Infancia y hambre en el conurbanoublicado: 27 Agosto 2019. Silvana Melo

agosto 30, 2019

(APe).- El conurbano aprieta once millones de personas en apenas el 1% de la piel del país. Todos esperan a dios, que dicen que atiende cerca. Pero la demanda es tan grande que su oficina está detonada de niños que comen mal o no comen. De niños que toman agua impura. De niños con el futuro jugado por ausencia total de nutrientes en su dieta diaria. Porque en los últimos meses uno de cada cinco chicos del Gran Buenos Aires (GBA) pasó hambre. Son una multitud. Capaz de llenar estadios y de extenderse kilómetros en marcha por las rutas destruidas de este lado del mundo. Con hambre.

Son el 14,5% de los niños del conurbano. Tres puntos y medio más que los chicos del resto del país (11%). “La Provincia tiene los números más altos porque es donde vive más gente”, dijo a Clarín Santiago López Medrano, ministro de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires. Con el mismo estilo de aquel “hay más desempleo porque hay más población”, que ensayó la Gobernadora dándole alas carroñeras a la demografía.

Cuatro de cada diez niñas, niños y adolescentes de ese conurbano feroz se alimentan en los comedores comunitarios. Es decir que gran parte de la infancia depende de la mezquindad estatal para sus comidas más importantes del día. Es decir, para conformar su estructura física y cognitiva. Es decir, para construirse futuro, para armarse sujeto político, para ponerse en pie resistente. Y como el hambre es un disciplinador clave en el plan de descarte, no serán muchos los que puedan plantarse.

Lo que el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (que hasta hace un suspiro era voz oficial de los mismos que hoy lo ignoran desde la supremacía mediática) llama inseguridad alimentaria severa es hambre. Cuando no hay comida en casa. Y la alimentación en comedores escolares y comunitarios se disparó en el último año. Y se multiplicó desde 2010: 17,4% al 40% en el tercer trimestre de 2018. En el conurbano. Donde se apiña la gente en busca de sueños que nunca llueven. Lo que está sucediendo hoy, después de que los miserables empobrecieron de un golpe a millones tras de una elección, se sabrá otro día. Quién sabe. Pero se siente en las panzas. En la calle.

Dicen en el informe que los pibes del conurbano “presentan grandes desventajas en materia de seguridad alimentaria frente a sus pares del promedio nacional”. Casi el 8% no incorpora ningún nutriente esencial en sus comidas del día. Ni carne ni lácteos ni frutas ni verduras. Entre polentas y fideos, los nutrientes se ven de lejos, en los estantes del cielo. Cerca de las oficinas de dios, que nunca atiende si no es a través de sus delegados.

En casas donde no se pueden comprar alimentos el 44 % de los niños no tiene asistencia alimentaria. Son el 6,5 % del total de la infancia del conurbano. Si no van a la escuela, no comen. Y muchos no están escolarizados antes de los cinco años y en la adolescencia. Demasiados.

El 25 % de la población del país se sofoca en el conurbano. Un cuarto de las niñas, niños y adolescentes de punta a punta de esta tierra crecen, comen poco, beben agua impura, se enferman, resisten, doblan sueños chiquitos como grullas, se mueren, viven. Vuelven a morirse y a vivir, tercos. Pertinaces en ese territorio mínimo donde los parias del sur del mundo se arriman para apostar a una vida distinta, cerquita de donde dicen que atiende dios.

Pero tienen hambre. Imperdonablemente tienen hambre. Hambre que se extiende, que no tiene mantel del mediodía, pan que sacia, plato calentito, futuro en el horno gratinado y fuente con frutas en la sobremesa.

El futuro es un hueso en el desierto, el puerto donde encallan las esperanzas.

Hasta que haya un pan, uno no más, que resista un pellizcón colectivo. Para ponerse en pie. Y desarmarles el hambre a los disciplinadores.


Ellos saben quién es el enemigo. Silvana Melo. Asociación Pelota de Trapo

agosto 16, 2019

Los pibes saben quién es el enemigo. Lo sienten en la calle. En la espalda. En la panza. Las infancias saben quién las persigue. Y para qué. Saben quién les manda la gendarmería cuando murguean en la villa. Saben quién las saca del medio porque ensucian la esquina, afean el centro, manchan de hambre las luces de la fortuna. Saben quién les manda la policía y el paco. Quién los rodea con una eficaz estrategia de eliminación. Saben quién decide que la Argentina es un país libre y el que quiere andar armado que ande armado y que haya licencia para matar total los que mueren son siempre los mismos.

Saben, los niños, quién les manda la prefectura para matarlos por la espalda si son mapuches y quién les manda la gendarmería para educarlos en valores si son jóvenes y la escuela los expulsó y el mercado laboral los desprecia porque no califican y los precariza y los humilla etiquetándolos con conjunciones negativas y les cuelga el sambenito de ni ni.

Saben los pibes quién es el enemigo. Quién los mata con el veneno del agronegocio y quién los mata por la espalda. Saben que el enemigo premia al envenenador y condecora al que mata por la espalda.

Lo sienten los niños. Al hambre. Sienten al enemigo que los empobrece todo el tiempo. Y más. La mitad de los chicos de hasta 14 son pobres. El 52 por ciento de los niños y adolescentes del país son pobres. En cuatro años las panzas como cuartos vacíos, con ecos sin futuro, se multiplicaron.

Lo sienten los niños. Al gatillo que se acelera detrás, en 2015 un pibe muerto cada 28 horas bajo la bala institucional, en 2016 uno cada 25 horas, en 2017 uno cada 23, en 2018 uno cada 21. Y los niños se empeñan en seguir naciendo a borbotones, en resistencia aunque quieran que se acaben.

Ellos saben quién es el enemigo. Que hoy lunes aparece incierto, en desvarío, como un boxeador que recibió un golpe fatal bajo la panza. Mientras los mercados reaccionan y las infancias saben que esa reacción será más pobreza porque el patrón del enemigo volantea desde afuera.

Saben los pibes que hay que mantenerse en pie. Que en los tiempos que vienen estarán en peligro. Como siempre. Pero habrá que pelear. Y plantarse. Ante el enemigo que los empobrece, que les manda la gendarmería, que los mata por la espalda, que condecora al que los mata por la espalda, que les pone el hambre en el sitio donde debe ir esa estrella que pensó Tejada.


Esa cárcel, ese país. Silvana Melo. Asociación Pelota de Trapo

agosto 2, 2019

Científico o guardiacárcel. Universidad o gendarmería. Producción o leliqs. Hay rumbos que se definen estratégicamente para reducir el enorme país que se estira desde los pies helados hasta la cabeza tropical, a un coto de privilegiados. Donde no tienen lugar los frágiles. Y si lo tuvieran, es en el oscuro engranaje de la industria represiva. Es decir, convertirse en la némesis de sus antiguos pares de fragilidad. Las quince cuadras de cola para intentar acceder a 50 puestos de guardiacárcel en Olmos es ese país.

Los 9 mil inscriptos para el servicio civil donde la gendarmería propondrá valores, es ese país.

Olmos es la cárcel más grande del país. Intramuros sobreviven más de tres mil presos. Gran parte de ellos de la misma extracción social de aquellos que, desesperadamente, intentaron conseguir un trabajo con un salario de 34 mil pesos. Que implicará mirar de este lado de la reja a los marginados del sistema, aquellos que quedaron del otro lado, los que no pudieron o no quisieron trepar de este lado del muro.

No es el mejor de los trabajos ser guardiacárcel. Empoderarse para el desprecio, ensoberbecerse para el castigo. Era más bello fabricar zapatos. O ladrillos. O caramelos. Será que era ése el país soñado para los niños. Y no éste. Que cuando crezcan buscarán ser policías o gendarmes o penitenciarios. Porque no quedará trabajo en pie. Y sí muchas hambres y desamparos para disciplinar.

La convocatoria en Olmos fue por dos días. Se cerró con mil inscripciones. Varios miles más quedaron afuera. La desesperación tiró botellazos contra la cárcel. Por no poder entrar. De este lado.

De los 9000 pibes de entre 16 y 20 años que se inscribieron en el Servicio Cívico donde la Gendarmería repartirá valores con sutileza y la facilidad de las balas, apenas 1200 serán los que colmen las vacantes. En un proyecto educativo manejado por el Ministerio de Seguridad. Para formatear a los pibes en la industria represiva.

Para demonizar al otro que es su par.

Mostró Bullrich al Gabinete una encuesta donde siete de cada diez adolescentes estaban encantados con el Servicio. Se van escapando los pibes de los sueños de fábricas de zapatos. O de ladrillos. O de caramelos. De la UBA o del Conicet.

Entonces habrá que volver a empezar.

Habrá que volver a rescatarlos de la policía y de los gendarmes.

Habrá que volver a rescatarlos de las cárceles.

De adentro de los calabozos.

Y de afuera.

 


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