Venezuela, la DEA desmiente a Trump. Angel Guerra Cabrera

abril 9, 2020

Los registros de la agencia antidrogas de Estados Unidos, DEA por sus siglas en inglés, desmienten rotundamente, como veremos, las banales acusaciones de narcotráfico lanzadas por Donald Trump contra su homólogo venezolano Nicolás Maduro y miembros de su gobierno.

Queda claro que la nueva y belicosa embestida del magnate inmobiliario contra Venezuela tampoco tiene nada que ver con la defensa de la democracia ¡Al contrario! Y es consecuencia del absoluto fracaso de todos los planes golpistas y desestabilizadores de su administración contra el gobierno constitucional y legítimo del presidente Maduro. No en menor medida, también de un desesperado intento electoralista por hacer que los estadounidenses miren hacia otro lado y no al cuadro dantesco de su cada vez más desastrosa y mortífera gestión de la pandemia del coronavirus, con un saldo altamente negativo mundialmente que supera de forma notoria en velocidad la del ritmo de contagios y defunciones de los otros países más afectados por la enfermedad. Y otra razón para la embestida trumpista antivenezolana muy probablemente obedezca al muy erróneo cálculo de que la situación de pandemia colocaría al país bolivariano en una situación más propicia para hacerlo objeto de las inmorales e ilegales bravatas y amenazas del propietario de casinos. Resulta que Venezuela está mostrando una impresionantemente bien conducida estrategia de contención al virus, apoyada por su población, y, además, por reconocidos expertos de Cuba, China y Rusia.

Hagamos un muy apretado resumen de los hitos de la embestida antivenezolana. En una serie de escenas que más que actos de Estado, asemejan una farsa grotesca, primero, el Procurador General de Estados Unidos William Barr (en su momento recibió de la administración de Bush padre la encomienda de realizar la fundamentación “legal” para la invasión de Panamá de 1989), acusó de narcoterrorismo al presidente Maduro y a varios miembros de la cúpula gubernamental venezolana y, al estilo de Lejano Oeste, ofreció recompensas por informaciones que condujeran a su detención.

Curiosamente, la acusación incluye a dos generales hace tiempo desertores del instituto armado de Venezuela y domiciliados en el extranjero. Jurídicamente hablando, la acusación de Barr es totalmente inválida, toda vez que acorde a la Carta de la ONU y hasta la de la putrefacta OEA, el gobierno de un país no tiene jurisdicción sobre el territorio de otro. Eso, sin contar que Barr no presentó prueba alguna contra el presidente Maduro y los otros venezolanos que involucró, simplemente porque no las tiene.  No es ocioso añadir que una acusación no es ni remotamente un fallo de culpabilidad, por lo que su uso en este caso no pasa de ser una torcedura de la ley por Barr para cumplir con los propósitos políticos antivenezolanos de Trump. La cuestión es muy clara. La DEA afirma en todos sus informes hasta 2019 que Colombia es la “fuente primaria para la cocaína capturada en Estados Unidos”. Según el Cocaine Signature Program elaborado por la DEA en 2018 “aproximadamente 90 por ciento de las muestras de cocaína analizadas fueron de origen colombiano, seis por ciento de origen peruano y cuatro por ciento de origen desconocido”. En otras palabras, de acuerdo con los registros de la agencia federal para las drogas de Estados Unidos no se encuentra en ese país cocaína ni ningún otro narcótico procedente de Venezuela.

De modo que la conferencia de prensa ofrecida la Casa Blanca pocos días  después de la acusación de Barr en la que se anunció por Trump el inicio de “la más grande operación antidroga llevada a cabo en el hemisferio occidental” y el despliegue de toda una armada en el Caribe, pero apuntando a tierras bolivarianas, no es más que otro episodio de la farsa antivenezolana dirigida a hacer presión contra Caracas y a justificar un eventual ataque posterior, sea por paramilitares desde Colombia o por un operación de más envergadura.

Lo único razonable que puede hacer Estados Unidos en una coyuntura humanitaria tan dramática como la que sufre la humanidad, y su propia población en primer lugar, es apoyar el llamado a la paz y a silenciar las armas en el mundo formulado por el secretario general de la ONU Antonio Guterres, levantar el bloqueo a Venezuela, Cuba, Nicaragua, Palestina, Irán y Siria. De una vez respetar el derecho de Venezuela a la autodeterminación y que el secretario de Estado Pompeo deje de presentar marcos “para la transición a la democracia” en Venezuela que el pueblo de ese país aventará al cesto de la basura como siempre que su soberanía e independencia se han visto amenazadas


Trump, del hombre al mono. David Torres

mayo 30, 2017

Según los expertos, mediante el lenguaje no verbal -la profusión de gestos, signos y miradas- pueden expresarse más cosas que a través del lenguaje verbal, excepto en el caso de Donald Trump, que puede expresarlas todas sin despegar los labios siquiera. Tampoco es que le haga falta mucho vocabulario. Trump parece un gorila que hubiese pasado por la peluquería y asaltado una tienda de Cortefiel, menos cuando se pone a hablar y se deja atrás al gorila. De haber conocido al actual presidente de los Estados Unidos, Darwin habría tenido que rectificar su teoría de la evolución, porque Trump, en vez de descender del mono, se bajó dos paradas antes.

En su reciente gira mundial ha confirmado una vez más la veracidad de muchos fastuosos eslóganes del sueño americano. Muchos votaron a Trump creyendo que cualquiera puede llegar a presidente: lo que no se esperaban es que cualquiera fuese a ser, precisamente, cualquiera. Cuando se puso a bailar la danza de las espadas con los árabes se transformó en Donald de Arabia. Le bastó tocar la tierra de Mahoma para cambiar su discurso contra los musulmanes y hacerles mucho la pelota a los jeques saudíes, los amos del petróleo. Por supuesto, la mayoría no había entendido que, cuando decía eso de expulsar a los musulmanes, él se refería exclusivamente a los pobres y a los muertos de hambre. Habla únicamente porque tiene boca, pero cuando habla o cuando tuitea, Trump no acaba de explicarse bien, ni la mitad de bien que al fruncir los morros, enarcar las cejas, enseñar los dientes, burlarse de los discapacitados o agarrar a las mujeres del coño.

Lo demostró en la reunión de Bruselas, cuando enganchó del brazo al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, se le puso delante, avanzó la mandíbula y se estiró la chaqueta. No le hizo falta añadir: “Quita de ahí, payaso, que tu país es una puta mierda”, porque ya se lo había dicho sin necesidad de palabras. Suerte tuvo Markovic de que no lo agarrase del coño. El único que entendió la importancia de esa mímica gorilesca fue el flamante presidente francés, Emmanuel Macron, que le echó un pulso mientras le apretaba la mano como si estuviesen partiendo nueces o dirimiendo quién es el auténtico macho alfalfa de la manada. Trump podía haberse molestado pero antes alguno de sus asesores tendría que haberle explicado quién era ese señor y qué es Francia.

Por lo demás, vale más quedarse con la gestualidad desatada de Trump que con sus comentarios orales y escritos, los cuales producen el mismo efecto que las primeras palabras de Charlton Heston al recobrar la voz en El planeta de los simios. Del Papa dijo que “es genial”, de Arabia Saudí que es “extraordinaria”, de los alemanes que son “muy malos” y que el cambio climático es “un invento” de los chinos. Gary Cohn, asesor económico de la Casa Blanca, reforzó la hipótesis darwiniana al declarar: “Sus opiniones están evolucionando. Ha venido aquí para aprender y ser más listo”. Para el próximo viaje podrían pasearlo en una rueda de hámster y a lo mejor evoluciona del todo. En el Museo del Holocausto en Israel dejó una rúbrica que la podía haber escrito un niño en Disneylandia: “Es un gran honor estar aquí con todos mis amigos. Qué increíble. ¡Nunca lo olvidaré!” El gesto más explícito de todos lo hizo su mujer, Melania, caminando a medio metro de distancia y retirándole la mano de golpe nada más descender en el aeropuerto de Tel Aviv.


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