Ruralismo o barbarie. Gustavo Duch Guillot

noviembre 7, 2019
Que la utopía no se convierta en quimera pasa por una crítica severa a la modernidad que quiso acabar con la sabiduría de quien nos precedió.
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¿Les pasa a ustedes? Yo últimamente me tropiezo constantemente con situaciones que defino como “analfabetismo alimentario”. La visita a los supermercados es una selva de ejemplos, como cuando escuchas a un joven preguntando al encargado por la “fruta vegana” o descubres en el envase de una conocida marca de gazpacho la etiqueta de “vegano”. En muchas charlas o talleres que imparto me gusta proyectar fotografías de alimentos básicos y pedir el nombre a las personas asistentes. Confundir coles con coliflores, calabazas con berenjenas o quedarse en blanco frente a la fotografía de nabos o de acelgas es algo que no sucede ocasionalmente, sucede siempre, en todas ellas. Me asusta también cuando veo cómo activistas animalistas rescatan terneros de sus granjas porque –dicen – los están matando de sed sin agua para beber. La fuente que está a su lado, mamavaca, les pasa desapercibida…

Parecen cómicas anécdotas pero detrás de este analfabetismo tenemos consecuencias graves en clave alimentaria. Si no reconocemos las hortalizas más básicas, ¿cómo podemos esperar que el consumo alimentario vaya de acuerdo con sus temporadas? ¿Cómo propiciaremos dietas relocalizadas, evitando alimentos kilométricos, si no se conocen los alimentos propios de cada lugar? ¿Cómo podemos recuperar el consumo de alimentos frescos por encima de los procesados tan perjudiciales para la salud, si, desde esta ignorancia, es complicado entrar en la cocina a preparar las recetas más sencillas? Ya no preguntemos, como siempre hace mi amigo Jeromo, el pastor de Amayuelas ¿quién sabe hacer de la uva vino? ¿Quién sabe criar su propio cordero? ¿Quién sabe gestionarse un huerto?

Cierto que esta falta de conocimientos básicos es muy propio de sociedades que han despreciado la ruralidad. Pero añadamos los engaños voluntarios de la propia industria alimentaria o la más sutil ocultación de información por su parte para tomar conciencia de que, finalmente, tenemos una venda tapándonos los ojos. Esto nos impide detectar y denunciar los desmanes tecnoalimentarios que, normalmente, en manos de los monopolios de la agricultura industrial, se introducen con total normalidad en los sistemas productivos, de transformación o de comercialización alimentaria. Una ceguera que hace difícil sorprenderse frente a las cifras que indican que las cerdas de hoy en día tienen partos de 15 lechones, si no sabemos que estas hembras solo tienen 8 mamas. Una venda que impide nuestra repudia frente a la industria de ganadería intensiva que engordaba vacas alimentándolas con vacas pues se nos olvidó que son estómagos herbívoros. Al contrario que los salmones, carnívoros, y que en las piscifactorías ya los alimentan con soja. Y así, desinformados, la alimentación a medio plazo será cosa de impresoras formateando hamburguesas con extravagantes ingredientes.

En este sentido, las duras campañas que criminalizan el despilfarro alimentario que se encuentra en las basuras domésticas, a mi entender, pecan también de analfabetismo alimentario por parte de sus promotores. Cierto es que debemos educar en el no desperdicio de comida, pero más acertado sería poner el foco en fomentar sistemas alimentarios que –como siempre se hizo– estuvieran relacionados directamente con la agricultura local. Como explica Franco Llobera, agroecólogo, reconectar con el ciclo del carbono y aprender el significado de la palabra ‘compostaje’ nos ayuda a entender que “la basura será verdura”.

No saber casi nada de algo tan vital como nuestra alimentación es una señal de un problema mayor. La modernidad que tanto hemos idolatrado –“la ideología más hipócrita de la humanidad”, a decir del agricultor argelino Pierre Rabhi– ha dejado de lado nuestra relación con la naturaleza, con la vida. Recuerdo cómo hace unos meses, en Benalauría, un pueblo de la serranía de Ronda, un maestro jubilado se quejaba que en los pueblos, los maestros y maestras actuales ya no son población del mismo mundo rural, son gente de ciudad que cada día van y vuelven. Por eso no se extrañó, explicó el docente jubilado, cuando una tarde de verano, paseando frente a su antiguo colegio, vio como el urbano profesor tenía a su alumnado haciendo gimnasia a pleno sol.  Tras verlos sudar y deshidratarse peligrosamente, éste recapacitó y les dijo: “Mejor poneros a la sombra del sauce llorón”. Todos le hicieron caso menos un chaval que le aclaró, “vale, profe pero ese sauce se llama olivo”.

Y así, en una situación de emergencia, cuando nos jugamos nuestro futuro, cargamos con un desconocimiento que nos hace torpes y soberbios por partida doble. Torpes, porque no conocer la naturaleza es no conocer los límites físicos del planeta que nuestros antepasados tenían asumidos. Ligados a una realidad rural territorializada sus opciones de supervivencia no pasaban por la explotación y agotamiento de cualquier rincón del planeta, debían manejarse cuidando y preservando los recursos locales, los únicos a su alcance. Soberbios, porque desligados de la Naturaleza se nos olvida nuestra ecodependencia y caminamos sobre la tierra con botas militares, aniquilando al resto de seres vivos, asfixiando la fertilidad de la tierra y calentando la atmósfera hasta el ahogamiento civilizatorio.

Decía Eduardo Galeano que “la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces, para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Pero, me pregunto yo, ¿qué utopía queremos alcanzar si encerrados en las cuatro paredes de las pantallas de los móviles, la televisión y el ordenador… es imposible otear el horizonte? Que la utopía no se convierta en quimera pasa por una crítica severa a la modernidad que quiso acabar con la sabiduría de quien nos precedió. Simplificando, ruralismo o barbarie.


Turismo alimentario.Gustavo Duch Guillot

octubre 2, 2019

Lo comentábamos en el artículo anterior: los alimentos no dejan de viajar. Pescado, carne, soja, leche o galletas milkilométricas en rutas de despropósitos destrozando el clima y los sistemas agrícolas locales. Pero, ¿en qué viajan?

Mayoritariamente en barco, y si visitan en internet algunas de las muchas páginas que muestran ‘rutas marítimas comerciales’ los podrán observar. Encontrarán mapas mundiales que, bien en directo o bien de años anteriores, sitúan a los cerca de 60.000 barcos de carga que están constantemente -todos los días- moviéndose en los océanos de planeta, representados por puntitos que corren por la pantalla como los protagonistas del antiguo juego del comecocos pero sin nadie que se los trague; de hecho, cada vez hay más. Muchos transportan petróleo, el resto transportan contenedores repletos, entre otras cosas, de materia prima agraria y alimentos.

Este sistema de transporte es una de las explicaciones del (supuesto) precio barato de los productos que tenemos en el supermercado. El revolucionario sistema de los contenedores apilados como piezas del Tetris ha conseguido generar una economía de escala. Cualquiera de esos puntitos en movimiento es un buque de 300 o 400 metros de eslora (la longitud de tres o cuatro campos de fútbol unidos) que con solo 20 operarios puede cargar hasta 80 mil toneladas de productos. Añadan los tejemanejes y ahorros que consiguen navegando con banderas de conveniencia, las condiciones a las que se somete al personal y el tipo de combustibles residuales y muy contaminantes que utilizan para comprender el porqué de esos (supuestos) bajos costes.

Desde el pasado 22 de agosto ya podemos ver un nuevo puntito moviéndose entre el puerto de Dajla, en los territorios ocupados del Sáhara Occidental, y Algeciras. La propiedad de los barcos es la empresa francesa CMA CGM, junto con Maersk, una de las más grandes del sector. Mucho me temo que será un trayecto de éxito y rápida consolidación porque está diseñada para el boyante negocio del comercio de los productos hortícolas y pesqueros que grandes empresas cultivan y pescan en tierras y aguas saharauis que no les pertenecen y que distribuyen por toda Europa.

Otra ruta más que fortalece un sistema alimentario que mucho se parece al turismo ‘low cost’. Muchos alimentos viajando por muchos lugares a precios muy baratos. Pero como este turismo, las consecuencias son (sin ninguna suposición) muy caras. Solo los barcos comerciales representan un 4% de los gases con efecto invernadero, se calcula que más de 1,5 millones de marineros trabajan en condiciones injustas y vulnerables y, en tierra, cada vez son más las personas que no pueden vivir de sus producciones locales. En este caso, con el apoyo incondicional de la Unión Europea que, periódicamente, renueva los tratados de comercio con Marruecos reforzando ilegalmente la ocupación marroquí del Sáhara Occidental.


Defender la Amazonia desde Cataluña. Gustavo Duch

agosto 24, 2019
Puede haber relación entre los incendios y el interés por disponer de más cultivos de soja

La industria de engorde de cerdos intensivo está de enhorabuena y ya sabemos que es una de las joyas de la corona del PIB catalán, junto con la otra industria intensiva del país: el turismo. Me explico. Después de más de 19 años de debates y negociación, a finales del pasado mes de junio se hizo el anuncio del acuerdo sobre el tratado comercial entre la UE y el Mercosur. Aunque Francia se opuso ayer en motivo de los incendios en la Amazonía e Irlanda amenaza con hacerlo si Bolsonaro no se compromete a proteger el territorio, -hay que ver cómo acaba la polémica y si el tema se debate en el G-7-, veamos cuáles son las consecuencias de un tratado que hace mucho tiempo que se gesta y que podría ver la luz pronto.

Como explica la Campaña ‘No al TTIP'(Catalunya No a los Tratados de Comercio e Inversión), “el tratado conlleva una liberalización muy importante del comercio entre ambos bloques con repercusiones muy negativas en el empleo y el medio ambiente”. De entre las medidas recogidas en el Tratado, sale beneficiado el comercio de soja desde los países del Mercosur, -el Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay-, ya que tanto la harina como el grano de soja podrán entrar en la Unión Europea sin ninguna traba, con un arancel del 0%. Estas ventajas para la soja llegan cuando los ultraliberales Bolsonaro y Macri han llegado al gobierno de Brasil y Argentina respectivamente, dos potencias en el cultivo de esta leguminosa. Esto supone una segunda alineación favorable de los astros para el porcino intensivo catalán, pero no es tan buena noticia para la Amazonia, ni para el futuro de la Tierra, y es que es difícil no percibir que puede haber una relación entre los incendios que están deforestando este territorio y el interés por disponer de más superficies para el cultivo de la soja.

Estas ventajas para la soja llegan cuando los ultraliberales Bolsonaro y Macri han llegado al gobierno de Brasil y Argentina respectivamente, dos potencias en el cultivo de esta leguminosa

Si nuestras administraciones no toman ninguna decisión al respecto, queda claro que las industrias aprovecharán la situación para continuar con una expansión cargada de consecuencias negativas que mil veces hemos denunciado: contaminación por purines, contribución a la crisis climática, desaparición de la pequeña agricultura y ganadería extensiva del territorio … y, evidentemente, la total complicidad con la desaparición progresiva de ecosistemas como la selva amazónica -ya bastante devastada por los incendios

Hay que disminuir el consumo de carne de estas industrias intensivas, como hace mucho tiempo que reivindicamos desde la soberanía alimentaria y como recomienda el Panel del cambio climático de la ONU, pero a la vez es urgente iniciar políticas de decrecimiento del sector porcino intensivo. Ya existen iniciativas que demuestran la viabilidad de reconvertir granjas intensivas de engorde de muchos animales en pequeñas granjas de pocos animales y con sistemas de producción ecológicos. Para detener la ceremonia de autoincineración de la humanidad.


El mejor superalimento. Gustavo Duch

junio 11, 2019

“Soy Como Como” y “Ets el què menges”

Analizando los principales estudios de los quince últimos años, un informe que hoy se da a conocer llega a la conclusión de cuáles son, definitivamente, los mejores alimentos que llevarnos a la boca: cuáles son los indiscutibles superalimentos. Pero antes de conocer los nombres de los ganadores –¿las semillas de chía?, ¿el aguacate?, ¿la quinoa? –, hay que saber qué procedimientos se han utilizado para llegar al resultado final.

Por lo que se puede leer, uno de los factores clave, lógicamente, es analizar la composición nutricional de los alimentos en competición. Se valoran positivamente aquellos cuya composición nutricional es “equilibrada y con mayor concentración en compuestos polifenólicos, carotenoides, sustancias de carácter antioxidantes, con propiedades nutracéuticas, que proporcionan beneficios para la salud”. Probeta en mano, se cuantifica y compara la cantidad de azúcares, vitamina C, ácidos orgánicos y compuestos fenólicos, entro otros, que cada candidato aporta. Además de los beneficios nutricionales, el informe revisa las últimas investigaciones relacionadas con “la calidad sensorial”; es decir, los factores que “contribuyen a la agradabilidad de los alimentos”, conocidos como atributos organolépticos de los alimentos. El sabor y la calidad nutricional suelen ir de la mano.

Más aún, el informe recoge los resultados de las investigaciones, que han procurado saber qué ocurría en el organismo después de alimentarse con un alimento u otro. Han revisado desde la actividad antimutagénica y antioxidante en animales de laboratorio alimentados con los diferentes aspirantes a superalimentos, hasta sus efectos durante el embarazo, los efectos alergénicos en niñas y niños en crecimiento o los factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Pero el informe –y me parece fundamental– va más lejos. Para vencer en el concurso de superalimentos, hay que ser bueno en cuestiones relacionadas con la salud del planeta. Así, analiza las repercusiones medioambientales durante su producción, como la erosión del suelo, la reducción de la biodiversidad, la contaminación de acuíferos, el calentamiento global, el consumo de energía o la liberación de gases de efecto invernadero o, al contrario, su capacidad de capturar carbono.

Y, del todo innovador, añade una última categoría. Estos alimentos, socialmente, ¿tienen potencial para proporcionar comida suficiente que permita alimentar a la humanidad? Su producción y distribución ¿contribuyen a beneficiar la economía local o, por el contrario, violan derechos humanos básicos? ¿Son una oportunidad para la pequeña agricultura y ganadería?

Lechugas, naranjas, carne de vacuno, huevos, coliflores, tomates, manzanas… Todos estos alimentos –y muchos más– son los superalimentos ganadores, siempre y cuando estén producidos bajo condiciones agroecológicas, es decir, a partir de una agricultura ecológica local estricta que “minimiza el uso de insumos externos y fomenta la autosuficiencia de las explotaciones, que reduce los impactos sobre el sistema y armoniza las dimensiones ambientales y productivas de los sistemas agrícolas”, pero que también tiene en cuenta otras implicaciones “como son las relacionadas con el medio ambiente, la salud humana y los aspectos sociales, económicos y éticos”.

Personalmente, aplaudo el veredicto de este informe de la Sociedad Española de Agricultura Ecológica/Agroecología (SEAE) publicado hoy, porque los mejores alimentos son los que cuidan la tierra para cuidar la Tierra , como diría el poeta Jorge Riechmann.


Palabre-ando. Oferta¡ Gustavo Duch

mayo 14, 2019

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Publicado en La Fertilidad de la Tierra. Invierno 2019

 


Diferenciar rama, hoja y manzana. Gustavo Duch

mayo 6, 2019

Fue muy reveladora la proyección del capítulo dedicado a la agricultura de la serie documental ‘Soñar el Futuro’ que organizamos desde la revista ‘Soberanía Alimentaria’ junto con el CCCB, en el marco del ciclo Alimentum. Al final de la misma percibí tranquilidad en el semejante de una parte del público que llenó la sala.

La pregunta que inicialmente quería responder el documental, en el futuro ¿se podrá alimentar una población creciente en un escenario de menos recursos?, quedó positivamente despejada teniendo en cuenta los avances tecnológicos y científicos que en el campo de la agricultura no dejan de surgir y que ya se conoce como agricultura 3.0.

El documental defiende propuestas como por ejemplo la agricultura vertical en las ciudades en base a la construcción de edificios exclusivamente dedicados al cultivo de pequeñas hortalizas. Con un ambiente totalmente protegido se evitan riesgos de plaga, con la programación de luces led se mejoran los rendimientos que tendrían estos cultivos expuestos a la luz solar y en lugar de crecer sobre tierra crecerían con la técnica hidropónica, que permite administrar los nutrientes necesarios. No dice nada el documental sobre cómo conseguir dichos nutrientes.

Para asegurar proteína animal, otro de los ejemplos expuestos es la construcción de edificios acristalados donde se combina la cría de peces en depósitos ubicados en el sótano con la de vegetales en la planta. Con un sistema de bombeo y filtros, el agua donde nadan los peces alimenta a los vegetales.

El documental se cierra con la explicación del uso de drones y tractores robotizados movidos a partir de datos vía satélite y de sensores. Unos robots al estilo de R2D2 de ‘La guerra de las galaxias’ recorren un huerto cazando con un brazo articulado orugas entre las coles que luego deposita en un triturador con un final poco feliz para el gusano.

Y unos investigadores muestran otros robots que están perfeccionando para diferenciar en un campo de manzanos lo que es una rama de lo que es una hoja de lo que es una manzana. En unos pocos años, dicen, el robot saldrá él solo a por la cosecha.

Por eso digo que fue una proyección muy reveladora. El grado de tranquilidad que percibí fue directamente proporcional a mi asombro. Nuestra sociedad está deseosa de respuestas fáciles por inverosímiles que parezcan. La tecnología, que no rehúso, goza de un prestigio tal que se la financia con ingentes cantidades de recursos económicos para avanzar en las respuestas más innecesarias.

Nuestros cerebros están tan formateados que no les queda ni una pizca de sentido común y todavía menos de sentido rural. Me gustaría que me ayudaran a entender por qué nos dejamos engañar. Yo no salgo de mi asombro.

Vivimos en una sociedad urbanizada que no se exclama cuando uno de los tipos listos del documental dice haber inventado la ‘economía circular’ al recuperar los excrementos de los animales para alimentar las plantas. La agricultura 3.0 ha descubierto el estiércol.


[Palabre-ando] efecto llamada. Gustavo Duch

febrero 18, 2019

¿Y si no hubiéramos sentido el impulso de querer cambiar el mundo? ¿Y si nuestra enérgica juventud hubiera estado domesticada? ¿Y si los vecinos y vecinas -de hecho los antiguos habitantes- no nos hubieran apoyado como nos ha apoyado toda la sociedad? ¿Y si no hubiéramos leído textos sobre la importancia de revalorizar lo rural, la agricultura y la soberanía alimentaria? ¿Y si no nos hubiéramos emocionado en el acto respetuoso de enterrar un semilla? ¿Y si la vida en comunidad no hubiera despertado en nosotros ansias y deseos? ¿Qué habría pasado si no hubiéramos creído en la solidaridad, la autogestión, la autonomía y la autosuficiencia?

Si esas seis personas hubieran hecho caso omiso a sus valores y sentimientos, a puros instintos recubiertos de lógica y de razón, el pequeño pueblo de Fraguas, enclavado en el centro del abandono rural de Guadalajara, no hubiera visto el pausado renacer manual de algunas de todas aquellas casas que la autoridad franquista competente mandó destruir para reconvertir en zonas de entrenamiento militar. Si esas seis personas hubieran amputado el coraje de sus brazos, las huertas de Fraguas seguirían infértiles sin producir alimentos sanos. Si esas seis personas no hubieran dedicado por entero sus vidas desde el 2013 a la reconstrucción de un pueblo expropiado y abandonado, Fraguas no sería como es ahora un espacio que, inspirado en el pasado, es garantía de sostenibilidad y futuro. No hubiera sido un proyecto viable y real.

Y eso es lo que a las administraciones les ha generado miedo, como reconoce la sentencia, miedo al “efecto llamada”. Miedo a que la juventud quiera volver a los pequeños pueblos a organizar su vida al margen del consumismo que tantos impuestos genera; miedo a perder territorio que en sus manos es caldo de especulación, miedo a perder tajada cuando cualquiera de todos estos espacios vaciados del mundo rural se rellene con una macrogranja de cerdos, con una pista de rallies o un vertedero para los residuos urbanos.

Por ello, si estas seis personas no hubieran obrado tan maravillosamente, recreando un punto de esperanza, no hubieran sido condenadas, cada una de ellas a un año y nueve meses de prisión por delitos contra la “ordenación” del territorio, ni a pagar una multa colectiva de 16.000 euros para hacer frente a las obras de derribo de las casas y almacenes que con su esfuerzo han reconstruido. Porque para la Administración y la clase política que nos gobierna, lo lógico es volver a dejar el paisaje con casas pudriéndose como cadáveres, con runas bloqueando los caminos, con pueblos sin almas, con campos yermos.

Y aún más, estoy seguro que Aurora, Jaime, Lalo, y compañía se preguntan: “¿Qué hubiera ocurrido si hubiéramos aceptado pagar la multa?” Y saben muy bien lo que hubiera ocurrido: que el impago de la multa no se hubiera convertido en días de prisión que sumados a los de la sentencia no hubieran alcanzado la cifra de dos años y tres meses para entrar en la cárcel que, ahora, les espera.

Pero todo esto ha sucedido. Y la dignidad de Fraguas sigue en pie.


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