entre las dos orillas del Atlántico. Las reacciones están siendo sustanciales pues numerosas organizaciones de todos los países europeos estamos trabajando coordinadamente para impedir esta firma y, lógicamente, en el Parlamento Europeo tanto por la presión ciudadana en el cogote, tanto por responsabilidad pública o por haberse sentido ninguneados, no reina el clima propicio para aceptarlo. Entonces, ¿nos podemos quedar tranquilos? Las multinacionales que esperaban redoblar sus ganancias en estas operaciones soñadas ¿se han rendido?
Pues no, claro que no. Como cita el informe ‘Exborrando Derechos’ de VSF-Justicia Alimentaria Global, solo el mencionado sector de aves de corral, calcula que si a través de la firma de la ‘Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP)’, que así se llama el tratado, se eliminaran las barreras normativas que impiden que desde 1997 tengamos en Europa pollos hormonados, con sobredosis de antibióticos y un baño de cloro para que reluzcan, podrían estar comercializando más de 500 millones anuales de US $ a la UE. Y como esto es solo un ejemplo del mucho dinero que sueñan embolsar, ya pueden ustedes imaginarse que los lobbies de la agroindustria están desde sus despachos orquestando una nueva estrategia.
Nueva pero vieja. Como decía es obvio que será muy complicado que, con secretos o no, se apruebe en Europa una regulación, o una desregulación, que abre la puerta a más transgénicos, a más pesticidas y todo sin etiquetar, así que están optando por esperar al momento adecuado, cuando los focos se apaguen. Ya tenemos experiencias similares.
En concreto el diseño de acuerdo que promueven estos lobbies y que la Comisión Europea está aceptando, consiste en incluir entre los puntos del Tratado la figura de un ‘Consejo de Cooperación Regulatoria’. Con el argumento de disponer de un espacio permanente y dinámico para abordar aquellas diferencias que ‘de salida’ ya existen, como aquellas que puedan ir apareciendo, y así ir encontrando una armonización de normativas, se pone en marcha un aparato fuera del control ciudadano e incluso político donde se capacita a un grupo de técnicos a ir tomando las decisiones que consideren. Las bonitas noches de verano, cuando la gente baila en las verbenas populares, será cuando por multiconferencia se decidirá lo que comeremos, quien lo producirá y cómo lo producirán. Una bomba nocturna a la soberanía alimentaria de nuestros pueblos.
El citado informe explica muy bien como en uno de los últimos documentos filtrados, la propia Comisión Europea propone un funcionamiento para este Consejo de Cooperación Regulatoria que, sospechosamente cual correa de trasmisión, recoge a la perfección lo deseado por los grupos de presión. Sintetizando, se propone que para tomar decisiones la directriz principal sea sus resultados desde el punto de vista del comercio, vamos que lo que les mueve es que se venda más a costa de cualquier otra cosa; que para tomar decisiones se han de contar con las aportaciones de las partes interesadas, léase, las corporaciones; y que quienes negociarán y decidirán serán organismos técnicos que muchas veces ya han sido denunciados porque su composición, después de que las puertas hayan girado y girado, son de personas muy próximas a las propias empresas interesadas.
En estas rutas de la neoliberalización hay una lógica aplastante. Cuanto más grande es el mercado y más abierto está, las leyes de la competencia hacen que ganen aquellas que se han hecho grandes a base de explotar al personal, al medio ambiente y fagocitar a las más pequeñas. Eso decía, una lógica que aplasta.
¿Nos dejaremos aplastar por un tratado tan inmenso?


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