La AUH y el software del desprecio. Silvana Melo

abril 15, 2018

El oscurantismo y la extorsión acechan a las pibas y a sus vientres en todas las ochavas del sistema. Las esperan en emboscadas los objetores de conciencias que no se domicilian en sus cuerpos, los chantajistas de la AUH y el canje de la tragedia por dinero, los gobernadores que se calzan los crucifijos en la mano de gobernar, los que quieren manipular datos, identidad, y genética para que no se embaracen, las legisladoras que quieren fetos de 20 semanas en incubadoras para dar en adopción.

Las instituciones manipulan los cuerpos de las chicas y las vidas de sus niños. De los que nacen y de los que no. Las instituciones y sus inquisidores son propietarios de las pibas desérticas, que no tienen más que sus nombres y sus piernas para abrirse camino. Nada más. Las escrituran y las manejan con timones de moralina y softwares de predicción genética. Las manipulan y las condenan después. Cuando las violan y dicen que no fue violación pero más o menos. Cuando se embarazan y dicen que fue para cobrar la AUH. Cuando las violen y las embaracen y dirán que fue para cobrar la AUH más cara. Que pensaron perversamente para evitar que las niñas violadas aborten aquello que no es el fruto de la diosencia de mujer creadora de vida sino de la vida violentada. Que es la muerte. Y ya no se es diosa sino una palomita estragada en la inmensidad de este mundo.

Un subsidio hasta los 18 años del niño que no es niño en el cenit de la tragedia sino una semilla de esa tragedia. Y una AUH más abultada para que no aborte.

El proyecto tiene 108 firmas. Entre ellas, la de Julián Dindart. Viejo gendarme de los vientres de las pibas. Dindart, que en 2012 era ministro de Salud de Corrientes. Donde aparecían en racimos chiquitas embarazadas a los 10 o a los 11. Con semillas en la panza frutos de violaciones. Pero para él, para Dindart, las niñas especulaban con la asignación. El mismo Dindart que reiteró su teoría en 2016 ya como diputado de Cambiemos (por el ala radical) y presidente de la Comisión de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia. De la que se tuvo que ir.

La doctrina Dindart regresa como en un círculo fatal en 2018 bajo el nombre de una ignota diputada de la Coalición Cívica de Santa Fe. Esta vez la letra del desprecio que pretende ser ley sugiere que las pibas, violentadas y profanadas, son capaces de cambiar por dinero la necesidad de borrar de su cuerpo toda huella del estrago. Como antes eran capaces de crear una vida por 1.500 pesos mensuales. Tan especuladoras e indolentes son las chicas que no tienen más que su propia vida para abrirse camino. Tan inconmovibles son que reducen su divinidad a variables de mercado.

Por eso a Juan Manuel Urtubey, el bello gobernador de Salta en estética pareja con Isabel Macedo, le preocupa tanto la Educación Sexual Integral. Y la boicotea en cada rincón de su provincia, siempre en punta en violencia de género y despotismo sexual. Dolida, la provincia, porque la Corte falló en contra de la educación religiosa en las escuelas públicas.

La doctrina Urtubey, medieval, racista y prejuiciosa, ahora despliega el software del desdén de clase. “Con la tecnología vos podés prever cinco o seis años antes, con nombre, apellido y domicilio, cuál es la niña, futura adolescente, que está en un 86 por ciento predestinada a tener un embarazo adolescente”. Lo dijo públicamente. Urtubey.

Es la condena tecnológica para las chicas que no tienen otra cosa que su propio cuerpo para defenderse de la emboscada permanente de las fieras institucionales. Ellos saben quién será presa de un destino prescripto. Saben su nombre y su domicilio. Saben en qué ficha está, en qué perchero cuelga, en qué caja es expediente, en qué casa no tiene baño y en qué documento es apenas un número. Saben qué vertedero será su fatal disposición social.

Mientras tanto, el oscurantismo y la extorsión acechan a las pibas y a sus vientres en todas las ochavas del sistema. Las señalan, las condenan, las humillan. Les proponen sacarles el feto al quinto mes para depositarlo en la incubadora y forzar “una adopción pre natal”. Las quieren obligar a que la semilla se transforme en niño y corran peligro ella y él. A determinar una prematurez forzada y una fragilidad que no estaba en los planes.

Es la letra del desprecio, el software del desdén de clase, la hipocresía institucional ante las pibas que no tienen más que su nombre y sus piernas para hacerse camino en esta selva.

Y es la emboscada feroz de los defensores de la vida que marcan el rumbo de millones de niños hacia el hambre, el veneno y las balas estatales. Sin aturdir confesionarios ni azotarse las espaldas.

 

 


En el país de la libertad. Silvana Melo

enero 18, 2018

La maldad humana en desmesura. No dejemos de denunciar. Algún día, alguien escuchará.

En el país de la libertad, Antonio Musa Azar fue condenado cuatro veces a perpetua. Tres por delitos de lesa humanidad. La cuarta por el doble crimen de la Dársena. Los martirios de Leyla Nazar y Patricia Villalba derrumbaron el feudo de Carlos Juárez y Nina Aragonés en Santiago del Estero. Los huesitos de Leyla estaban en la jaula de los tigres que Musa tenía en su estancia.

El genocida vivió tranquilamente en libertad más de veinte años. Su encierro duró menos de la mitad que su impunidad.

Tiene 81 años, diabetes y está en su casa.

El país de la libertad saca de su galera razones humanitarias. En otros casos, las esconde bajo llave.

Miguel Etchecolatz tiene 88 años. Sus ojos no. Están tan vivos como en 2006, cuando el testigo clave para la primera condena por genocidio en el país era Jorge Julio López. Y desapareció, por segunda vez. Tan vivos como cuando todos fueron conscientes de que su poder estaba intacto, desde un simulacro de cárcel como la Marcos Paz de los represores.

Sus ojos están tan vivos como cuando era el asesino preferido de Camps en la cúpula fundante de la bonaerense.

Vivos como Etchecolatz emblema y paradigma, en una casa de verano en Mar del Plata.

La ciudad feliz del país de la libertad.

El juez Bonadío, propietario de la libertad selectiva, se fue de vacaciones. Antes dejó libre a Dante Berisone. Policía de la Federal que el 18 de diciembre pasó con la moto por encima del cuerpo de Pipi Rosado. Un cartonero de 19 años que un momento antes había sido derribado por balas de goma. No estaba en la marcha, dicen los medios como para disculparle que pasara por ahí. ¿Si hubiera estado en la marcha se merecía el unimog de Gendarmería sobre la cabeza?

El juez federal Sergio Torres, reemplazante de Bonadío, volvió a detener a Berisone.

No se sabe por cuánto tiempo.

El país de la libertad tiene especial predilección por los feroces.

La ministra de Seguridad firmó que “no existen impedimentos para el ascenso al grado inmediato superior” de Emmanuel Echazú. El único gendarme imputado por la desaparición y muerte de Santiago Maldonado en contexto de una represión ilegal a una comunidad mapuche.

De Santiago ya no se habla. No hay detenidos. Y la causa entró en una zona de serenidad de la que difícilmente salga.

Es el país de la libertad. Y la provocación.

A Rafael Nahuel lo mataron por la espalda el 25 de noviembre. La bala 9 milímetros (la misma que usan los Albatros de la Prefectura) entró por la nalga y se refugió en el pulmón. De atrás y de abajo hacia arriba. Los Ministerios hablaron de armas de grueso calibre en manos de los mapuches que huían hacia los cerros de la represión indiscriminada. No se encontraron más que gomeras y piedras. Las balas eran prefectas. A Rafa Nahuel lo asesinaron. Los brazos armados del Estado.

No generó –vaya a saber por qué mezquindades de la conciencia social- la empatía suficiente como para desplegar multitudinarias marchas con su nombre.

Entonces no hay detenidos. Los Ministerios abrazan a los prefectos con el mismo amor que a los gendarmes.

Nadie mató a Rafael Nahuel. Ni siquiera se molestan en acusar al RAM ni al ISIS ni a la Jihad.

Nadie paga. Nadie está preso.

En el país de la libertad.

Norberto Bianco distribuía niños recién nacidos. Como médico militar los arrancaba a sus madres torturadas y con futuro de masacre y los entregaba a apropiadores en Campo de Mayo. Por su maternidad clandestina pasaron más de 35 mujeres embarazadas. Condenadas al tormento y la muerte.

Con votos de los jueces Julio Luis Panelo y Fernando Canero -el mismo Tribunal Oral Federal 6 que abrió las puertas a Etchecolaz- se autorizó a Bianco a alquilar un dúplex a dos cuadras del mar en Mar de Ajó. Desde el 6 de enero al 28 de febrero.

Dos meses de vacaciones en el país donde la mayoría anónima no tiene un charco donde mojarse los pies.

Vacaciones en el mar para un genocida.

En el país de la libertad.


Chicos y viejos, tapones sistémicos. Silvana Melo

diciembre 17, 2017

Una ley que modifica la transferencia de ingresos hacia los viejos y los niños sólo se impone con gases, castigo, amenazas, presiones y golpes a diputados, represión directa y decretos de necesidad y urgencia. Pero también se aplica, como una inyección en la nalga institucional, con complicidad, acuerdos horribles, sindicatos que transan y organismos internacionales que aprietan el cuello de un país que languidece en la caliente iniquidad de diciembre.

La imagen del fotógrafo Pablo Piovano –el mismo que hizo viajar en blanco y negro a las víctimas envenenadas del extractivismo- con catorce disparos en el cuerpo, sangrante e insistiendo con su cámara pertinaz, es lo más parecido a un símbolo. Las fuerzas de inseguridad han profundizado, en los últimos tiempos, su trabajo original para el que las formó el Estado: la aniquilación de cualquier chispa de rebeldía ante lo establecido. Que está establecido por millones de votos, acunado por los poderes económicos y por los propietarios de la tierra y el cielo, impulsado por los peores gajos de la mandarina social, sostenido por todas las fuerzas represivas, aquellas que hace cuatro años no más se reivindicaban trabajadores y buscaban sindicalizarse para gestionar, entre otras cosas, que no haya huellas de los enfrentamientos por la espalda con armas de grueso calibre. Como las gomeras de Villa Mascardi.

Pero las nueve horas de represión fueron ayer, acá. En el corazón republicano. Donde discuten los representantes. O al menos los que se arrogan representaciones discutibles. Muchos que finalmente representan a las antípodas de lo que fue el sujeto de su discurso. Pero insisten con la mentira descarada de que un “ahorro” de cien mil millones a costa del ingreso de los niños y los viejos no afectará la cifra de los haberes. No hay camino posible para demostrar que la reforma previsional puede beneficiar a sus destinatarios. Pero contaban con que los extremos más vulnerables de la vida tienen escaso poder de daño callejero. No tienen sindicatos, les duelen los huesos para movilizarse, se les antoja chocolate, no ven bien, quieren hacer pis en medio del gaseo.

Seis millones y medio de niños pobres no salen a la calle. Cuatro millones de jubilados que intentan vivir con siete mil pesos no soportan el sol de diciembre en el pavimento ni los gases de la policía.

Es ahí, entonces, donde hay que tocar. Porque el déficit fiscal, porque el agujero a tapar, porque se necesita racionalidad, porque el mundo pide previsibilidad. Entonces se utiliza la palabra ahorro como antes se aplicó gasto. Se ahorra en personas como antes se gastó en personas. Viejos y chicos. Se presiona, se amenaza, se aprieta con la supervivencia de las provincias. Los gobernadores suelen responder a los fondos más que a convicciones que se van con las inundaciones y los vendabales. Entonces acuerdan por dinero y por los limones que Tucumán le vende a Coca Cola para fabricar las bebidas azucaradas que detonan en los niños la obesidad y la diabetes.

La economía macro se devora a las personas. Especialmente si son débiles, frágiles, se enferman, no producen y generan gasto constante. Con ellas se suelen tapar los agujeros. Fiscales, políticos, publicitarios. No tienen cara ni historias ni huesos ni sangre. Son tapones sociales.

Para que el engranaje funcione hay que aceitarlo con miedo, con parálisis, con terror. Con miles de gendarmes lejos de las fronteras y puestos a castigar y a matar cuando es necesario. Como en el sur, lejos del corazón de la patria, donde nadie ve y se puede mentir alegremente. Pero acá está todo: las cámaras, los espejos, los celulares, el centro del mundo, la OMC, el G 20, el kiosco del FMI, el ombligo del sistema. Todo en la más aterradora de las vidrieras. Federales con el beneficio de la duda, disparándoles a fotógrafos a medio metro, golpeando con alevosía legitimada políticamente (Eduardo Amadeo considerando “perfecto” el gas en el rostro de una diputada), gaseando a cualquiera, disparando a cualquiera, ciegamente, de cacería por el Congreso, donde habitualmente duermen familias atrapadas por la intemperie, donde se mueven oxidadas y cansinas las instituciones.

La cacería y el horror. Para evitar que la asignación por hijo (1.412 pesos) aumente desaforadamente cada seis meses. Para evitar que la jubilación mínima (7.246 pesos) suba alocadamente en una fiesta de gasto público y jubilados a Aruba.

Entonces un decreto, la bala de plata para la república. O reforzar el apriete. O armar quorum con diputados ilegales. O vigilar y castigar, adentro y afuera.

La presión de la vidriera irrespetuosa, de los fotógrafos, de algunos cronistas, de la militancia y de la gente anónima terminó levantando una sesión insostenible. Pero no es una victoria: es apenas una tregua.

Cien mil millones que son un vuelto en las retenciones a los supermineros o a los superpools sojeros o a las supercompañías que extraen el oro y los pulmones de una tierra agotada. Pero ellos tienen con qué apretar. Porque ellos son el poder.

Los viejos y los chicos son el descarte sistémico. Los tapones para cubrir el déficit de la historia.

 


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