Ganar la guerra, perder la paz. Luis Britto García

octubre 8, 2019

Si alguna guerra es justificable es la de liberación. Contra la voluntad de los pueblos de existir se estrellan los más feroces imperios. Pero lo que éstos pierden en las batallas lo recuperan en las mesas de negociaciones. Recordemos y pensemos.

La rebelión de los esclavos

La primera insurrección libertadora en América Latina ocurre en 1791, y es una rebelión de esclavos. Haití es el más puro fruto de la piratería europea. Bucaneros y filibusteros se apoderan de La Tortuga en 1629 y desde allí terminan conquistando La Española, para instalar en su parte occidental el más implacable infierno. A fines del siglo XVIII medio millón de esclavos de origen africano producían para sus amos 75% del azúcar que se consumía en el mundo. Una noche de 1791 los ingratos esclavos se sublevaron al mando de Toussaint Louverture, expulsaron a sus amos, desbarataron las fuerzas francesas y arrojaron al mar las intervenciones española e inglesa. Con la humanitaria intención de hacerlos de nuevo esclavos, Napoleón envió 40.000 hombres de las tropas de élite de la campaña de Egipto: 30.000 fueron aniquilados por las milicias negras de Dessalines, Petion y Christophe. En 1822 el general mestizo Pierre Boyer dominó todo lo que ahora es República Dominicana. Con sangre habían comprado su libertad: con tinta sus antiguos amos se la cobrarían atrozmente cara. Para evitar nuevas insurrecciones de esclavos, contra Haití se tendió un férreo bloqueo. Boyer sólo pudo lograr el reconocimiento de su Independencia en 1825, cuando Francia lo otorgó a cambio de la aplastante indemnización de 150.000 millones de francos para los antiguos propietarios de los esclavos. El gobierno de Boyer debió solicitar préstamos a un banco francés para afrontar los primeros pagos. Gracias a ello Haití nació doblemente aplastado por una deuda impagable, y es desde entonces el país más pobre de América Latina.

Venezuela

Guerra cruenta si las hubo fue la de la Independencia de Venezuela. Ambos bandos lucharon con ferocidad, José Tomás Boves masacrando patriotas y Bolívar deslindando campos con su contundente Decreto de Guerra a Muerte. Nuestro país perdió entre la tercera parte y la mitad de su población en el largo enfrentamiento entre el 19 de abril de 1810 y la batalla de Ayacucho en 1824. Mientras ganábamos batallas, los capitalistas ganaban la guerra. Para comprar armas se requieren empréstitos: para contratarlos el Libertador envía a Londres a Luis López Méndez, quien contrae deuda por dos millones de pesos, y luego a Fernando Peñalver, quien contrae compromisos por tres millones de libras esterlinas. Bolívar había confiscado todas las propiedades de los realistas; mientras prepara la batalla de Carabobo, ordena distribuirlas entre los soldados de la patria.

El ministro de Hacienda de la Gran Colombia las reparte en vales negociables, y el 17 de julio de 1821 Bolívar le increpa este carácter transferible del título: “porque iban a ser propietarios de él hombres que reducidos a la indigencia, se veían en la necesidad de cambiarlo por cualquiera cantidad efectiva que remediase al pronto sus necesidades”. Y en efecto, la oligarquía compra a los arruinados soldados los títulos por menos de un 5% de su precio, y hace que la República le reintegre su valor completo.

Al tiempo que libera Ecuador, el 14 de junio de 1823, el prócer escribe al vicepresidente Santander: “La deuda pública es un caos de horrores, de calamidades y de crímenes, y el señor Zea un genio del mal, y Méndez, el genio del error, y Colombia una víctima cuyas entrañas despedazan esos buitres”. En efecto, los políticos dilapidaron los créditos ingresados en negociados, importaciones inútiles y haciéndose pagar supuestas indemnizaciones por la República. Con frase irónica, en 1826 Bolívar hace saber a Santander que conoce cómo se ha enriquecido con la deuda: éste contesta con el atentado decembrino. Para ese año, la Gran Colombia debe la impagable suma de 11.039.000 libras esterlinas. Todavía falta el último acto de esta comedia de horrores. Cuando Fermín Toro y Alejo Fortique obtienen en 1845 el reconocimiento por España de la Independencia de Venezuela, ésta “reconoce espontáneamente como deuda nacional consolidable la suma a que ascienda la deuda de Tesorería del Gobierno español”. Por si fuera poco “Todos los bienes muebles o inmuebles, alhajas, dinero, u otros efectos de cualquier especie que hubieren sido con motivo de la guerra secuestrados o confiscados a ciudadanos de la República de Venezuela o súbditos de S.M.C. y se hallaren todavía en poder o disposición del Gobierno en cuyo nombre se hizo el secuestro o la confiscación, serán inmediatamente restituidos a sus antiguos dueños o a sus herederos o legítimos representantes”. El producto de las confiscaciones de bienes realistas, que nunca fue entregado a los soldados patriotas, deberá ser restituido a sus antiguos propietarios, para lo cual habrá que contraer nueva y onerosa deuda. Difícil si no sombrío es el destino de una República que nace con semejantes cargas. Con razón había dicho el Libertador al resignar sus poderes en 1830: “Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”.

Vietnam

Guerra de guerras de liberación, la de Vietnam se prolonga durante varios siglos: contra China, contra Francia, contra Estados Unidos. Durante su intervención entre 1963 y 1973, Estados Unidos arrojó contra el heroico país un tonelaje de bombas tres veces superior al utilizado en la Segunda Guerra Mundial; sus tropas sufrieron unas 50.000 bajas y debieron huir ignominiosamente mientras se firmaban los Acuerdos de París en 1973. En medio de mucha retórica diplomática, contenían el mismo veneno que el reconocimiento por España de la Independencia de Venezuela: Vietnam debía asumir la Deuda Pública del desaparecido gobierno títere del Sur, vale decir, quedaba obligado a resarcir las sumas que se habían gastado en intentar impedir mediante prácticas genocidas la Unidad Nacional. Una vez más un país arrasado por las heridas de la guerra quedaba aplastado bajo el peso de una deuda incosteable. En tales condiciones las políticas sociales quedan severamente comprometidas. Como señala Hong Xoan, el gobierno comunista, para atraer la inversión extranjera, “ha intentado competir con otras naciones en la región en términos de ofrecer mano de obra barata” (Hong Xoan, 2015: 35).

Entre 2009 y 2010, 49.7% de los habitantes no están registrados en el universo laboral, 19,9% trabajan por cuenta propia, sólo 25% son asalariados. Sobre las condiciones laborales apunta Hong Xoan que “la luz inadecuada, ruido, superpoblación, calor y otras deficiencias son frecuentes. Los trabajadores trabajan normalmente muchas horas sin descanso, sin estándares de seguridad para protegerlos”. Muchos laboran en neoliberales maquilas (Nguyen Hong Xoan:Economic Adjustment and Living Conditions of Young Migrants in Ho Chi Minh City.Vietnam Journal of Family and Gender Studies, 10 (1) (2015), pp. 29-56).

Indispensables y graves negociaciones se realizan para enfrentar el asedio que hasta el presente ha resistido Venezuela. No consintamos cláusulas inaceptables. Ganemos la guerra, venzamos la paz.


Los activos de Venezuela son inembargables. Luis Britto García

febrero 4, 2019

Mientras más desinteresada la razón que los amigos de lo ajeno invocan, más feroz el saqueo. No confían en nuestro Presidente legítimo porque ha sido proclamado por el Consejo Nacional Electoral, y para suplantarlo proponen a un desconocido que sólo es diputado porque así lo reconoció el mismo Consejo Nacional Electoral. ¿Por qué tanto desvelo por la legalidad y la constitucionalidad en Venezuela de países y organizaciones que no conocen dichos conceptos ni de oídas? Más rápido se descubre a ladrones que a embusteros, y más a quienes son ambas cosas. Como bagres al desperdicio, se atropellan en la rebatiña por un solo objetivo: el botín.

Comencemos por el diputado que se cree presidente de Venezuela elegido por nadie. No anuncia programa, plan, ideario político ni primeras medidas de su gobierno de cuchufleta. Reuters informa que considera una solicitud de préstamo a instituciones como el Fondo Monetario Internacional; Hausmann calcula el palo a la piñata en un modesto paquete financiero de 60.000 millones de dólares, más otros 20.000 millones adicionales. El primer acto del bandolero títere sería entonces cargar a Venezuela con una nueva deuda pública externa mayor que la existente, con las presumibles secuelas de Paquete Fondomonetarista y subasta del país.

Por si no fuera suficiente, el salteador elegido por ninguno ofrece nombrar una nueva directiva para CITGO y representantes ante el Bank of Development. Dios los cría y ellos se juntan. Sigamos con los desinteresados delincuentes que lo apoyan. El Reino Unido se “rehúsa a devolver” a Venezuela 1.200 millones de dólares en oro depositados en el Bank of London y otras instituciones, latrocinio sobre el cual, según Bloomberg, “declinaron comentar”. Vale decir: bandolerismo declarado. Ganas dan de confiarle el resto de los recursos de Venezuela, a ver si muerden.

Prosigamos con el forajido más desvelado por la institucionalidad venezolana. Según Fox Business, el asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos John Bolton habría declarado que “Estamos conversando con las principales compañías estadounidenses ahora” para que “produzcan el petróleo en Venezuela”. Detrás de tanto escrúpulo leguleyo no hay más que una rebatiña por el descuartizamiento de PDVSA y el reparto de nuestros recursos naturales, que hacen funcionar al mundo.

Así opera el capitalismo. Confisca los ahorros de los particulares con las francachelas de pillaje llamadas quiebras en cadena o crisis económicas; pilla las reservas de los países y lo llama sanciones. Denuncia el ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa Serguéi Lavrov que “Washington tuvo una experiencia similar de trato ilegítimo con el dinero de otros países, como Irak, Libia, Irán, Cuba, Nicaragua y Panamá. En la mayoría de los casos, las congelaciones de hecho terminaban con la confiscación de los fondos de otro Estado”.

Esto recuerda los 200.000 millones de dólares que Muammar Kadafi colocó bienintencionadamente como reservas en el exterior, y que después de su asesinato fueron “retenidos” sin que hasta el presente se conozca su paradero.

Toda mi vida he defendido la soberanía y la inmunidad de jurisdicción de Venezuela, no por capricho, sino porque ambas son los recursos a ser invocados por nuestros juristas y cuerpo diplomático ante brotes de rapiña como el presente. A lo largo de nuestra Historia todos los arrastrados y los vendepatria han intentado someter a Venezuela a tribunales extranjeros para facilitar el descuartizamiento y el saqueo de nuestro país como si se tratara de un cuerpo muerto.

Malandro no estudia leyes, por lo cual conviene recordar a los pulcros pandilleros legalistas lo que dispone el artículo 18 de la “Convención de las Naciones Unidas sobre las inmunidades jurisdiccionales de los Estados y de sus bienes”:

“No podrán adoptarse contra bienes de un Estado, en relación con un proceso ante un tribunal de otro Estado, medidas coercitivas anteriores al fallo como el embargo y la ejecución, sino en los casos y dentro de los límites siguientes: a) cuando el Estado haya consentido expresamente en la adopción de tales medidas, en los términos indicados: i) por acuerdo internacional; ii) por un acuerdo de arbitraje en un contrato escrito; o iii) por una declaración ante el tribunal o por una comunicación escrita después de haber surgido una controversia entre las partes; o b) cuando el Estado haya asignado o destinado bienes a la satisfacción de la demanda objeto de ese proceso”.

Si tal es el régimen en relación con bienes objeto de un litigio antes de la sentencia, tampoco se pueden aplicar medidas después de recaído el fallo, de acuerdo con lo dispuesto en el artículo 19 de la Convención citada:

“No podrán adoptarse contra bienes de un Estado, en relación con un proceso ante un tribunal de otro Estado, medidas coercitivas posteriores al fallo como el embargo y la ejecución, sino en los casos y dentro de los límites siguientes: a) cuando el Estado haya consentido expresamente en la adopción de tales medidas, en los términos indicados: i) por acuerdo internacional; ii) por un acuerdo de arbitraje o en un contrato escrito; o iii) por una declaración ante el tribunal o por una comunicación escrita después de haber surgido una controversia entre las partes; o b) cuando el Estado haya asignado o destinado bienes a la satisfacción de la demanda objeto de ese proceso; o c) cuando se ha determinado que los bienes se utilizan específicamente o se destinan a su utilización por el Estado para fines distintos de los fines oficiales no comerciales y que se encuentran en el territorio del Estado del foro, si bien únicamente podrán tomarse medidas coercitivas posteriores al fallo contra bienes que tengan un nexo con la entidad contra la cual se haya incoado el proceso”.

Ya que tal inmunidad se acuerda a los bienes objeto de sentencia, con mayor razón es válida para activos sobre los cuales no se ha entablado litigio ni recaído decisión judicial.

Por ello, en el “Quinto Informe sobre las Inmunidades Jurisdiccionales de los Estados y sus bienes” de la ONU, el Relator Especial Sompon Sucharitcult afirma:

“83. Parece ser regla general que los bienes de un Estado extranjero, especialmente los que se encuentren en su posesión o bajo su control, se hallan exentos de medidas provisionales de embargo o aseguramiento, así como de ejecución”.

Por tanto, según las normas de Naciones Unidas, obligantes para todos sus miembros los intentos por terceros de retención, congelamiento, repartición o transferencia de activos venezolanos en el exterior no son más que actos de vulgar latrocinio, sin efectos válidos, y generadores de responsabilidad civil, administrativa y penal para sus perpetradores.

Se dirá que el sistema financiero de las grandes potencias no reconoce normas. Si así fuera, ha pronunciado su sentencia de muerte: quien no respeta derechos de otros no puede reclamar los propios. Bien ingenuo sería quien de ahora en adelante colocara un solo centavo en sus arcas. Entre rateros te veas.


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