[Palabre-ando] pancarta: el libre mercado nunca será confinado. Gustavo Duch

abril 29, 2020
 
A la misma velocidad de la expansión del coronavirus, recibo noticias de la propagación de las injusticias en el sector agroindustrial. Con la epidemia hecha ya pandemia, Ecoruralis, la organización rumana de La Vía Campesina, denunciaba la decisión de su gobierno de permitir los viajes internacionales para el trabajo de temporada en las cosechas de terceros países. La fotografía de 1500 personas haciendo cola para entrar en los chárters privados que las llevaron a los campos y granjas de Alemania, apretadísimas unas contra otras, dejaba muy claro que, desde la casilla de salida, los derechos de estas personas —mayoritariamente de procedencia rural— no fueron, no son, ni serán respetados.

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Aeropuerto de Cluj, Rumanía. Foto: Raul Stef/Inquam Fotos

Efectivamente, al llegar a los países anfitriones, si ya habitualmente sus condiciones de trabajo y de vida son «incondiciones de vida» —como seguro diría Gloria Fuertes— ahora todo se recrudece. Lo explica de forma emocionante Soledad Castillero en la revista Soberanía Alimentaria cuando describe la situación de las mujeres temporeras en la recogida de frutos rojos en Huelva: «Si las medidas de urgencia son lavarse las manos y no tenemos agua; quedarse en casa y no tenemos casa, (…) ¿qué hacemos?, ¿quién piensa en todo esto?, ¿dónde están quienes no pueden estar? Esta pandemia de indiferencia ya existía desde hace mucho». El desplazamiento desde sus no-casas a los lugares de trabajo tampoco está pensado para las condiciones actuales de distanciamiento social, exactamente igual que en la frontera de México y Estados Unidos. Como explica mi querido amigo Carlos Marentes, del Centro de Trabajadores Agrícolas Fronterizos en El Paso, «el transporte en las camionetas que los llevan a las cosechas o plantas de procesamientos en las  fincas de Nuevo México o de Texas es un viaje cargado de riesgos de contagio».

Ken Sullivan, director ejecutivo de la empresa Smithfield en Estados Unidos, el pasado 24 de marzo manifestó orgulloso: «En nuestras instalaciones se está operando al 100 % y estamos produciendo tan rápido como podemos». Ya no. Las manifestaciones de sus trabajadores  y trabajadoras, mayoritariamente migrantes, les han obligado a cerrar temporalmente sus plantas. Más de 350 personas se han infectado de coronavirus en ellas, siendo el peor foco epidémico de todo Estados Unidos hasta la fecha. Como explica la Fundación GRAIN, al levantar este caso estamos hablando, nada más y nada menos, de la empresa más grande del mundo en cuanto a producción de cerdos en cadena se refiere, la empresa china WH Group, propietaria de Smithfield (que a su vez durante un tiempo fue propietaria de la española Campofrío). El mayor propósito que tiene la inversión china en Smithfield es la exportación de carne de cerdo para alimentar la [provocada] creciente demanda cárnica de la población de su país.

De la misma manera, buena parte de la producción de carne de cerdo en España tiene el mismo final de trayecto: China. Una pieza clave es el macromatadero de Binéfar, de la empresa Litera Meat, donde trabajan unas 1600 personas, en su mayoría migrantes, señalado desde su inauguración por los ritmos brutales de faenado que comportan explotación laboral. Si a las escasas medidas de seguridad e higiene laboral habituales se les añade el miedo al despido cuando aparecen los primeros síntomas de COVID-19, la falta de mascarillas o la imposibilidad de guardar la distancia social, es lógico que, como se denunció este pasado 24 de abril, se haya localizado entre sus trabajadores y trabajadoras el mayor brote de coronavirus de Aragón, afectando aproximadamente al 24 % de la plantilla. Fiel espejo que confirma el lema empresarial “el libre mercado nunca será confinado”.

Son imágenes que retratan el cinismo del capitalismo junto a su capacidad de adaptarse a cualquier situación. Bajo el argumento de que la agricultura es una actividad esencial, no se diferencia entre modelos agrícolas que hacen las cosas bien y modelos que las hacen mal, muy mal, como es el caso de las producciones intensivas de cerdos o fresas, señaladas repetidamente por sus injusticias en el trato laboral o por sus desmanes ecológicos. Y es que lo que finalmente prima, y en España con su modelo agroexportador es muy evidente, son los valores de la balanza económica. En concreto, 14.000 millones de euros de excedente en la balanza comercial alimentaria.

Ya lo decía Quevedo: «Poderoso caballero es don Dinero».


Cerdos, un asunto de Estado. Gustavo Duch

febrero 20, 2020

Cataluña, cárnicamente hablando, se encuentra en una situación muy delicada que tenemos que conocer y, colectivamente, como asunto de estado, resolver. Me refiero a esta época de vacas gordas que vive el sector porcino industrial. Contra la dinámica capitalista de aprovechar el boom y seguir en la espiral de crecimiento, quiero argumentar por qué, en mi opinión, desde las administraciones se debe actuar decididamente para poner freno a esta expansión.

Pensando en el sector, por prudencia. Porque sabemos que todas las burbujas acaban explotando. Desde el 2018 la demanda de carne porcina está creciendo con fuerza a escala mundial por la aparición de la peste porcina africana en China, el principal consumidor y productor de carne porcina del mundo (se calcula que su censo, de unos 460 millones, ya se ha reducido en un 50%). En España, donde destacan Cataluña y Aragón, las exportaciones de carne porcina a China han subido un 80% en volumen y un 130% en valor, y, finalmente, el precio de referencia ha crecido alrededor de un 25% de media -y en casos como el de la lonja de Mercolleida se ha pasado de pagar el kilo de cerdo vivo a 0,99 euros a pagarlo a casi 1,5 euros en un año-. Prudencia porque no sólo es difícil detener el avance de la peste, incluso con vallas como las que Dinamarca ha instalado en la frontera de Alemania y las que Alemania está instalando en la frontera con Polonia, donde ya se han detectado jabalíes infectados, sino también porque se prevé que en cinco años China habrá recuperado su capacidad productiva, y aquí tendremos un sector mucho más sobredimensionado que el que ya tenemos en la actualidad y sin mercados a los que acudir. No tenemos planeta B.

En cinco años China habrá recuperado su capacidad productiva (afectada por la peste porcina), y aquí tendremos un sector mucho más sobredimensionado que el que ya tenemos

Pensando en todo el sector ganadero, por equilibrio. El éxito porcino se está cobrando muchos damnificados, el más conocido de los cuales es el que afecta a la industria de transformación, que tiene que comprar materia prima a un precio muy superior al habitual. Para las pequeñas empresas artesanas de embutidos, generadoras de mucha ocupación y muy arraigadas en el territorio, es muy grande el riesgo de cierre o de ser absorbidas por una de las 4 o 5 grandes empresas que ya controlan la porción más grande del mercado. Pero también afecta a las pequeñas ganaderías de cabras y ovejas, que están viendo como los mataderos donde llevaban a sacrificar sus animales ya no los aceptan porque se han adecuado a las nuevas normativas de China, que exigen a estas instalaciones dedicación exclusiva a los cerdos.

Pero sobre todo pensando en el planeta, para mantener la esperanza. Este boom porcino industrial se opone a cualquier medida de lucha contra la emergencia climática. La única manera de reducir las emisiones de este sector (del 14,5% del total de gases de efecto invernadero derivados directamente de la ganadería, según las cifras de la FAO, un 41% tienen su origen en la producción de alimentos para su engorde, principalmente de los cerdos en régimen estabulado) pasa inevitablemente por la reducción del número de cabezas de cerdo que tenemos en Cataluña.

No me gusta por lo bélica que es la metáfora, pero es cierto que una retirada a tiempo es una victoria, y las administraciones competentes en la materia, sobre todo la Generalitat, tienen la responsabilidad de frenar esta espiral. Como se exige desde movimientos como Fridays for Future, hay que “aprobar de forma inmediata una moratoria en la construcción de granjas de producción intensiva, incluidas las licencias que se han concedido estos últimos años de granjas que aún no están construidas” y , añado, acompañar de la mejor manera posible la reconversión total del sector. Un decrecimiento irrenunciable que a priori creo que no es tan complicado de realizar, teniendo en cuenta que la mayoría de producciones del país son de un tamaño medio y están en manos de titulares individuales, aunque se han visto conducidos a integrarse a los grandes holdings industriales que todos conocemos por sus pizzas o su cadena de tiendas de alimentación. Es a ellas y ellos a quien se debe apoyar para reconvertir sus granjas en modelos ecológicos en los que se trabaje con muchos menos animales, con mejores condiciones para los animales y fijando desde la administración un porcentaje mínimo obligatorio de alimentos locales en su dieta. Este esfuerzo será necesario acompañarlo también del apoyo de la población, que tenemos que reducir el consumo de carne y pagar como dios manda la carne local, ecológica y saludable comprada al pequeño comercio o directamente en el campo.


Palabre-ando] Petróleo detrás de casa. Gustavo Duch

febrero 3, 2020
 

Cerca de mi casa, en la misma Barcelona, se ha descubierto ¡petróleo! En una de las obras en mi barrio han brotado pequeños regueros negros y aceitosos que, efectivamente, demuestran la existencia de petróleo. De momento muy poca gente lo sabe, aunque me consta que algunos jubilados lo sospechan. Yo lo descubrí por la noche, sacando a pasear a la perra. Junto a las excavadoras y grúas vi a un grupo de personas todas vestidas con monos blancos. No quiero ser alarmista, pero he conseguido informes de la compañía extractora donde dicen que el petróleo es de buena calidad y fácil de extraer. También explican que el 80% de mi barrio y el 50% del barrio colindante van a ser desalojados, y argumentan que “por interés general, en un momento de crisis energética, la ciudadanía entenderá perfectamente que desalojemos a 150.000 familias y se cierren tres hospitales y 26 escuelas e institutos”. Añaden que “será importante prever todas las consecuencias ambientales que supondrá la extracción del petróleo, pero se dispone de las técnicas más avanzadas y sostenibles…”.

Y así empezó un artículo mío de enero del 2010 con el que quería advertir sobre la injusticia de los avances de las petroleras en países del Sur, sostenidas con la excusa de generar empleo y riqueza. Con esos mismos pretextos, nuestro mundo rural es el patio trasero donde se ubican las centrales nucleares, los vertederos, los polígonos petroquímicos…

Diez años después retomo dicho escrito -lo que ahora se llamaría un ‘fake’- para advertir de que el acoso al medio rural sigue más vivo que nunca. Tanto se han repetido los mensajes de la España Vacía que parece que cualquier cosa es válida para volver a rellenarla. El crecimiento de las macrogranjas de cerdos da buena cuenta de ello.

Poca población y zonas empobrecidas -aunque ricas en recursos- son los ingredientes perfectos para la implementación de proyectos con muy pocos beneficiarios. Y eso ocurrió también hace diez años con el ‘boom’ de parques eólicos en nuestro territorio, y está ocurriendo de nuevo. Las grandes compañías energéticas y sus comisionistas andan localizando terrenos para nuevos parques eólicos, varios de ellos en el altiplano de La Segarra.

Es evidente que debemos transitar a nuevas fórmulas de generación de energía, dejando atrás las fósiles y aprovechando recursos limpios como el viento, pero no podemos replicar las fórmulas actuales, centralizadas, privatizadas y en manos de los oligopolios energéticos. En Europa, y también en Catalunya, como el proyecto Viure de l’Aire en Pujalt, son muchos los ejemplos de aerogeneradores gestionados por la población, con fórmulas verdaderamente democráticas donde los beneficios son transparentes y socializados, y donde el propio territorio tiene conocimiento, mesura y amor para compatibilizar molinos con naturaleza. Presión a las administraciones y contraproponer estos modelos de propiedad compartida puede ser la mejor manera de evitar una nueva invasión rural cuyo color, aunque la llamen verde, es el negro capitalista.


Palabreando: La Bruja. El Brujo. Gustavo Duch

enero 30, 2020

El brujo

La Fertilidad de la Tierra, Invierno 2019.

Isidro García nos lo contó en Benalauría, uno de esos pueblos blancos de cal y calientes de corcho que sobreviven amarrados a las montañas, en la Serranía de Ronda.

Ahora ya está jubilado, pero siempre que puede se acerca a la escuela del pueblo y desde la reja observa cómo se ejerce la que fue su profesión de maestro. Ya no son como él, profesores y profesoras nacidos en esos mismos pueblos o adoptados por ellos. De los casi dos mil enseñantes que hoy cubren las plazas de la Serranía, casi dos mil van cada día desde la ciudad más próxima al trabajo y vuelven cada día del trabajo a la ciudad.

— Estaban los niños haciendo clase de gimnasia en el patio, en el mes de junio, a más de 37 grados cuando, por fin — dice Isidro — el profesor comprendió que había hecho una mala propuesta. Y les dijo, “descansad a la sombra de ese olivo”. Después de esa instrucción imperativa vi cómo uno de los zagarillos se acercó al profesor diciéndole educadamente, “vale maestro pero ese olivo es un sauce llorón”.

Lucía Barrón

La bruja

La Fertilidad de la Tierra. Invierno 2019.

Miento si digo que la abuela de Danilo era medio bruja porque tengo pruebas fehacientes que su condición brujeril lo era al ciento por ciento. Una de tantas la esgrime su nieto cuando cuenta lo ocurrido aquel día en que desde una de las casas vecinas a la de ellos, en unos humildes campos del Brasil, trajeron con urgencia a un niño de año y poco, más blanco que muchos cadáveres.

— Danilo, anda tráeme un puñado de hojas del árbol que da sombra a las matas de café — pidió la abuela con urgencia pero sin perder la calma.

Con ellas en la mano las agitó en fuertes movimientos junto al enfermo a la vez que emitía unos gritos igual de fuertes y de desafinados. Danilo y el resto de observadores, acostumbrados a los extraños rituales de la abuela, no se asustaron aunque existían sobrados motivos. Sólo pasaron tres o cuatro minutos cuando el niño se incorporó, y ya con colores sanguíneos en los mofletes, sonrió.

Más sorprendente fue cómo a la vez, las hojas mágicas del árbol que da sombra a las matas de café que cultiva la abuela se marchitaron instantáneamente entre sus manos, demostrando que la muerte –a la que tanto miedo tenemos– no es más que el antes de la vida.

Lucía BarrónLucía Barrón


[Palabre-ando] dos venenos ilustres. Gustavo Duch

enero 11, 2020

En algunos momentos del año y en bastantes lugares de nuestra geografía nos encontramos con la prohibición de consumir agua corriente puesto que contiene cantidades de arsénico por encima de los valores regulados. Da un poco de miedo pero no deja de ser una situación controlada que aparece después de movimientos geológicos o por extracción de agua o minerales que ponen en contacto los acuíferos con depósitos naturales de este célebre semimetal. Nerón o Napoleón supieron muy bien de los efectos a dosis altas del arsénico como veneno. Unos pocos miligramos de arsénico en su bebida acabaron con sus vidas.

Por otro lado, y como recogió la propia Organización Mundial de la Salud, quedan confirmados los efectos de otra sustancia muy glamurosa, el herbicida glifosato originalmente de Monsanto y actualmente comercializado por muchas empresas. El glifosato es responsable de alteraciones hormonales, daños genético y otras afectaciones que dan lugar a cáncer, abortos o malformaciones. Son miles los estudios que lo confirman y demasiados los casos reales que lo corroboran.

Pero, ¿se ha estudiado qué ocurre si preparamos un cóctel de arsénico más este glifosato muy usado en nuestra agricultura industrial? Lo digo porque no sería algo casual, al contrario, el arsénico de nuestro subsuelo puede muy fácilmente entrar en combinación con el glifosato puesto que como analizó el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua, adscrito al CSIC, “un 41% de las aguas subterráneas de Catalunya contienen altos niveles de glifosato”

La respuesta ya la tenemos y recientemente la ha divulgado mi admirado periodista Darío Aranda en el diario ‘Página 12’ de Argentina. Un equipo de investigadores liderado por Rafael Lajmanovich, profesor titular de la Cátedra de Ecotoxicología de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional del Litoral e investigador del Conicet, analizó durante más de seis meses el efecto de esta combinación de tóxicos en anfibios, que vienen a ser -explica el investigador- como los ‘canarios de la mina’ por su similar desarrollo embrionario al del ser humano. El resultado obtenido es una triada muy grave: confirmaron disrupción endrocrina (aumento en la concentración de hormonas tiroideas), mayor proliferación celular (aumentan su tasa normal de división celular) y radiotoxicidad (daño en el material genético). Es decir, todo aquello que nos conduce a tener muchas más probabilidades de contraer enfermedades como el cáncer y malformaciones.

Es obvio que si nos llevamos a la boca dos venenos sufriremos el doble de consecuencias pero lo que explica este estudio publicado en la revista científica ‘Heliyon’, de la prestigiosa editorial internacional Elseviere, de Reino Unido, es que no solo los dobla sino que entre ellos se genera un efecto sinérgico que potencia su toxicidad. Por eso, las mismas administraciones que regulan con acierto la exposición al arsénico deberían de tener suficiente valentía para prohibir ya el uso del glifosato y evitar así este cóctel mortal.


Ruralismo o barbarie. Gustavo Duch Guillot

noviembre 7, 2019
Que la utopía no se convierta en quimera pasa por una crítica severa a la modernidad que quiso acabar con la sabiduría de quien nos precedió.
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¿Les pasa a ustedes? Yo últimamente me tropiezo constantemente con situaciones que defino como “analfabetismo alimentario”. La visita a los supermercados es una selva de ejemplos, como cuando escuchas a un joven preguntando al encargado por la “fruta vegana” o descubres en el envase de una conocida marca de gazpacho la etiqueta de “vegano”. En muchas charlas o talleres que imparto me gusta proyectar fotografías de alimentos básicos y pedir el nombre a las personas asistentes. Confundir coles con coliflores, calabazas con berenjenas o quedarse en blanco frente a la fotografía de nabos o de acelgas es algo que no sucede ocasionalmente, sucede siempre, en todas ellas. Me asusta también cuando veo cómo activistas animalistas rescatan terneros de sus granjas porque –dicen – los están matando de sed sin agua para beber. La fuente que está a su lado, mamavaca, les pasa desapercibida…

Parecen cómicas anécdotas pero detrás de este analfabetismo tenemos consecuencias graves en clave alimentaria. Si no reconocemos las hortalizas más básicas, ¿cómo podemos esperar que el consumo alimentario vaya de acuerdo con sus temporadas? ¿Cómo propiciaremos dietas relocalizadas, evitando alimentos kilométricos, si no se conocen los alimentos propios de cada lugar? ¿Cómo podemos recuperar el consumo de alimentos frescos por encima de los procesados tan perjudiciales para la salud, si, desde esta ignorancia, es complicado entrar en la cocina a preparar las recetas más sencillas? Ya no preguntemos, como siempre hace mi amigo Jeromo, el pastor de Amayuelas ¿quién sabe hacer de la uva vino? ¿Quién sabe criar su propio cordero? ¿Quién sabe gestionarse un huerto?

Cierto que esta falta de conocimientos básicos es muy propio de sociedades que han despreciado la ruralidad. Pero añadamos los engaños voluntarios de la propia industria alimentaria o la más sutil ocultación de información por su parte para tomar conciencia de que, finalmente, tenemos una venda tapándonos los ojos. Esto nos impide detectar y denunciar los desmanes tecnoalimentarios que, normalmente, en manos de los monopolios de la agricultura industrial, se introducen con total normalidad en los sistemas productivos, de transformación o de comercialización alimentaria. Una ceguera que hace difícil sorprenderse frente a las cifras que indican que las cerdas de hoy en día tienen partos de 15 lechones, si no sabemos que estas hembras solo tienen 8 mamas. Una venda que impide nuestra repudia frente a la industria de ganadería intensiva que engordaba vacas alimentándolas con vacas pues se nos olvidó que son estómagos herbívoros. Al contrario que los salmones, carnívoros, y que en las piscifactorías ya los alimentan con soja. Y así, desinformados, la alimentación a medio plazo será cosa de impresoras formateando hamburguesas con extravagantes ingredientes.

En este sentido, las duras campañas que criminalizan el despilfarro alimentario que se encuentra en las basuras domésticas, a mi entender, pecan también de analfabetismo alimentario por parte de sus promotores. Cierto es que debemos educar en el no desperdicio de comida, pero más acertado sería poner el foco en fomentar sistemas alimentarios que –como siempre se hizo– estuvieran relacionados directamente con la agricultura local. Como explica Franco Llobera, agroecólogo, reconectar con el ciclo del carbono y aprender el significado de la palabra ‘compostaje’ nos ayuda a entender que “la basura será verdura”.

No saber casi nada de algo tan vital como nuestra alimentación es una señal de un problema mayor. La modernidad que tanto hemos idolatrado –“la ideología más hipócrita de la humanidad”, a decir del agricultor argelino Pierre Rabhi– ha dejado de lado nuestra relación con la naturaleza, con la vida. Recuerdo cómo hace unos meses, en Benalauría, un pueblo de la serranía de Ronda, un maestro jubilado se quejaba que en los pueblos, los maestros y maestras actuales ya no son población del mismo mundo rural, son gente de ciudad que cada día van y vuelven. Por eso no se extrañó, explicó el docente jubilado, cuando una tarde de verano, paseando frente a su antiguo colegio, vio como el urbano profesor tenía a su alumnado haciendo gimnasia a pleno sol.  Tras verlos sudar y deshidratarse peligrosamente, éste recapacitó y les dijo: “Mejor poneros a la sombra del sauce llorón”. Todos le hicieron caso menos un chaval que le aclaró, “vale, profe pero ese sauce se llama olivo”.

Y así, en una situación de emergencia, cuando nos jugamos nuestro futuro, cargamos con un desconocimiento que nos hace torpes y soberbios por partida doble. Torpes, porque no conocer la naturaleza es no conocer los límites físicos del planeta que nuestros antepasados tenían asumidos. Ligados a una realidad rural territorializada sus opciones de supervivencia no pasaban por la explotación y agotamiento de cualquier rincón del planeta, debían manejarse cuidando y preservando los recursos locales, los únicos a su alcance. Soberbios, porque desligados de la Naturaleza se nos olvida nuestra ecodependencia y caminamos sobre la tierra con botas militares, aniquilando al resto de seres vivos, asfixiando la fertilidad de la tierra y calentando la atmósfera hasta el ahogamiento civilizatorio.

Decía Eduardo Galeano que “la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces, para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Pero, me pregunto yo, ¿qué utopía queremos alcanzar si encerrados en las cuatro paredes de las pantallas de los móviles, la televisión y el ordenador… es imposible otear el horizonte? Que la utopía no se convierta en quimera pasa por una crítica severa a la modernidad que quiso acabar con la sabiduría de quien nos precedió. Simplificando, ruralismo o barbarie.


Turismo alimentario.Gustavo Duch Guillot

octubre 2, 2019

Lo comentábamos en el artículo anterior: los alimentos no dejan de viajar. Pescado, carne, soja, leche o galletas milkilométricas en rutas de despropósitos destrozando el clima y los sistemas agrícolas locales. Pero, ¿en qué viajan?

Mayoritariamente en barco, y si visitan en internet algunas de las muchas páginas que muestran ‘rutas marítimas comerciales’ los podrán observar. Encontrarán mapas mundiales que, bien en directo o bien de años anteriores, sitúan a los cerca de 60.000 barcos de carga que están constantemente -todos los días- moviéndose en los océanos de planeta, representados por puntitos que corren por la pantalla como los protagonistas del antiguo juego del comecocos pero sin nadie que se los trague; de hecho, cada vez hay más. Muchos transportan petróleo, el resto transportan contenedores repletos, entre otras cosas, de materia prima agraria y alimentos.

Este sistema de transporte es una de las explicaciones del (supuesto) precio barato de los productos que tenemos en el supermercado. El revolucionario sistema de los contenedores apilados como piezas del Tetris ha conseguido generar una economía de escala. Cualquiera de esos puntitos en movimiento es un buque de 300 o 400 metros de eslora (la longitud de tres o cuatro campos de fútbol unidos) que con solo 20 operarios puede cargar hasta 80 mil toneladas de productos. Añadan los tejemanejes y ahorros que consiguen navegando con banderas de conveniencia, las condiciones a las que se somete al personal y el tipo de combustibles residuales y muy contaminantes que utilizan para comprender el porqué de esos (supuestos) bajos costes.

Desde el pasado 22 de agosto ya podemos ver un nuevo puntito moviéndose entre el puerto de Dajla, en los territorios ocupados del Sáhara Occidental, y Algeciras. La propiedad de los barcos es la empresa francesa CMA CGM, junto con Maersk, una de las más grandes del sector. Mucho me temo que será un trayecto de éxito y rápida consolidación porque está diseñada para el boyante negocio del comercio de los productos hortícolas y pesqueros que grandes empresas cultivan y pescan en tierras y aguas saharauis que no les pertenecen y que distribuyen por toda Europa.

Otra ruta más que fortalece un sistema alimentario que mucho se parece al turismo ‘low cost’. Muchos alimentos viajando por muchos lugares a precios muy baratos. Pero como este turismo, las consecuencias son (sin ninguna suposición) muy caras. Solo los barcos comerciales representan un 4% de los gases con efecto invernadero, se calcula que más de 1,5 millones de marineros trabajan en condiciones injustas y vulnerables y, en tierra, cada vez son más las personas que no pueden vivir de sus producciones locales. En este caso, con el apoyo incondicional de la Unión Europea que, periódicamente, renueva los tratados de comercio con Marruecos reforzando ilegalmente la ocupación marroquí del Sáhara Occidental.


Defender la Amazonia desde Cataluña. Gustavo Duch

agosto 24, 2019
Puede haber relación entre los incendios y el interés por disponer de más cultivos de soja

La industria de engorde de cerdos intensivo está de enhorabuena y ya sabemos que es una de las joyas de la corona del PIB catalán, junto con la otra industria intensiva del país: el turismo. Me explico. Después de más de 19 años de debates y negociación, a finales del pasado mes de junio se hizo el anuncio del acuerdo sobre el tratado comercial entre la UE y el Mercosur. Aunque Francia se opuso ayer en motivo de los incendios en la Amazonía e Irlanda amenaza con hacerlo si Bolsonaro no se compromete a proteger el territorio, -hay que ver cómo acaba la polémica y si el tema se debate en el G-7-, veamos cuáles son las consecuencias de un tratado que hace mucho tiempo que se gesta y que podría ver la luz pronto.

Como explica la Campaña ‘No al TTIP'(Catalunya No a los Tratados de Comercio e Inversión), “el tratado conlleva una liberalización muy importante del comercio entre ambos bloques con repercusiones muy negativas en el empleo y el medio ambiente”. De entre las medidas recogidas en el Tratado, sale beneficiado el comercio de soja desde los países del Mercosur, -el Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay-, ya que tanto la harina como el grano de soja podrán entrar en la Unión Europea sin ninguna traba, con un arancel del 0%. Estas ventajas para la soja llegan cuando los ultraliberales Bolsonaro y Macri han llegado al gobierno de Brasil y Argentina respectivamente, dos potencias en el cultivo de esta leguminosa. Esto supone una segunda alineación favorable de los astros para el porcino intensivo catalán, pero no es tan buena noticia para la Amazonia, ni para el futuro de la Tierra, y es que es difícil no percibir que puede haber una relación entre los incendios que están deforestando este territorio y el interés por disponer de más superficies para el cultivo de la soja.

Estas ventajas para la soja llegan cuando los ultraliberales Bolsonaro y Macri han llegado al gobierno de Brasil y Argentina respectivamente, dos potencias en el cultivo de esta leguminosa

Si nuestras administraciones no toman ninguna decisión al respecto, queda claro que las industrias aprovecharán la situación para continuar con una expansión cargada de consecuencias negativas que mil veces hemos denunciado: contaminación por purines, contribución a la crisis climática, desaparición de la pequeña agricultura y ganadería extensiva del territorio … y, evidentemente, la total complicidad con la desaparición progresiva de ecosistemas como la selva amazónica -ya bastante devastada por los incendios

Hay que disminuir el consumo de carne de estas industrias intensivas, como hace mucho tiempo que reivindicamos desde la soberanía alimentaria y como recomienda el Panel del cambio climático de la ONU, pero a la vez es urgente iniciar políticas de decrecimiento del sector porcino intensivo. Ya existen iniciativas que demuestran la viabilidad de reconvertir granjas intensivas de engorde de muchos animales en pequeñas granjas de pocos animales y con sistemas de producción ecológicos. Para detener la ceremonia de autoincineración de la humanidad.


El mejor superalimento. Gustavo Duch

junio 11, 2019

“Soy Como Como” y “Ets el què menges”

Analizando los principales estudios de los quince últimos años, un informe que hoy se da a conocer llega a la conclusión de cuáles son, definitivamente, los mejores alimentos que llevarnos a la boca: cuáles son los indiscutibles superalimentos. Pero antes de conocer los nombres de los ganadores –¿las semillas de chía?, ¿el aguacate?, ¿la quinoa? –, hay que saber qué procedimientos se han utilizado para llegar al resultado final.

Por lo que se puede leer, uno de los factores clave, lógicamente, es analizar la composición nutricional de los alimentos en competición. Se valoran positivamente aquellos cuya composición nutricional es “equilibrada y con mayor concentración en compuestos polifenólicos, carotenoides, sustancias de carácter antioxidantes, con propiedades nutracéuticas, que proporcionan beneficios para la salud”. Probeta en mano, se cuantifica y compara la cantidad de azúcares, vitamina C, ácidos orgánicos y compuestos fenólicos, entro otros, que cada candidato aporta. Además de los beneficios nutricionales, el informe revisa las últimas investigaciones relacionadas con “la calidad sensorial”; es decir, los factores que “contribuyen a la agradabilidad de los alimentos”, conocidos como atributos organolépticos de los alimentos. El sabor y la calidad nutricional suelen ir de la mano.

Más aún, el informe recoge los resultados de las investigaciones, que han procurado saber qué ocurría en el organismo después de alimentarse con un alimento u otro. Han revisado desde la actividad antimutagénica y antioxidante en animales de laboratorio alimentados con los diferentes aspirantes a superalimentos, hasta sus efectos durante el embarazo, los efectos alergénicos en niñas y niños en crecimiento o los factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Pero el informe –y me parece fundamental– va más lejos. Para vencer en el concurso de superalimentos, hay que ser bueno en cuestiones relacionadas con la salud del planeta. Así, analiza las repercusiones medioambientales durante su producción, como la erosión del suelo, la reducción de la biodiversidad, la contaminación de acuíferos, el calentamiento global, el consumo de energía o la liberación de gases de efecto invernadero o, al contrario, su capacidad de capturar carbono.

Y, del todo innovador, añade una última categoría. Estos alimentos, socialmente, ¿tienen potencial para proporcionar comida suficiente que permita alimentar a la humanidad? Su producción y distribución ¿contribuyen a beneficiar la economía local o, por el contrario, violan derechos humanos básicos? ¿Son una oportunidad para la pequeña agricultura y ganadería?

Lechugas, naranjas, carne de vacuno, huevos, coliflores, tomates, manzanas… Todos estos alimentos –y muchos más– son los superalimentos ganadores, siempre y cuando estén producidos bajo condiciones agroecológicas, es decir, a partir de una agricultura ecológica local estricta que “minimiza el uso de insumos externos y fomenta la autosuficiencia de las explotaciones, que reduce los impactos sobre el sistema y armoniza las dimensiones ambientales y productivas de los sistemas agrícolas”, pero que también tiene en cuenta otras implicaciones “como son las relacionadas con el medio ambiente, la salud humana y los aspectos sociales, económicos y éticos”.

Personalmente, aplaudo el veredicto de este informe de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica/Agroecología (SEAE) publicado hoy, porque los mejores alimentos son los que cuidan la tierra para cuidar la Tierra , como diría el poeta Jorge Riechmann.


Palabre-ando. Oferta¡ Gustavo Duch

mayo 14, 2019

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Publicado en La Fertilidad de la Tierra. Invierno 2019

 


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