Antes de la invasión. Luis Britto García

octubre 17, 2019

40.000 A.C. No hay devenir sin raíces. Los más antiguos pobladores de lo que luego será llamado América arriban en consecutivas oleadas por el estrecho de Bering y por el Pacífico y encuentran una nueva tierra frente a ellos. Echan a andar y no paran hasta que otro océano los detiene. Media circunferencia terrestre hacia el Sur, hacia lo que luego se llamará la Patagonia. No sólo recorren del extremo Norte al extremo Sur del continente: lo pueblan de manera estable.

La investigación arqueológica encuentra su material genético diseminado a lo largo y lo ancho de Nuestra América. De Bering a la Patagonia: Así, la herencia de los amurianos o caucasoides, arribados a América desde Siberia hacia el año 40.000 antes de Cristo, deja su rastro en América del Norte y América Central, en el macizo amazónico y en los sirionós de Bolivia.

La oleada de plánido-pámpidos, integrada por caucasoides mongoloides, se extiende desde el estrecho de Bering y se divide en dos ramas, una que puebla Norte América y otra Centro América, pasando por Bolivia hasta poblar la actual Argentina y las costas del Atlántico Sur.

Los carpentarios transponen Bering, se extienden por la Costa del Pacífico de América del Norte y habitan luego los Andes hasta lo que es hoy Bolivia. Y pueblos de Mongolia cruzan también el estrecho de Bering para permanecer en América del Norte y dar origen a los esquimales. También arriban abisinios negroides, guerreros que navegan por Indonesia, Australia, Nueva Zelandia y las islas cercanas, y bordean las costas americanas del Pacífico hasta Centro América. Así como originarios de Indonesia llegan hasta Nueva Zelandia, pasan por el Japón, llegan hasta California y originan la llamada cultura Valdivia en el Ecuador. Y los llamados andinos llegan igualmente por el estrecho de Bering, cruzan Norte América y se establecen en Perú. No se encierran en nichos parroquiales ni languidecen en incomunicadas aldeas. El continente es su ámbito: todo un hemisferio terrestre su hogar.

Las grandes civilizaciones

Tampoco tienen los nuevos pobladores vocaciones ínfimas. Dondequiera que establecen asentamientos estables, unifican territorios bajo una cultura y unas relaciones de intercambio comunes. Los mayas cubren con una misma civilización lo que hoy es parte de México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador y Belice. Los aztecas imperan sobre lo que actualmente es México, desde lo que ahora constituye el Sur de Estados Unidos hasta la península del Yucatán. Los incas sujetan a dominación común lo que hoy es Ecuador, Perú, Bolivia y el Norte de Chile. Las etnias caribes establecen una comunidad cultural que se extiende entre los dos trópicos: desde el río Xingu, al sur del Amazonas, hasta la Florida.

El perímetro que cubrieron estas grandes civilizaciones de la antigüedad es casi invariablemente superior al de las unidades políticas que terminaron constituyéndose sobre sus ruinas. Asimismo, las civilizaciones americanas generan cuerpos demográficos equiparables a los de Europa, cuando no más populosos. Para la época de la Conquista, América era más poblada que el Viejo Continente. Tenochtitlan y la capital de los incas tenían cada una más población que Madrid o París. En México vivían quince millones de habitantes para la llegada de Hernán Cortés; un siglo después apenas contaba con millón y medio. Estos colosales cuerpos territoriales y demográficos establecen y mantienen entre ellos redes estables de intercambios comerciales, crean asombrosas ciudades, poéticas mitologías precisos calendarios, complejas observaciones astronómicas, elaborados sistemas matemáticos e inventan el cero.

Igualitarios y estratificados

Pero no sólo logran imponerse sobre las vastedades americanas las sociedades jerarquizadas de la pirámide y del códice. También lo hicieron las comunidades de la palabra y la igualdad. Así como al Oeste de las cumbres andinas los aborígenes instituyeron civilizaciones estratificadas, en la vertiente atlántica y caribeña crearon sociedades igualitarias y libertarias cuyo dilatado ámbito no tuvo nada que envidiarle a los de los vastos imperios andinos y centroamericanos. Las de los caribes y los arawaks eran sociedades en las cuales no se habían desarrollado sistemas de estratificación ni clases sociales.

El cataclismo

La invasión europea cae sobre este mundo como un cataclismo. En poco más de un siglo la violencia de los conquistadores y sobre todo el contagio de sus epidemias causan la muerte a más del 90% de los pobladores originarios: unos 55 millones de víctimas. Las huestes de Cortés ocupan Tenochtitlan marchando sobre una alfombra de aztecas muertos de viruela. Con el asesinato de los pobladores viene el de sus culturas. Sus ídolos son fundidos o destruidos; sus códices quemados, sus religiones proscritas, sus relaciones familiares ilegitimadas, sus lenguas originarias prohibidas o marginadas, sus tierras usurpadas. Los asentados de manera fija y estable en sociedades agrícolas sedentarias y jerarquizadas, debieron aceptar la esclavitud o la servidumbre. Los nómadas recolectores, cazadores y agricultores itinerantes, como los caribes, resistieron durante centurias hasta el exterminio.

Perturbación global

La devastación invasora revistió magnitud planetaria. Los indígenas masacrados dejaron de cultivar 56 millones de hectáreas que fueron ocupadas de nuevo por selvas o malezas, y ello frenó un proceso de calentamiento global en curso. Como señalan Bauska y Francey, “La gran mortandad de los pueblos indígenas de América resultó en un impacto global causado por el hombre al Sistema Terráqueo que perduró en los dos siglos anteriores a la Revolución Industrial” (https://wattsupwiththat.com/2019/02/02/america-colonisation-cooled-earths-climate/). Sobre Nuestra América se cierne de nuevo la codicia del mundo. Quienes propician o sueñan invasiones de sus países por fuerzas extranjeras, llévense esta advertencia.


¿Producimos lo que comemos? Luis Britto

marzo 27, 2018

1-Una persistente campaña mediática e intelectual trata de representarnos como país inútil, incapaz de producir lo que consume, totalmente dependiente de las importaciones y por consiguiente parásito de la exportación de un producto único, el petróleo, cuyos precios nos condenarían alternativamente a auges de derroche y abismos de depresión económica. Con ello se alimenta el mito de la Venezuela “rentista” (basado en la ignorancia de que la ciencia económica, desde David Ricardo, acepta que la única fuente de la “renta” es el trabajo), se culpabiliza a los venezolanos y se nos convence de que debemos aceptar lo peor, desde la entrega incondicional de nuestros recursos hasta las operaciones más locas de endeudamiento, pues no nos mereceríamos nada.

2-Un análisis detallado de los datos descubre la realidad. Utilizaremos las cifras de la Hoja de Balance de Alimentos, que desde hace décadas compila y publica anualmente el Instituto Nacional de Nutrición, estudiadas y resumidas a lo largo de varios años por la perspicaz Pasqualina Curcio Curcio. Las conclusiones de Pasqualina son contundentes, al igual que las de su anterior trabajo La mano visible del mercado: Guerra Económica en Venezuela. Al estudiar las cifras desde 1980 hasta 2013 (último año disponible) encuentra que durante ese tercio de siglo históricamente la producción de alimentos ha representado en promedio el 88% de la disponibilidad total, mientras que las importaciones representan el 12%

3-Estos resultados sorprenderán a los lectores; para cualquier duda, pueden consultar las cifras originales en la Hoja de Balance de Alimentos. Indicamos aquí, a título ejemplificativo, algunas magnitudes en forma aproximada, pues consultamos gráficos con barras. En 1980, Venezuela produjo 22.500.000 de Toneladas Métricas de alimentos, e importó unas 4.000.000. En 2013, produjo unos 46.000.000 millones de toneladas métricas, e importó unos 8.000.000. Ello arrojaría para ese lapso los ya referidos totales de 88% de producción interna, y 12% de importaciones.

4-Para el año 2013, según la misma fuente, la disponibilidad de alimentos ascendió a unos 51 millones de toneladas métricas, de las cuales 43 millones fueron producidas en Venezuela y unos 6 millones importadas. Detallemos aproximativamente algunas magnitudes. Ese mismo año habríamos producido unas 8.100.000 toneladas métricas de cereales, e importado unas 4.800.000 toneladas. Produjimos unas 9.200.000 toneladas de azúcar y miel, e importamos 980.000. Produjimos cerca de 9.250.000 toneladas de carne, e importamos unas 400.000.

5- ¿Cómo son posibles entonces el desabastecimiento y el crecimiento exponencial de los precios? Ni el maíz ni el arroz ni la caña de azúcar se riegan con dólares preferenciales. Tampoco parece posible que en tan pocos años una proporción de 88% de alimentos producidos en el país haya desaparecido. La respuesta al enigma está en la distribución. Un oligopolio de comercializadores y distribuidores fuga los productos por la frontera, o fija los precios que paganos por lo que producimos en el interior de acuerdo con una cotización de divisas fijada en el exterior, y dosifica lo que llega y no llega al consumidor. Nunca tantos sufrimos en beneficio de tan pocos. Tal es el origen de la escasez, y la clave para remediarla.


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