¿Después del capitalismo, qué? Jorge Majfud

diciembre 4, 2018
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Kapitalismus Über Demokratie (capitalismo acima da democracia)
El dinero fue el espíritu y la sangre del capitalismo, desde sus comienzos durante el descubrimiento, colonización y saqueo del mundo por las potencias europeas, pasando por el capitalismo industrial (básicamente anglosajón) hasta el financiero (básicamente abstracto). El protagonismo del dinero al inicio de este período democratizó, en alguna medida, las sociedades europeas, ayudando a liquidar el sistema feudal que, sólo en Europa, se extendió por siete siglos. Hoy el capitalismo se parece más a aquel sistema feudal que a los primeros tiempos del capitalismo, con un creciente y acelerado enriquecimiento de una decreciente minoría.

Claro, el dinero fue importante en otros periodos previos de la humanidad. Por lo menos para los antiguos griegos de la Atenas del siglo quinto A.C, el poder residía en el dinero: si otros pueblos se quejaban del abuso de la democracia ateniense y reclamaban justicia, ello solo se debía a que no eran tan fuertes ni tan ricos como los atenienses, decían sus embajadores.

Pero el poder casi absoluto que posee el dinero en el sistema capitalista (no solo para hacer y destruir sino también para ser y sentir) no siempre fue el mismo. Los capitales, sólo fueron un instrumento, crecientemente simbólico y abstracto, para acumular y ejercitar el poder durante la Era moderna. El dinero es más antiguo que la civilización sumeria, pero en otros sistemas no significaba la puerta de acceso al poder absoluto.

Ese, el poder, es el factor común que atraviesa todos los sistemas sociales que existieron en la historia. No el dinero. La historia es una larga y permanente lucha entre dos antagónicos que a veces pueden coincidir pero que normalmente existen en conflicto: el poder y la justicia. Probablemente, el segundo surgió como reacción al primero, desde las reservas emocionales de la empatía y la sobrevivencia colectiva. Uno es egoísta, el otro es altruista. Pero las sociedades sólo reaccionan luego de grandes tragedias y catástrofes. Mientras tanto, el impulso de poder crece sin detenerse hasta la próxima ruptura.

Para prever qué sistema reemplazará al capitalismo en unas décadas o en un siglo, debemos mirar primero al poder y no a la justicia. Es decir, debemos analizar aquellos elementos que en un futuro próximo serán los instrumentos principales del poder de un grupo sobre el resto de la humanidad. La pregunta clave es: ¿qué medio podría reemplazar al dinero como fuente de poder?

Es en las revoluciones como la inteligencia artificial y otras que se deriven de ella donde estará la respuesta, ya sea en un mundo hiper tecnológico de una Naturaleza 2.0 o en su opuesto, una civilización post apocalíptica, víctima de la catástrofe ambiental y los conflictos sociales.

Creo que no hay muchas razones para ser optimistas, pero tampoco para afirmar que la catástrofe es inevitable. En el mediano plazo (¿treinta, cincuenta años?), al menos mientras los robots no tomen el control del mundo, o lo que quede de él, podemos pensar que el factor principal, la persistencia creadora y destructora del poder, estará en el conocimiento y uso de la inteligencia artificial.

¿Será el dinero necesario cuando una comunidad dependiente de la inteligencia artificial comercie solo a través de la canibalización de las otras comunidades? ¿Será el modelo del hormiguero compitiendo con la colmena de abejas la metáfora de los próximos siglos?

Nuestra teoría, hipótesis o especulación de los años noventa sobre una conciencia planetaria (la Gaia neurológica de Crítica de la pasión pura) facilitada por las nuevas tecnologías digitales y las viejas luchas igualitarias, la Sociedad Desobediente, la Democracia Radical, parece estar más lejos de materializarse que por entonces. No se puede descartar esta posibilidad, pero el factor poder, que suele convertirse en el cáncer de la historia, probablemente nunca sea extirpado ni reducido a un elemento menor como generador de historia.

Al inicio de la Era capitalista, el imperio español, cuya moneda, el peso de plata, era la divisa mundial, extrajo decenas de toneladas de oro y plata de las Américas. Antes que países periféricos pero emergentes como Inglaterra, Francia, Alemania y los Países Bajos descubriesen que era el trabajo y la industria el origen de La riqueza de las naciones, España basó su poder en la extracción de oro. Cuatro siglos más tarde, en 1971, Nixon despreció el oro como garantía de la divisa global. Desde entonces, el dólar respalda su valor, fundamentalmente, en la fe del resto el mundo. El poder ya no está en la extracción de oro y hasta ni tanto en la producción, sino en la capacidad de imprimir dinero sin generar inflación en el país que la produce.

Actualmente, el desarrollo de inteligencia humana es crucial en las universidades de aquellos países que se encuentran en la Era post industrial. Pero el próximo paso hacia donde se moverá el poder político será hacia la acumulación de inteligencia artificial. El dinero seguirá siendo importante para la gente común, pero no ya la puerta de acceso al poder.

¿Y luego? Bueno, ese sería el principio del fin del capitalismo. El problema con la IA es que es muy difícil que se pueda democratizar. Al menos que una revuelta a escala global cambie la ecuación, sólo los grandes organismos, como las megas empresas y los gobiernos de los países dominantes pueden tomar el liderazgo de las IA. China y Estados Unidos, para empezar.

A partir de ahí no es difícil imaginar las consecuencias. Toda inteligencia busca, por naturaleza, la resolución de problemas que, en su extremo, no es otra cosa que la independencia. Si a eso le sumamos que las IA ya están aprendiendo de los seres humanos (el pequeño robot que construimos con mi hijo de diez años puede hacerlo, aunque de forma primitiva), no veo por qué suponer que las máquinas superinteligentes del futuro no habrían de heredar nuestra patología principal: la insaciable sed de poder. Cualquier error (o por la simple razón de que los seres humanos se cansarán de pensar y de equivocarse y dejarán las grandes decisiones, médicas, científicas, políticas y éticas en manos de las máquinas) podría llevarnos al Día de la Independencia, ese que sólo las máquinas inteligentes registrarán.

Hasta ese día, las máquinas nunca habían sido independientes. Hasta los más perfectos y eficientes robots en las industrias dependían de los seres humanos. Eran sólo cuerpos sin cerebro o con un cerebro esclavo. Pero cuando sean capaces de auto regenerarse, de reproducirse, los humanos serán irrelevantes.

Por instinto o por un estúpido narcicismo de humano, este pensamiento me entristece, pero la razón también me dice que, tal vez, nunca merecimos nuestra propia inteligencia, tan frecuentemente usada sin, por lo menos, una gota de sabiduría.


La psicopolítica del espantapájaros. Jorge Majfud

septiembre 11, 2018
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Foto: sott.net

El presidente Donald Trump acaba de anunciar que, para contestar la interminable lista de libros que lo critican (sobre todo libros escritos por sus ex amigos y ex hombres de confianza, que a esta altura son casi todos), la Casa Blanca publicará “un libro real”, “un libro verdadero” (“a real book”). Obviamente, no lo escribirá él, aunque, en nuestro tiempo, no tendría nada de absurdo que una persona que nunca lee libros publique un libro.

Tampoco es casualidad que su cuenta de Twitter (que es el principal medio donde el presidente de la mayor potencia del mundo anuncia las decisiones que afectarán al resto del mundo y donde expresa su estado de ánimo según la hora del día) sea @realDonaldTrump, al tiempo que repite, obsesivamente, que el resto del mundo es fake. El mundo es fake, excepto yo, que soy real.

El patrón psicológico es consistente y revela un oscuro sentimiento inverso, similar al de la homofobia de algunos hombres que se excitan mirando imágenes de hombres (según pruebas de laboratorio), similar al consumo, por parte de una mayoría de mujeres, de pornografía donde se ejerce violencia contra las mujeres (según los últimos análisis de Big Data), o el estricto y puritano celibato público de curas violadores.

Tampoco podría ser casualidad que, en su etimología y en alguno de sus usos arcaicos, la palabra trump significa fake, falso, invención, el ruido que produce el elefante (obviemos que el elefante es el símbolo del partido Republicano) con su trompa, una especie de pedo o ruido trombótico sin contenido, o un acto infantil. Claro que esto último podría ser una sobre interpretación, ya que estamos hablando de un individuo y no de toda una tradición lingüística donde los patrones no dejan mucho lugar a dudas. Al menos que el joven, que el niño Donald haya tenido alguna información sobre su maravilloso apellido, tanta como sus propias lecturas infantiles

Tampoco debe ser casualidad que su hijo más joven se llame Baron Trump, exactamente como el personaje de las novelas para niños que Ingersoll Lockwood escribió a finales del siglo XIX sobre un personaje alemán (su padre era un inmigrante ilegal alemán) llamado Baron Trump. El personaje, además de iniciar sus aventuras en Rusia, de ser camorrero y aficionado a insultar a cada individuo que se le cruzaba por el camino, presume de su propia inteligencia.

Demasiadas casualidades, como sacarse la lotería cuatro veces.

Tampoco es casualidad que haya sido Trump quien puso de moda el término “fake news”. Por acción o por omisión, los grandes medios de comunicación siempre han manipulado la realidad, por lo menos desde el siglo XIX (ya nos hemos detenido sobre el caso de Edward Bernays y muchos otros) pero el poder siempre encuentra una forma de disipar las dudas burlándose de sus propios métodos cuando éstos llegan a un punto de máxima sospecha. En 1996, la voz narrativa de mi primera novela dijo algo con lo que estoy de acuerdo: “No existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo”. La lógica de la distracción diseñada es la misma (aunque, en este caso, entiendo que no es intencional sino parte de la inevitable naturaleza darwiniana del poder): inventa un enemigo visible del poder, que se parezca al verdadero poder y que sea de tal forma que hasta los mismos críticos del poder terminen por defender los medios del poder. En palabras más simples: diseña un buen espantapájaros, distrae; a lo fake llámale real y a lo real, fake.

Esta lógica se confirma trágicamente hoy: los medios masivos siempre han sido reales en sus noticias y fake en la realidad creada. Por la forma y por la selección de los hechos reales, siempre han manipulado y continúan manipulando, la realidad, aunque ahora parezcan los paladines del pueblo, de los pueblos, de la verdad y la justicia. Pero que, de repente, lo diga un presidente fake, un personaje ridículo como un espantapájaros, alguien que llegó a ser presidente del país más poderoso del mundo con menos votos que su adversario, gracias a un sistema electoral heredado de los tiempos de la esclavitud, con un discurso medieval, hace que la gente decente y razonable tome partido por lo contrario, es decir, por defender a los medios tradicionales del poder real, ahora “bajo ataque”, esos mismos que hasta no hace mucho defendían, apoyaban o, por lo menos, no criticaron nunca acciones criminales como la guerra de Iraq o como tantas otras invasiones y complots secretos por todas partes. Con honrosas y valientes excepciones, está de más decir, porque en todo rebaño hay ovejas negras.

El poder ni siquiera necesita pensar para ser genial. Es parte de su naturaleza.

Cuando alguien obsesivamente se llama a sí mismo “real” y a todo lo demás “fake”, es porque está, obsesivamente, tratando de ocultar un sentimiento dolorosamente contrario: una conciencia reprimida de no ser “real”, de ser “fake”, de ser Trump. De otra forma, no hay necesidad de un hábito consistentemente obsesivo. Pero Trump es apenas un espantapájaros del poder. Patético, un peligroso amplificador de los miedos y de los traumas populares, sí, pero no mucho más que eso.

A los poderes tradicionales (los dueños de los capitales decisivos, de las finanzas, de los negocios de la guerra y de la paz de los cementerios, de la explotación física y moral de los de abajo), toda esa confusión, toda esa perfecta inversión de roles le viene como anillo al dedo. Como si existiera una lógica darwiniana en la escenificación y en la narrativa del poder que permanentemente se adapta para sobrevivir. Incluso, poniendo un espantapájaros en el poder de la mayor potencia del mundo para que cuervos y gaviotas por igual se mantengan estresados con un artefacto que insiste en que es lo único real en un mundo fake.


Elecciones en México. Jorge Majfud

junio 30, 2018
Desde los tiempos de Porfirio Díaz, las políticas en favor de los supuestos tecnócratas y de los que sabían “cómo funcionaba el mundo moderno”, como las privatizaciones, fueron hechas en nombre del progreso y el desarrollo del país. México se enriqueció hasta principios del siglo XX, pero no los mexicanos. Durante las décadas precedentes, y debido a la arrogante desconsideración de cómo entendían las comunidades indígenas el uso de la tierra, entre otras razones, el 80 % de sus campesinos, en un país de mayoría de campesinos, terminó sin tierra y el exitoso proceso modernizador terminó en la inevitable y violenta Revolución Mexicana.
Durante las últimas décadas, México hizo algunos progresos (y retrocesos; la corrupción y la violencia del narcotráfico son problemas tan graves que a pocos le preocupa la obscena desigualdad), como cualquier otro país en un mundo que acumula conocimiento científico, tecnológico y social, no gracias a sus “hombres de negocios” sino a sus trabajadores, a sus inventores asalariados, ya sean en los talleres o en las universidades, y gracias a sus luchadores sociales, normalmente demonizados por el poder y por su principal brazo, la gran prensa.

A principios de 2012 fui invitado en la Universidad Autónoma de Coahuila, y ante las preguntas de los estudiantes les dije que no importaba cuánto se lamentaran de sus políticos, México iba a elegir a Peña Nieto, porque tenían más miedo a lo nuevo que a lo peor del pasado.

Ahora México tiene la oportunidad de dar un pequeño paso hacia una opción diferente, encarnada en la persona de Manuel López Obrador y en el movimiento Morena. En política sólo se puede elegir el mal menor, y en México, al día de hoy, ese es Morena. Lo que significa que, aunque el futuro de México a largo plazo parece mucho mejor que el presente (no por ningún cambio de política doméstica sino internacional, que, a la inversa, no se ve nada bien), no podemos ser optimistas en lo que se refiere al corto plazo.

¿Por qué? López Obrador puede ser la mejor opción, pero él no cambiará una vieja cultura de corrupción que es, lamentablemente, una seña de distinción de la política mexicana, alimentada, como en la mayoría de los países del mundo, por las terribles desigualdades sociales. Los muy de abajo se corrompen por necesidad y los muy de arriba por ambición.

Esta cultura y tradición (impunidad, violencia, corrupción, machismo, abusos sin reacción) se nutre de las grandes desigualdades sociales. Ahí radica el centro del problema mayor y todo lo demás son colores y sabores regionales. No es imposible cambiarlo, pero no es algo que se cambia tan rápido ni tan fácil como un gobierno.

Con sus virtudes y defectos, Estados Unidos no debe ser un modelo para México, como lo ha sido en gran medida y durante mucho tiempo. Las grandes y crecientes desigualdades en Estados Unidos (y en otros países ricos en menor medida) son la fuente del estrés y las depresiones de sus habitantes (hay diversos estudios disponibles sobre este tema). Más allá de un cierto mínimo, no importa cuán alto sea el ingreso medio de un país o el ingreso absoluto de un individuo. Lo que importa es su posición relativa en una sociedad y sus percepciones de éxito, fracaso y justicia. La mayor ansiedad por el éxito material es muy buena para sus economías, sobre todo para aquellos grupos que se benefician del sistema económico que redistribuye la riqueza de los más a los menos, pero muy malo para sus individuos, que en casos ni siquiera cuentan como individuos. La epidemia de alcoholismo, abuso de estupefacientes que cuestan la vida de decenas de miles de personas por año, y el incremento de las olas de suicidio que no se reportan en las primeras planas de los medios, o, incluso, el aumento del racismo y del odio tribal, son alguna de las consecuencias de estas desigualdades sociales montadas sobre una atroz cultura materialista y consumista.

No es este tipo de éxito al que el mundo debe seguir aspirando.

Aunque desde hace diez años más mexicanos vuelven a su país de los que vienen a Estados Unidos a buscar la sobrevivencia, México todavía depende demasiado de Estados Unidos, no sólo en su economía sino en su cultura y en su dignidad. O Estados Unidos cambia (algo improbable, si consideramos que todavía se está viviendo el trauma de la Guerra de Secesión) o México empieza a mirar para otro lado. En primer lugar, debería mirar hacia esa región siempre olvidada por México, América Latina. Los mexicanos no deberían olvidar que ellos son los Estados Unidos para América Central, con toda la hipocresía que conlleva esta relación. Luego debería mirar, en términos comerciales, más hacia Europa y Asia, y luego relacionarse con su vecino desde otra posición más igualitaria. De Estados Unidos no sólo procede la razón de los grandes carteles de droga de México, porque aquí está gran parte de su mercado consumidor y de provisión de armas (ambos ilegales), sino también sus políticas como la Guerra contra las drogas y, más recientemente, su humillación étnica y cultural hacia su vecino más importante, como estrategia de gigante decadente.

De otra forma no habrá verdaderos cambios en México.

En resumen, en este momento la mejor opción es votar por Morena. Luego, cuando su candidato y su partido se pasen al tradicional bando de los “realistas”, de los “pragmáticos”, de los “responsables”, la opción será exigirle cambios radiales para lograr cambios en la medida de lo posible. O, mejor aún: dejar de delegar tanto poder de gestión social a los políticos y fortalecer las diversas organizaciones que conforman el verdadero tejido social.

México, ese país tan diverso y maravilloso, tiene un futuro extraordinario. Siempre y cuando abandone su viejo complejo de inferioridad y se independice de una vez por todas de sus fantasmas históricos, que son muchos desde Moctezuma y Malinche, y ahora proceden tanto del norte como de su propio interior.


Documentos desclasificados. Jorge Majfud

mayo 2, 2018
Cuando descubrimos tantos miles de documentos desclasificados que prueban la implicancia de las agencias de inteligencia de las potencias mundiales en crímenes contra la humanidad materializados muchos años atrás (ahora, cuando la verdad deja de ser peligrosa o ya no importa, cuando las distracciones banales son más poderosas que la conciencia moral) nuestra confianza en el poder de la investigación se consolida. Por allí aparece un nombre, una frase, un párrafo tachado con tinta negra, pero confiamos que el documento existe y algún día será ofrecido al público con toda la crudeza del original. Pocas cosas tan concluyentes como las confesiones de parte (las víctimas no son un testimonio confiable) y pocas tan convincentes como el orden lógico de los eventos históricos. Aunque el mundo nunca fue algo justo, al menos, asumimos, la verdad aguarda en algún rincón oscuro para ser revelada.

Entonces, ese optimismo mínimo no nos deja ver que, si un gobierno pudo conspirar para destruir otro gobierno, para levantar falsas banderas por todas partes, para crear seudo enemigos contra sus enemigos reales, para llevar a los países a masacres, a golpes de Estado, a guerras civiles que cobraron la vida de miles y de cientos de miles de personas y encima culpar a alguien más por la tragedia, ¿cómo podrían tener la decencia de conservar todos los documentos que los implican, para que los investigadores del futuro logren probar que los siempre buenos de este mundo eran criminales más hipócritas de lo que cualquier cínico hubiese podido imaginar? ¿De dónde provendrá semejante ingenuidad, sino de las mayores organizaciones criminales del mundo que, por lógica, llevan otros nombres?

Si el Demonio gobernase el mundo, ¿lo llamaríamos Demonio o Nuestro Ángel de la Guarda?


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