Palabre-ando. Oferta¡ Gustavo Duch

mayo 14, 2019

Captura de 2019-05-13 22-25-08Si le preocupa como mantener fértiles y sin riesgo de incendios, los bosques y pastos de nuestro territorio, pruebe DistriFert.

Si observa con preocupación el hundimiento de cualquiera de las miles de construcciones de piedra seca que se reparten por nuestro territorio… DistriFert aporta prácticas soluciones.

Si le preocupa el cambio climático, DistriFert es un infalible sistema de crecimiento vegetal con altísimos rendimientos como sumidero de carbono. Se lo garantizamos.

Para mantener cuidadas y limpias las miles de fuentes presentes en nuestro territorio donde crían las salamandras, ranas o tritones; donde beben los pájaros o las abejas; donde las libélulas juegan al amor, recomendamos DistriFert.

Incluso con DistriFert, encontrará la respuesta a la costosa gestión de los setos y matorrales de nuestros campos. Gracias a DistriFert, estos ecosistemas seguirán siendo hotel de pájaros, serpientes o insectos.

¿Cómo funciona DistriFertDistriFert ó ‘Sistema de Distribución de Ecofertilidad’ funciona a partir de unos artefactos móviles, con baterías con autonomía para recorrer hasta 40 kilómetros por día, dotados de sistemas de geolocalización que, una vez ubicados en un campo y siguiendo rutas predefinidas, están preparados para distribuir regularmente unas bolitas compuestas de un compost de la mejor calidad y ecológico, que viene suplementado con semillas de todo tipo de vegetales (5 millones de semillas por cada kilogramo de estas bolitas, la mayoría ya en fase de germinación). De esta forma, DistriFert ayuda muy rápidamente a devolver fertilidad a la tierra a la vez que distribuye biodiversidad.

¿Qué necesita DistriFert ? Que todas nosotras apoyemos a la ganadería extensiva. Las ovejas y las cabras junto con sus cuidadores, pastores y pastoras, desde hace siglos han conformado y cuidado un paisaje hermoso y sostenible a la vez que han generado vivas economías locales en el medio rural. Un tándem imprescindible.

Publicado en La Fertilidad de la Tierra. Invierno 2019

 


Diferenciar rama, hoja y manzana. Gustavo Duch

mayo 6, 2019

Fue muy reveladora la proyección del capítulo dedicado a la agricultura de la serie documental ‘Soñar el Futuro’ que organizamos desde la revista ‘Soberanía Alimentaria’ junto con el CCCB, en el marco del ciclo Alimentum. Al final de la misma percibí tranquilidad en el semejante de una parte del público que llenó la sala.

La pregunta que inicialmente quería responder el documental, en el futuro ¿se podrá alimentar una población creciente en un escenario de menos recursos?, quedó positivamente despejada teniendo en cuenta los avances tecnológicos y científicos que en el campo de la agricultura no dejan de surgir y que ya se conoce como agricultura 3.0.

El documental defiende propuestas como por ejemplo la agricultura vertical en las ciudades en base a la construcción de edificios exclusivamente dedicados al cultivo de pequeñas hortalizas. Con un ambiente totalmente protegido se evitan riesgos de plaga, con la programación de luces led se mejoran los rendimientos que tendrían estos cultivos expuestos a la luz solar y en lugar de crecer sobre tierra crecerían con la técnica hidropónica, que permite administrar los nutrientes necesarios. No dice nada el documental sobre cómo conseguir dichos nutrientes.

Para asegurar proteína animal, otro de los ejemplos expuestos es la construcción de edificios acristalados donde se combina la cría de peces en depósitos ubicados en el sótano con la de vegetales en la planta. Con un sistema de bombeo y filtros, el agua donde nadan los peces alimenta a los vegetales.

El documental se cierra con la explicación del uso de drones y tractores robotizados movidos a partir de datos vía satélite y de sensores. Unos robots al estilo de R2D2 de ‘La guerra de las galaxias’ recorren un huerto cazando con un brazo articulado orugas entre las coles que luego deposita en un triturador con un final poco feliz para el gusano.

Y unos investigadores muestran otros robots que están perfeccionando para diferenciar en un campo de manzanos lo que es una rama de lo que es una hoja de lo que es una manzana. En unos pocos años, dicen, el robot saldrá él solo a por la cosecha.

Por eso digo que fue una proyección muy reveladora. El grado de tranquilidad que percibí fue directamente proporcional a mi asombro. Nuestra sociedad está deseosa de respuestas fáciles por inverosímiles que parezcan. La tecnología, que no rehúso, goza de un prestigio tal que se la financia con ingentes cantidades de recursos económicos para avanzar en las respuestas más innecesarias.

Nuestros cerebros están tan formateados que no les queda ni una pizca de sentido común y todavía menos de sentido rural. Me gustaría que me ayudaran a entender por qué nos dejamos engañar. Yo no salgo de mi asombro.

Vivimos en una sociedad urbanizada que no se exclama cuando uno de los tipos listos del documental dice haber inventado la ‘economía circular’ al recuperar los excrementos de los animales para alimentar las plantas. La agricultura 3.0 ha descubierto el estiércol.


[Palabre-ando] efecto llamada. Gustavo Duch

febrero 18, 2019

¿Y si no hubiéramos sentido el impulso de querer cambiar el mundo? ¿Y si nuestra enérgica juventud hubiera estado domesticada? ¿Y si los vecinos y vecinas -de hecho los antiguos habitantes- no nos hubieran apoyado como nos ha apoyado toda la sociedad? ¿Y si no hubiéramos leído textos sobre la importancia de revalorizar lo rural, la agricultura y la soberanía alimentaria? ¿Y si no nos hubiéramos emocionado en el acto respetuoso de enterrar un semilla? ¿Y si la vida en comunidad no hubiera despertado en nosotros ansias y deseos? ¿Qué habría pasado si no hubiéramos creído en la solidaridad, la autogestión, la autonomía y la autosuficiencia?

Si esas seis personas hubieran hecho caso omiso a sus valores y sentimientos, a puros instintos recubiertos de lógica y de razón, el pequeño pueblo de Fraguas, enclavado en el centro del abandono rural de Guadalajara, no hubiera visto el pausado renacer manual de algunas de todas aquellas casas que la autoridad franquista competente mandó destruir para reconvertir en zonas de entrenamiento militar. Si esas seis personas hubieran amputado el coraje de sus brazos, las huertas de Fraguas seguirían infértiles sin producir alimentos sanos. Si esas seis personas no hubieran dedicado por entero sus vidas desde el 2013 a la reconstrucción de un pueblo expropiado y abandonado, Fraguas no sería como es ahora un espacio que, inspirado en el pasado, es garantía de sostenibilidad y futuro. No hubiera sido un proyecto viable y real.

Y eso es lo que a las administraciones les ha generado miedo, como reconoce la sentencia, miedo al “efecto llamada”. Miedo a que la juventud quiera volver a los pequeños pueblos a organizar su vida al margen del consumismo que tantos impuestos genera; miedo a perder territorio que en sus manos es caldo de especulación, miedo a perder tajada cuando cualquiera de todos estos espacios vaciados del mundo rural se rellene con una macrogranja de cerdos, con una pista de rallies o un vertedero para los residuos urbanos.

Por ello, si estas seis personas no hubieran obrado tan maravillosamente, recreando un punto de esperanza, no hubieran sido condenadas, cada una de ellas a un año y nueve meses de prisión por delitos contra la “ordenación” del territorio, ni a pagar una multa colectiva de 16.000 euros para hacer frente a las obras de derribo de las casas y almacenes que con su esfuerzo han reconstruido. Porque para la Administración y la clase política que nos gobierna, lo lógico es volver a dejar el paisaje con casas pudriéndose como cadáveres, con runas bloqueando los caminos, con pueblos sin almas, con campos yermos.

Y aún más, estoy seguro que Aurora, Jaime, Lalo, y compañía se preguntan: “¿Qué hubiera ocurrido si hubiéramos aceptado pagar la multa?” Y saben muy bien lo que hubiera ocurrido: que el impago de la multa no se hubiera convertido en días de prisión que sumados a los de la sentencia no hubieran alcanzado la cifra de dos años y tres meses para entrar en la cárcel que, ahora, les espera.

Pero todo esto ha sucedido. Y la dignidad de Fraguas sigue en pie.


(Palabre-ando) Pajaritos fritos, literalmente. Gustavo Duch

enero 22, 2019

Las currucas, como la cabecinegra, con esos ojos rojos destacando en el negro del capirote; la mosquitera, al contrario, discreta en su pelaje; o la capitorada de canto melodioso. Los zorzales como el charlo, un pájaro vestido de leopardo; el tordo o el zorzal común que siempre encontramos en bandadas; o el alirrojo que, como su nombre explica, guarda debajo de las alas unas plumas rojas y atractivas. El frágil petirrojo pero intrépido y valiente que se acerca casi a comer de nuestras manos. El verderón, que dicen que es un gorrión alimentado con esmeraldas. Los más pequeños de todos, los mosquiteros, como el ibérico, un rayo de sol reflejado en la arboleda; el común, que no deja de cantar chif-chaf, chif-chaf, chif-chaf; el musical, violinista y escalador a la vez; o el congénere más rechoncho y pálido, el papialbo. El inconfundible jilguero disfrazado de indio siux antes del combate. El pardillo, que luciendo un lunar rojo en la frente y en el pecho se confunde con una pequeña niña hindú corriendo con su sari escribiendo nubes en los bosques. Las señoras lavanderas, garbosas en su caminar, blancas o amarillas. Todas.

Todas estas aves, que al acabar el verano viajan desde diferentes puntos de Europa hacia el sur peninsular, después de su incesante actividad, al llegar la luna, buscan un lugar seguro y protegido para descansar. Un lugar que les gusta son los setos en los que la avaricia humana ha convertido al señorial y retorcido olivo.

El olivar súper intensivo, que fue diseñado en Catalunya hace unos 15 años, se está extendiendo por todo el territorio. En fila india, uno pegado a otro, se hacen crecer los olivos conformando unos setos, obteniendo unos campos más parecidos a las viñas en espaldera que a un campo de olivos. Con este sistema, la industria agroalimentaria consigue mayores producciones con menos mano de obra. Unas grandes máquinas pasan por encima de estos olivos-bonsái, como si los cabalgaran, vendimiando automáticamente todas las aceitunas. En campos donde antes se tenían entre 200 y 300 árboles por hectárea, ahora hemos llegado a los 2.000 árboles.

Como esta práctica se hace por la noche, “las cosechadoras”, dicen expertos de la Junta de Andalucía, “equipadas con potentes focos de luz, se colocan por encima de los setos para cosecharlos, depositando los materiales colectados sobre el remolque que llevan adosado. Es ahí donde se pueden encontrar los cadáveres de aves amontonados entre la aceituna y hojarasca engullidos por la maquinaria (…) contabilizando hasta 100 aves muertas por cada remolque cosechado. Es decir, un centenar de aves por cada hectárea”. Solo en Andalucía se estiman alrededor de 2,6 millones de aves muertas en el superolivar.

Nadie tuvo en cuenta estas víctimas colaterales cuando se diseñó este nuevo sistema. Pero me temo que ahora que ya se conoce el drama aviar de los pajaritos fritos, nadie detendrá tan colosal avance de la agricultura moderna. Tampoco por el desempleo que genera, ni por el consumo de agua que estos olivos exigen, ni por la tortura que sobre ellos ejercemos.


La guerra alimentaria. Gustavo Duch

diciembre 14, 2018

El control de las materias primas genera múltiples batallas con millones de víctimas, más que ningún otro conflicto haya provocado. Y no solo mata el hambre

<p>Varias mujeres se dirigen al campo de refugiados de Jowhar, Somalia, huyendo de las fuertes lluvias y disputas en el país. 2013.</p>

Varias mujeres se dirigen al campo de refugiados de Jowhar, Somalia, huyendo de las fuertes lluvias y disputas en el país. 2013.

AMISOM / Tobin Jones

12 de Diciembre de 2018
Dicen que si a las cosas no les ponemos nombres no existen. Así que cuanto antes bauticemos a la actual escalada militar que se ha convertido ya en una tercera guerra mundial, mejor. Antes la reconoceremos y antes podremos, tal vez, detenerla. Propongo llamarla la Guerra Alimentaria.

Para decidir que hablamos de una guerra, según la Wikipedia, debemos focalizar “un conflicto que enfrenta violentamente a dos grupos humanos masivos, y que comporta como resultado la muerte, individual o colectiva, mediante el uso de armas de toda índole”. Pues bien, los dos grupos humanos masivos en conflicto están bien definidos. Generalizando, en un bando los países ricos del norte o países industrializados, en el otro los países del sur donde el sector primario sigue siendo el predominante (aunque ciertamente hay sures en los nortes, y nortes en los sures). Que la muerte es el resultado de este conflicto es algo obvio. Hablamos de millones de víctimas, cifras como nunca antes otra guerra ha provocado. Y aunque el conflicto que genera múltiples batallas es por el control de los alimentos, no solo de hambre mueren las víctimas. Las muertes de esta guerra alimentaria tienen muchas formas de presentarse. Tantas como armas de toda índole se están usando.

Entre las armas más conocidas tenemos el expolio, que si en tiempos de colonización eran invasiones a mano armada, en tiempos de neocolonizaciones son algo más sutiles y avanzan disfrazadas de inversiones agrícolas para favorecer el desarrollo del país. Muy similar, el acaparamiento de bienes comunes es otra fórmula de despojo consistente en el control de la tierra, el agua o las semillas. Los paramilitares en Colombia usurpando tierras en favor de los grandes terratenientes de la palma africana es uno de los muchos ejemplos que podríamos citar. Estas dos armas, junto con el libre comercio que nunca favorece a las pequeñas agriculturas de los países del Sur, conforman una tríada ampliamente identificada y denunciada que acaba con la soberanía alimentaria de miles de territorios y que es responsable del hambre, la muerte o el éxodo.

Conviene ahora añadir tres armas en los arsenales de este nuestro primer mundo inquieto e innovador. La primera de ellas, las bombas y los misiles directamente disparados sobre objetivos agrícolas. Como explica el informe Estrategias de la Coalición en la Guerra del Yemen, escrito por Martha Mundy, y presentado el pasado mes de octubre, 22 millones de personas, el 75% de la población yemení, sufren de hambre, y de ellas, más de 8 millones precisan de ayuda urgente y constante. Claramente, desde mediados del 2015, explica el informe, los objetivos militares de esta Guerra Alimentaria ponen la atención en las zonas rurales y en los sistemas de producción y distribución alimentaria. En las mejores zonas agrícolas, los bombardeos han reducido a la mitad las hectáreas de tierras aptas para el cultivo y han provocado que entre el 20 y el 61% de la producción de fruta y verdura y ganadería haya desaparecido. Las capturas de pesca han caído alrededor de un 50% porque los ataques aéreos han asesinado a casi 150 pescadores. Y entre tanta destrucción alimentaria, también se mantiene bloqueado el puerto de Hodeida por donde entraba el 80% de los alimentos importados del país. Ejemplos como el del Yemen los podemos encontrar idénticos en el caso de Palestina.

La segunda de ellas la tenemos muy visible. Frente al éxodo provocado en este conflicto mundial consistente en dominar el acceso a los alimentos, Europa y EEUU están ofreciendo la misma respuesta. Vallas, muros y un amplio despliegue militar para frenar cualquier posibilidad de llegada de personas migrantes a nuestros territorios. Solo en el Mediterráneo se cuentan en miles las personas fallecidas frente a este escudo de protección. Mueren con las manos buscando manos.

La tercera de estas armas está en fase de desarrollo. Bajo el argumento de “garantizar alimentos al país ante situaciones de sequía, plagas, inundaciones o bioterrorismo”, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, del Departamento de Defensa de Estados Unidos, está desarrollando el llamado Project Insect Allies. Como explican en su página web, la tecnología que pretenden desarrollar consiste en la introducción de un virus, a partir de un insecto, en los cultivos agrícolas deseados, consiguiendo modificar rápidamente el ADN de estas plantas. Es decir, si imaginamos que un campo de trigo está siendo afectado por una tremenda sequía, se dispondrá de un ejército de insectos modificados genéticamente que sobrevolando dichos campos podrá inyectarles o administrarles un virus, también genéticamente modificado, que conseguirá cambiar el ADN del cultivo de trigo para darle, en este caso, mayor capacidad de resistencia frente a la sequía en el mismo momento que la necesita. Como recientemente ha recogido la revista Science, este misma tecnología que se presenta como protectora de los cultivos puede perfectamente ser usada como arma biológica para acabar con los cultivos de tu enemigo, haciendo caer sobre ellos un ejército de estos insectos mutantes equipado con un virus con capacidad infecciosa o esterilizante. Con las nuevas técnicas de edición genética CRISPR, no hablamos de ciencia ficción.

¿Y llegaremos a este extremo? Seguro que sí, la relación de amor entre las grandes multinacionales agrícolas y los aparatos militares ya tienen muchos años de cosechar resultados, como Bayer o Monsanto demostraron en la II Guerra Mundial y en la Guerra de Vietnam, respectivamente. Estas tecnologías no parecen acertadas y a mi entender, lo que urge es reconocer que el mundo del norte se equivocó en su carrera loca y capitalista de industrialización y que debe volver a poner en práctica aquello por lo que está militarmente batallando: producir sus propios alimentos.

Más agricultura local es una retirada a tiempo, por el bien del planeta.


Un país llamado Cerdilandia. Gustavo Duch

noviembre 29, 2018

 

Como asegura el autor de este Articulo: Cerdilandia es una de las peores noticias agroalimentarias de los últimos años. 

 

Hace cinco o seis años, Patricia, Txetxu y yo visitábamos una cooperativa de agricultores andaluces dedicados a la producción de tomate para uso industrial. Industrial, porque disponían de una fábrica enorme en la que, por un lado, entraba el tomate cosechado y, después de pasar por un sinfín de tubos, salía tomate frito listo para envasar por el otro extremo. Era un momento dramático para la cooperativa, pues, como pudimos ver, almacenaban varios cientos de bidones azules de cien litros cada uno rellenos de tomate frito que no sabían dónde vender. La fábrica catalana de pizzas Tarradellas, que era su cliente principal, les había dejado de comprar tomate frito al encontrar proveedores más baratos en Marruecos.

El gerente de la cooperativa nos contó la solución que querían explorar para salvar su estrategia del monocultivo de tomate. “Queremos abrir el mercado con China. Si todos los chinos se acostumbran a comer arroz a la cubana, estaremos salvados”, expuso.

Confieso que sonreímos al oír la estrategia del “arroz a la cubana”, pero no andaba desencaminado para nada. Este 29 de noviembre, aprovechando la presencia del presidente de China, el Estado español y este país han dado a conocer un acuerdo por el cual podremos exportar carne fresca y embutidos de cerdo hasta hartar a toda la población china de suculentos platos hechos a base de tocino, jamón o lomo de cerdo.

Viendo la recepción que hizo toda la aristopolítica española a la comitiva china –al estilo de Bienvenido Mister Marshall, con el rey y la reina en los papeles de Pepe Isbert y Lolita Sevilla– y leyendo en la prensa todo tipo de parabienes, me pregunto: ¿No vamos a decir nada? España ya es un monocultivo de cerdos, y Catalunya lidera el sector, que representa casi el 2% del PIB estatal. Con esta «promesa» a la porcinocultura industrial, las macrogranjas de cerdos se van a seguir multiplicando por todo el territorio hasta que llegue un día que China encuentre otro proveedor más barato y deslocalice su necesidad carnívora más lejos y, entonces, nos preguntemos: ¿Y a quién vendemos tanto cerdo?¿A los habitantes de Marte?

Pero, mientras tanto, tendremos más de todo lo que representa la producción industrial porcina: desaparición de las últimas fincas sostenibles y administradas en lógica de comercio local; más contaminación de tierras y acuíferos a causa de los purines generados por la supercerdipoblación; más emisión de gases CO2 para incumplir a rajatabla con los compromisos contra el cambio climático; mayor dependencia del comercio internacional de soja para alimentar a tanto cerdo; mayor responsabilidad, por tanto, de la pobreza que este modelo productivo genera en países del sur; más fórmulas de explotación laboral en los mataderos y granjas; más explotación vital de seres vivos condenados a vivir sin moverse o bien a parir más o bien a engordar más rápido, por ejemplo.

Porque Cerdilandia es una de las peores noticias agroalimentarias de los últimos años. Y, como dice la estrenada canción de Nacho Vegas para celebrar el aniversario de Ecologistas en Acción, si no queremos acabar viviendo en Marte –aludiendo al libro del poeta Jorge Riechmann Gente que no quiere viajar a Marte–  habrá que “seguir escribiendo cartas, levantando barricadas, seguir con nuestro cantar mientras sea la ternura un don”.

Y provocar una “rebelión en la granja”.


Comer gracias a Daewoo. Gustavo Duch

octubre 22, 2018

Unos meses atrás, en una reunión con inversores, el principal responsable de la corporación Daewoo, Kim Young, expresó: “Necesitamos cambios estructurales de acuerdo a los cambios externos para asegurar un crecimiento sostenible”. Cuando los resultados del año fiscal 2017 (21.200 millones de dólares) son los mejores conocidos hasta ahora por Daewoo y representan un 36% más que el año anterior, no nos confundamos, “crecimiento sostenible” no hace referencia a ningún postulado ecológico sino al deseo de que estos magros beneficios no dejen de crecer. Para ello, el complejo empresarial de esta empresa surcoreana, conocida aquí por sus automóviles, diversifica su acción tanto en el sector industrial, como el energético y el agrícola, especialización, esta última, que nos debe hacer pensar.

La primera referencia que tengo respecto a la agricultura de Corea del Sur me sitúa en la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en Cancún, en el año 2003. Acompañando las luchas de La Vía Campesina contra esta reunión y sus propuestas neoliberales para la agricultura, tuve la oportunidad de atender como las campesinas y campesinos surcoreanos explicaban las repercusiones que les generó la entrada de su país en la OMC y que esperaban atenuar. “Con una hectárea de arroz”, recuerdo que decían, “teníamos suficiente para garantizar nuestro sustento, cubrir todas las necesidades y mandar a los hijos a la Universidad. Pero ahora ya no, con la entrada de arroz barato de los EE.UU., cada vez es más difícil sobrevivir”.

Desde entonces, el milagro tecnológico e industrial de Corea del Sur, verdadera potencia en estos campos, ha seguido en paralelo con el retroceso de su agricultura. Mrs. Yoon, campesina de la Asociación de Mujeres Campesinas de Corea (KWPA) lo explica muy bien en una entrevista concedida a Ana Galvis para la organización FoodFirst. “Algunos hablan de que la agricultura en Corea del Sur no está en crisis, simplemente ya desapareció. Solo tenemos un 23% de autosuficiencia alimentaria y solo el 5% de la población se dedica a la agricultura. La poca agricultura que hay es principalmente convencional llena de pesticidas y plaguicidas. El modelo económico hace que se fabriquen coches y aparatos electrónicos que se exportan y luego se importa alimento barato de otros países”.

Cinco años después, en el 2008 y en plena crisis alimentaria con los precios de los alimentos en el mercado mundial altísimos, otra noticia mostraba el lado agrícola de este país. Para garantizar el sustento alimentario de su población, más allá de los peligrosos volátiles mercados, apostaron por una operación de gran magnitud. Se negoció con el gobierno de Madagascar un contrato de arrendamiento de 1,3 millones de hectáreas de tierra arable por 99 años. Es decir, se pretendió el acaparamiento de casi la mitad de la tierra fértil de la isla con la pretensión de cultivar alimentos para “enviarlos de vuelta a Corea del Sur”, citando el informe de la Fundación Grain; “Daewoo y su expansión en los agronegocios en el extranjero”. Porque, efectivamente, era Daewoo la empresa encargada de llevar a cabo este megaproyecto agrícola que acabó generando una revuelta popular y el cese del presidente malgache Marc Ravalomanana.

Como desarrolla el informe mencionado, Daewoo ha mantenido bien activa su estrategia agrícola a la que el señor Young alude como línea fundamental para sostener sus crecimientos en consonancia y complicidad con la necesidad de suministrar alimentos y materias primeras a un país que ya solo sabe de tecnología punta. En el 2011 Daewoo, fusionada con la empresa acerera Posco, entró en Papúa (Indonesia) para desarrollar negocios en el cultivo y elaboración de alimentos a partir de la palma aceitera o palma africana. De hecho, controla unas 35 mil hectáreas de este territorio y no extraña que la organización Global Forest Watch (GFW), en relación directa con las comunidades locales, denuncie prácticas inaceptables como quema de bosques para ganar tierras de cultivos, o violencia, expulsión y engaños en la compensaciones a la población local. En otros países ricos en recursos agrícolas, Daewoo va abriendo instalaciones dedicadas al almacenaje, procesamiento y exportación de productos básicos como el arroz, la soja, el trigo y el maíz. Las últimas de sus inversiones han sido en Twante, una ciudad ribereña entre el puerto comercial de Yangon y la mayor área arrocera de Myanmar, con una inversión de 21 millones de dólares para una planta con una capacidad anual de procesamiento de hasta 100 mil toneladas de arroz; y en el puerto de Chornomorsk, Ucrania (el granero de Europa), donde han invertido por valor de 3 millones de dólares también para la construcción de almacenes de granos.

Pero el interés de Daewoo, insisto, no es solo la expansión en un sector con buenas previsiones, es el resultado de una estrategia de país para reforzar su seguridad alimentaria. Acabar con la agricultura es lo que tiene, vulnerabilidad. Y aquí se refleja perfectamente la realidad de nuestro territorio. Las cifras son muy similares a las surcoreanas. La dependencia de alimentos del exterior es igualmente considerable y la población dedicada a la agricultura está también por debajo del 5% y sigue cayendo año tras año. Entonces, ¿tenemos estrategia al respecto? ¿Confiamos ciegamente en la disponibilidad de alimentos en el mercado? ¿Ante una nueva crisis alimentaria, tendremos recursos económicos para pagarlos? O ¿tenemos nuestros daewoos preparados para hacer las Américas y asegurar el suministro de soja o aceite de palma que requiere la industria alimentaria que actualmente nos da de comer?

Sinceramente, espero que no, que no sea ahondar en el camino de expolio y capitalismo agrario y nos replanteemos un giro de 180 grados para, más que tratar los síntomas de una insuficiencia vital, intentar recuperar suficiencia con propuestas en favor de la soberanía alimentaria. La sensibilidad de la población para alimentarnos de productos locales, de temporadas y cultivados cuidadosamente por campesinas y campesinos que mantienen vivos los pueblos y reactivan economías circulares, esa sí que no deja de crecer. Los proyectos agrícolas que trabajan en esta línea, también. En su entretejer tenemos la verdadera sostenibilidad.

 


A %d blogueros les gusta esto: